No era mi hijo, pero cambió mi vida para siempre

—No es tu hijo, Esteban. No tienes por qué hacerte cargo —me dijo mi madre, con esa voz fría que sólo usaba cuando quería que entendiera que no había discusión posible.

Pero yo no podía dejar de mirar a Lucas, sentado en el sofá del salón, abrazando su mochila como si fuera un salvavidas. Tenía ocho años y los ojos más tristes que había visto nunca. Había llegado a mi vida de la forma más inesperada: una llamada de Carmen, mi exnovia, después de casi una década sin hablarnos.

—Esteban, necesito tu ayuda. No puedo más —me dijo entre sollozos—. Lucas… Lucas no es tu hijo, pero eres lo más parecido a un padre que ha tenido nunca. Su padre biológico desapareció hace años y yo… yo estoy enferma.

Recuerdo cómo me temblaban las manos mientras escuchaba su confesión. Carmen tenía cáncer y le quedaban pocos meses. Me pidió que cuidara de Lucas, al menos hasta que encontrara una solución. Yo acababa de conseguir un trabajo fijo en una gestoría en Madrid, después de años de contratos basura y mudanzas. Mi vida, por fin, parecía encarrilada.

—No puedo, Carmen. No es tan fácil —le respondí, sintiendo una mezcla de rabia y miedo—. No soy su padre.

—Pero eres buena persona —me suplicó—. Y él te quiere.

Colgué el teléfono y pasé la noche en vela. Pensé en mi padre, que siempre me repetía: “En esta familia no hay sitio para los problemas de otros”. Pensé en mi madre, obsesionada con las apariencias y el qué dirán en el barrio de Chamberí. Pensé en mis propios sueños: viajar, ascender en el trabajo, tener una familia… pero una familia mía, no la de otro.

Al día siguiente fui a ver a Carmen al hospital. Lucas estaba allí, dibujando en silencio. Cuando me vio, se le iluminó la cara y corrió a abrazarme. Sentí un nudo en la garganta.

—¿Te quedarás conmigo cuando mamá esté mejor? —me preguntó con voz temblorosa.

No supe qué responderle.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Carmen empeoraba cada día y Lucas empezó a quedarse conmigo los fines de semana. Mi madre se negaba a recibirlo en casa:

—Ese niño no es sangre nuestra —decía—. Bastante tienes con tus propios problemas.

Pero yo veía cómo Lucas se aferraba a mí, cómo buscaba mi mirada cuando tenía miedo o cuando soñaba con monstruos por la noche. Empecé a quererle sin darme cuenta. Me sorprendí llevándole al Retiro los domingos, enseñándole a montar en bici, riéndome con sus ocurrencias.

Un día, Carmen me llamó para despedirse. Murió esa misma noche. Me encontré solo con Lucas y una decisión imposible: ¿lo entrego a los servicios sociales o lucho por él?

Fui al despacho de mi jefe para pedir unos días libres. Me miró como si estuviera loco:

—¿Vas a perder tu oportunidad por un niño que ni siquiera es tuyo? Aquí hay cola para entrar, Esteban.

Pero ya no podía pensar en otra cosa que no fuera Lucas. Fui al colegio a hablar con su tutora, la señorita Pilar:

—Lucas necesita estabilidad —me dijo—. Ha sufrido mucho. Si puedes darle un hogar, aunque no seas su padre biológico… eso es lo que importa.

La burocracia fue un calvario: papeles, entrevistas con asistentes sociales, visitas de psicólogos al piso diminuto que alquilaba en Lavapiés. Mi madre dejó de hablarme durante meses. Mis amigos me miraban con lástima o incredulidad:

—¿De verdad vas a sacrificar tu vida por un niño ajeno? —me preguntó Álvaro una noche en el bar.

Pero cada vez que dudaba, recordaba la mirada de Lucas cuando le leía cuentos antes de dormir o cuando me decía “gracias” por cosas tan simples como prepararle la merienda.

El día que el juez me concedió la tutela provisional lloré como un niño. Lucas me abrazó tan fuerte que sentí que todo el dolor valía la pena. Pero los problemas no terminaron ahí: Lucas tenía pesadillas, se orinaba en la cama y a veces se encerraba en sí mismo durante días.

Una tarde discutimos porque rompió sin querer mi portátil del trabajo. Le grité más de lo debido y él se echó a llorar:

—¡Tú tampoco me quieres! ¡Nadie me quiere! —gritó antes de encerrarse en su habitación.

Me senté en el pasillo y lloré también. ¿Y si tenía razón? ¿Y si yo tampoco era suficiente para él?

Con el tiempo aprendimos juntos: yo a ser padre sin haberlo planeado; él a confiar poco a poco en mí. Empezamos a construir una rutina: deberes, fútbol los sábados, películas los viernes por la noche. Mi madre tardó casi un año en aceptar venir a cenar con nosotros. Cuando vio cómo Lucas le ofrecía una flor del parque, se le humedecieron los ojos por primera vez en mucho tiempo.

Hoy han pasado tres años desde aquella llamada de Carmen. Lucas ya no es ese niño asustado; ahora sonríe y sueña con ser veterinario. Yo sigo trabajando duro y aún tengo miedo al futuro, pero ya no me siento solo.

A veces me pregunto: ¿Qué significa realmente ser padre? ¿La sangre o el amor? ¿Cuántos niños como Lucas esperan que alguien les dé una oportunidad? ¿Y cuántos Esteban hay ahí fuera dudando si dar ese paso?

¿Vosotros qué haríais? ¿Os atreveríais a cambiar vuestra vida por alguien que os necesita aunque no lleve vuestra sangre?