El latido que nadie quiso escuchar

—No hay latido, señora Morales. Lo siento mucho.

Las palabras del doctor resonaron en la sala blanca como un trueno seco. Mi marido, Luis, me apretó la mano con fuerza, pero yo apenas sentía sus dedos. Solo escuchaba ese zumbido sordo en los oídos, como si el mundo entero se hubiera detenido en ese instante. Tenía seis meses de embarazo y, de repente, todo lo que había soñado se desmoronaba ante mí.

—¿Está seguro? —pregunté con voz temblorosa, aferrándome a la esperanza como una náufraga a una tabla.

El doctor Fernández bajó la mirada, incómodo. —Hemos revisado dos veces. No hay actividad cardíaca. Lo mejor será que vuelva mañana para proceder con la inducción.

Salimos del hospital Virgen del Rocío en silencio. La tarde sevillana ardía, pero yo sentía un frío helado en el pecho. Luis intentó abrazarme, pero me aparté. No podía soportar el contacto humano; necesitaba estar sola con mi dolor.

Esa noche no dormí. Sentía a mi hija moverse, o al menos eso creía. ¿Sería mi mente jugándome una mala pasada? ¿O era mi corazón negándose a aceptar lo inevitable? Mi madre, Rosario, vino a casa y me encontró sentada en la cocina, mirando fijamente una taza de manzanilla.

—Carmen, hija, tienes que descansar. Mañana será un día duro —dijo con voz suave.

—Mamá, yo sé que mi niña está viva. Lo siento aquí —me llevé la mano al vientre—. No puedo explicarlo, pero lo sé.

Ella suspiró y me acarició el pelo como cuando era pequeña. —A veces el dolor nos hace ver cosas que no están, cariño.

Pero yo no podía rendirme. A las seis de la mañana desperté a Luis.

—Llévame al hospital otra vez. Por favor.

Él me miró con ojos rojos de cansancio y tristeza. —Carmen, los médicos han sido claros…

—No me importa. Si no me llevas tú, voy andando.

En el coche, el silencio era denso. Yo apretaba los dientes y sentía cada bache en la carretera como una sacudida de esperanza y miedo. Al llegar a urgencias, la enfermera nos miró con lástima.

—¿Otra vez aquí? —preguntó.

—Por favor, solo quiero que me hagan otra ecografía —supliqué.

El doctor Fernández apareció de nuevo, visiblemente molesto.

—Señora Morales, entiendo su dolor, pero no tiene sentido…

—Por favor —le interrumpí—. Solo una vez más.

Accedió a regañadientes y me tumbé en la camilla. El gel frío sobre mi piel me hizo estremecer. Cerré los ojos y recé en silencio a todas las vírgenes que conocía: la Macarena, la Esperanza, la del Rocío…

De repente, un sonido débil llenó la sala: pum-pum, pum-pum.

Abrí los ojos de golpe. El doctor palideció y acercó el ecógrafo.

—No puede ser… —murmuró—. Aquí hay latido.

Luis se echó a llorar y yo grité de alegría y rabia contenida. Mi hija estaba viva. Mi instinto no me había fallado.

La noticia corrió por el hospital como un reguero de pólvora. Las enfermeras venían a verme con sonrisas tímidas y palabras de ánimo. Pero no todo era alegría: mi familia estaba dividida entre el alivio y la culpa por no haberme creído.

Mi suegra, Pilar, vino a casa unos días después del alta.

—Carmen, hija, perdona si dudé de ti… Es que los médicos…

La miré fijamente. —A veces hay cosas que solo una madre puede sentir.

Durante las semanas siguientes viví entre el miedo y la esperanza. Cada movimiento de mi hija era un recordatorio de lo cerca que estuve de perderla por confiar ciegamente en la ciencia y no en mi corazón.

El día del parto fue una mezcla de nervios y emoción. Cuando por fin tuve a Lucía en mis brazos, lloré como nunca antes lo había hecho. Luis besó mi frente y susurró:

—Gracias por no rendirte.

Ahora Lucía tiene tres años y corretea por el parque de María Luisa con una energía inagotable. A veces la miro y me pregunto qué habría pasado si no hubiera escuchado esa voz interior.

¿Hasta qué punto debemos confiar en los expertos? ¿Y cuándo debemos escuchar nuestro propio corazón? ¿Cuántas veces hemos callado nuestra intuición por miedo al qué dirán?

Quizá nunca tenga todas las respuestas, pero sé que ese latido débil fue más fuerte que cualquier diagnóstico.