Sola en el patio: Historia de una madre española en un pueblo pequeño

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, donde el olor a cocido se mezclaba con el de la desconfianza.

No respondí. Mi hijo, Mateo, dormía en mis brazos, ajeno al juicio que caía sobre nosotras cada día desde que volví a la casa familiar en Villanueva del Fresno. Tenía veintisiete años y una vida entera por rehacer. El padre de Mateo, Sergio, se había esfumado cuando supo que estaba embarazada. «No estoy preparado para esto», me dijo antes de desaparecer. Desde entonces, el pueblo entero parecía tener una opinión sobre mi vida.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —insistió mi madre, apretando el trapo entre las manos—. Aquí no es Madrid, Lucía. Aquí la gente habla.

«Como si no lo supiera», pensé. Cada vez que salía al patio común a tender la ropa, sentía las miradas de las vecinas: Carmen la del estanco, Rosario la panadera, y sobre todo, Dolores, que nunca perdía ocasión de cuchichear con su hija Ana.

—Mira, ahí va la Lucía, la que volvió sola —decían bajito, pero lo suficiente para que yo lo oyera.

Al principio me dolía. Me dolía tanto que apenas podía respirar. Me preguntaba si había hecho bien en volver, si no habría sido mejor quedarme en Madrid aunque tuviera que dormir en un piso compartido y trabajar de camarera hasta el parto. Pero necesitaba ayuda y no tenía a nadie más.

Mi padre apenas me dirigía la palabra. Se limitaba a asentir cuando le pedía dinero para pañales o leche. Mi hermano Javier, que vivía en Toledo, venía poco y cuando lo hacía evitaba hablar del tema. Solo mi abuela Pilar me defendía:

—Dejadla en paz. Bastante tiene con lo suyo.

Pero incluso ella tenía miedo de enfrentarse demasiado a mi madre.

Los días eran largos y repetitivos. Me levantaba antes del amanecer para preparar el desayuno de Mateo y luego salía a buscar trabajo. En el pueblo no había mucho: limpiar casas, ayudar en la tienda de ultramarinos de Tomás o cuidar a los niños de otras madres. A veces aceptaba cualquier cosa solo para sentirme útil y no escuchar los susurros tras mi espalda.

Una tarde, mientras barría el patio, Dolores se acercó con su sonrisa falsa:

—¿Y el padre del niño? ¿No piensa venir nunca?

Me mordí la lengua para no contestar lo primero que se me pasó por la cabeza. Solo respondí:

—No. Estamos bien así.

Ella me miró con lástima y se fue murmurando algo sobre «pobres criaturas sin padre».

Esa noche lloré en silencio mientras Mateo dormía. Me sentía sola, humillada y cansada de luchar contra un muro invisible hecho de prejuicios y tradiciones. Pero al mirar a mi hijo, tan pequeño y frágil, sentí una fuerza nueva dentro de mí.

Con el tiempo aprendí a ignorar los comentarios. Empecé a trabajar limpiando la escuela del pueblo y poco a poco fui ganando algo de independencia. Mi madre seguía reprochándome mi situación cada vez que podía:

—Si hubieras estudiado más… Si no hubieras sido tan confiada…

Pero ya no le respondía. Había aprendido que nadie podía vivir mi vida por mí.

Un día, mientras recogía a Mateo del parque, Ana —la hija de Dolores— se acercó a mí con lágrimas en los ojos:

—Lucía, ¿puedo hablar contigo?

Me sorprendió su tono sincero. Me contó que estaba embarazada y que su novio no quería saber nada del bebé. Sentí una mezcla de compasión y rabia por la hipocresía del pueblo.

—No estás sola —le dije—. Yo también pasé por eso. Si necesitas ayuda, aquí estoy.

A partir de ese momento algo cambió entre nosotras. Ana empezó a defenderme ante su madre y poco a poco otras mujeres jóvenes del pueblo se atrevieron a hablar conmigo sin miedo al qué dirán.

Un día, durante las fiestas patronales, Mateo se perdió entre la multitud. El corazón se me paró al no verle junto al quiosco de churros. Corrí como una loca gritando su nombre hasta que lo encontré llorando junto a la fuente del pueblo. Lo abracé con tanta fuerza que casi le hago daño.

—Mamá, ¿por qué lloras? —me preguntó con sus ojos grandes y asustados.

—Porque eres lo más importante que tengo —le susurré.

Aquel día comprendí que mi vida ya no era solo mía; era también suya. Y que ningún comentario ni mirada podía arrebatarme el amor y el orgullo de ser su madre.

Hoy Mateo tiene seis años y va al colegio como cualquier otro niño. Yo sigo trabajando en la escuela y he conseguido ahorrar lo suficiente para alquilar un pequeño piso cerca del centro del pueblo. Mi madre sigue sin aceptar del todo mi situación, pero ya no me afecta tanto.

A veces las cicatrices del pasado duelen: cuando veo parejas paseando con sus hijos o cuando escucho a otras madres hablar de sus maridos como si fueran imprescindibles para criar a un niño feliz. Pero entonces miro a Mateo y sé que hemos salido adelante juntos.

¿De verdad importa tanto lo que piensen los demás? ¿Cuántas mujeres viven calladas por miedo al qué dirán? Yo ya no tengo miedo. ¿Y tú?