Expulsada de casa por ser madre joven: una década después, mi familia llama a mi puerta

—¡No vas a criar a un bastardo bajo mi techo, Lucía!— gritó mi madre, con los ojos llenos de rabia y decepción. Sentí el frío de la puerta cerrándose tras de mí, el eco de sus palabras clavándose en mi pecho como cuchillas. Tenía dieciocho años, un test de embarazo positivo en el bolsillo y el corazón hecho trizas. Mi padre, sentado en el sofá, ni siquiera me miró. Mi hermana pequeña, Marta, lloraba en silencio, pero nadie se atrevió a contradecir a mi madre. Así empezó mi vida adulta: en la calle, con una mochila y un futuro que se desmoronaba.

Recuerdo caminar por las calles de Vallecas, con la lluvia empapando mi ropa y el miedo apretando mi garganta. ¿A dónde iba a ir? ¿Quién me iba a tender la mano? Llamé a mi amiga Carmen, la única que no me juzgó. Me abrió la puerta de su piso compartido y me abrazó tan fuerte que por un momento creí que todo podría ir bien. Pero la realidad era otra: no tenía trabajo, ni estudios terminados, ni familia. Solo tenía a esa vida creciendo dentro de mí y una rabia sorda contra el mundo.

Los meses siguientes fueron una batalla diaria. Trabajé limpiando casas, fregando suelos y cuidando niños ajenos mientras mi barriga crecía. Los vecinos murmuraban, las señoras me miraban con lástima o desprecio. «Pobrecita, tan joven y ya arruinada», decían. Pero yo apretaba los dientes y seguía adelante. Carmen me acompañó al hospital cuando rompí aguas. Recuerdo el dolor, el miedo, pero sobre todo la soledad. Cuando pusieron a mi hija, Alba, sobre mi pecho, supe que tenía que ser fuerte. Por ella. Por mí.

Durante años, mi familia fue un fantasma. Mi madre no contestaba mis llamadas. Mi padre, menos aún. Marta, mi hermana, me escribía mensajes a escondidas, pero siempre con miedo a que la descubrieran. «Lo siento, Lucía. Mamá no quiere ni oír tu nombre», me confesó una noche. Yo aprendí a no esperar nada de ellos. Alba creció entre risas y carencias, pero nunca le faltó amor. Me prometí que nunca la haría sentir como yo me sentí aquel día.

La vida en Madrid no fue fácil. Hubo días en los que no tenía para pagar la luz o el alquiler. Hubo noches en las que lloré de rabia y cansancio, preguntándome por qué nadie me ayudaba. Pero también hubo momentos de esperanza: cuando terminé la ESO por las noches, cuando conseguí un trabajo fijo en una residencia de ancianos, cuando Alba me abrazaba y me decía: «Eres la mejor mamá del mundo».

Diez años después, mi vida era otra. Alba tenía nueve años, era lista y alegre. Yo había conseguido ahorrar lo suficiente para mudarnos a un piso pequeño pero nuestro. Había aprendido a vivir sin rencor, o eso creía, hasta que una tarde de otoño sonó el timbre y al abrir la puerta vi a mi madre y a Marta en el rellano.

Mi madre estaba más mayor, el pelo canoso y la mirada cansada. Marta la sostenía del brazo. No supe qué decir. El silencio era tan denso que casi dolía.

—Lucía… —empezó mi madre, la voz temblorosa—. Necesitamos hablar contigo.

No las invité a pasar. Nos quedamos en el pasillo, como si el tiempo no hubiera pasado. Marta me miraba suplicante.

—Papá está enfermo —dijo—. Muy enfermo. No tenemos dinero para los tratamientos. Mamá… mamá no sabe a quién recurrir.

Sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Ahora sí necesitaban a la hija expulsada? ¿Ahora sí era parte de la familia?

—¿Y por qué venís a mí? —pregunté, la voz fría—. Hace diez años me echasteis de casa. No quisisteis saber nada de Alba ni de mí.

Mi madre bajó la cabeza. Por primera vez la vi vulnerable, derrotada.

—Me equivoqué, Lucía. Fui una cobarde. Tenía miedo de lo que dirían los vecinos, de lo que pensaría la familia… No supe estar a tu lado. Pero ahora… ahora solo quiero que nos ayudes. Por favor.

Marta lloraba en silencio. Alba apareció detrás de mí, curiosa.

—¿Quiénes son, mamá?

—Son la abuela y la tía —le respondí, sin saber si sentía orgullo o vergüenza.

Mi madre la miró con lágrimas en los ojos.

—¿Ella es Alba? Qué grande está… —susurró.

Durante días no pude dormir. ¿Debía ayudarles? ¿Podía perdonarles después de todo? Recordé las noches de frío, el hambre, la soledad. Pero también recordé a la niña que fui, la que solo quería que su madre la abrazara y le dijera que todo iría bien.

Finalmente, decidí ayudarles. No por ellos, sino por mí. Porque no quería que el rencor me consumiera. Pagué parte del tratamiento de mi padre y les ayudé a tramitar ayudas sociales. Mi madre empezó a venir a ver a Alba, poco a poco, intentando recuperar el tiempo perdido. No fue fácil. Las heridas seguían ahí, pero al menos había un intento de reconciliación.

A veces me pregunto si hice lo correcto. Si debí cerrarles la puerta como ellos me la cerraron a mí. Pero miro a Alba y pienso que el perdón es un regalo que nos damos a nosotros mismos.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede perdonar de verdad a quien te da la espalda cuando más lo necesitas?