El último mensaje de mamá

—Tu madre hace mejor cocido, deberías llamarla para pedirle la receta —escupió Luis, mi marido, mientras dejaba el plato a medio terminar sobre la mesa. Yo apreté los puños bajo el mantel, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho. No era la primera vez que lo decía, pero esa noche, después de una discusión absurda sobre quién debía recoger a nuestra hija del colegio, sus palabras me dolieron como nunca.

No respondí. Me limité a recoger los platos en silencio mientras él se ponía la chaqueta y salía dando un portazo. El eco de su desprecio retumbó en el pasillo. Me quedé sola en la cocina, mirando el vapor que aún salía del guiso. Pensé en mi madre, en cómo siempre encontraba consuelo en sus recetas, en cómo su comida era un refugio cuando papá se marchó y nos dejó a las dos solas en aquel piso de Vallecas.

Ahora, sentada en esta sala de espera del Hospital Gregorio Marañón, rodeada de desconocidos que murmuran y miran sus móviles, no puedo dejar de pensar en esa última conversación. Luis no volvió a casa esa noche. Recibí la llamada de la policía a las dos de la madrugada: accidente de tráfico, cruce de O’Donnell con Doctor Esquerdo. Un conductor ebrio se saltó el semáforo. Luis está grave.

Miro el suelo, intentando bloquear el murmullo de las enfermeras y el zumbido de las máquinas. Mi hija Lucía duerme encogida sobre mis rodillas, ajena al drama que nos envuelve. Yo no puedo dormir. Repaso una y otra vez cada palabra, cada gesto, cada silencio que nos fue separando poco a poco. ¿En qué momento dejamos de escucharnos? ¿Cuándo se convirtió el amor en una rutina amarga?

—¿Eres la esposa de Luis Gutiérrez? —pregunta una voz a mi lado. Levanto la vista y veo a una mujer mayor, con el pelo recogido y los ojos cansados. Reconozco a Carmen, mi suegra.

—Sí —respondo apenas con un hilo de voz.

—¿Cómo está? ¿Qué te han dicho? —insiste ella, con ese tono seco que siempre me ha puesto nerviosa.

—Nada nuevo. Sigue en quirófano —digo, evitando su mirada.

Carmen suspira y se sienta a mi lado. El silencio entre nosotras es pesado, lleno de reproches no dichos. Ella nunca aprobó nuestro matrimonio. Decía que yo no era suficiente para su hijo, que venía de una familia rota y que eso se notaba en mi forma de ser. Recuerdo cómo criticaba mi forma de vestir, mi acento madrileño, incluso cómo cocinaba.

—¿Has llamado a tu madre? —pregunta de repente.

Niego con la cabeza. Hace meses que no hablo con ella. Después de la última discusión por culpa de Luis, corté todo contacto. Mi madre nunca soportó cómo él me trataba, y yo me cansé de estar en medio.

—Deberías llamarla —dice Carmen, casi como una orden.

No respondo. Siento las lágrimas asomando pero las contengo. No quiero parecer débil delante de ella.

Las horas pasan lentas. Lucía se despierta y pide agua. Carmen le acaricia el pelo con ternura y por un momento veo al Luis niño reflejado en su rostro. Me duele pensar que quizá nunca vuelva a ver a su padre.

Finalmente aparece un médico con bata azul y cara seria.

—¿Familiares de Luis Gutiérrez? —pregunta.

Nos levantamos de un salto.

—La operación ha sido larga pero ha salido bien. Ahora está en la UCI. Las próximas horas serán decisivas —explica el médico.

Siento un alivio inmenso mezclado con miedo. Carmen rompe a llorar y me abraza por primera vez desde que soy parte de esta familia. Yo también lloro, pero mis lágrimas son diferentes: son culpa, arrepentimiento y un deseo profundo de volver atrás y cambiar tantas cosas.

Cuando por fin puedo verle, Luis está pálido y lleno de tubos. Me acerco despacio y le cojo la mano. No sé si puede oírme.

—Perdóname —susurro—. Perdóname por no haber sabido cuidarte mejor… por no haber defendido lo nuestro cuando aún tenía sentido… por haber dejado que las palabras hirieran más que los silencios.

Esa noche duermo sentada junto a su cama. En sueños veo a mi madre preparando cocido en la vieja cocina de gas, cantando coplas mientras remueve la olla. Me despierto con una necesidad urgente: llamarla.

Salgo al pasillo y marco su número temblando.

—¿Mamá? —digo cuando responde.

—Hija… —su voz suena sorprendida y preocupada— ¿Estás bien?

Rompo a llorar como una niña pequeña.

—Lo siento… te echo tanto de menos…

Mi madre no pregunta nada más. Solo dice:

—Dime dónde estás, voy para allá ahora mismo.

Esa tarde llega al hospital con un táper lleno de cocido caliente. Nos sentamos juntas en la sala de espera, compartiendo cucharadas y recuerdos entre lágrimas y risas nerviosas. Por primera vez en mucho tiempo siento que no estoy sola.

Luis tarda días en despertar. Cuando lo hace, me mira con ojos cansados pero dulces.

—¿Has llamado a tu madre para pedirle la receta? —bromea con una sonrisa débil.

Nos reímos los dos, entre lágrimas.

Ahora sé que las heridas familiares pueden tardar años en sanar, pero también sé que nunca es tarde para pedir perdón ni para volver a empezar.

¿Y vosotros? ¿Habéis dejado alguna vez que el orgullo os aleje de quienes más queréis? ¿Cuánto tiempo más vais a esperar para hacer esa llamada?