Cuando tu hijo te olvida: Historia de una madre española
—Alejandro, ¿vas a venir este verano? —pregunté con la voz temblorosa, apretando el teléfono como si de ese gesto dependiera que mi hijo volviera a casa.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Pude imaginarlo mirando a su alrededor, buscando una excusa entre las paredes blancas de su piso en Múnich. Finalmente, suspiró.
—Mamá, este año es complicado… Laura tiene mucho trabajo y yo… bueno, ya sabes cómo está todo aquí. Quizá el año que viene, ¿vale?
Colgué despacio. El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz dorada que entraba por la ventana y acariciaba las fotos familiares. En todas ellas, Alejandro sonreía: en la playa de Cádiz, en su graduación, abrazado a mí en la Feria de Abril. Ahora, esas imágenes parecían pertenecer a otra vida.
Me llamo Carmen y tengo 62 años. Vivo en Sevilla, en el mismo piso donde crié a mi hijo sola después de que Antonio nos dejara cuando Alejandro tenía apenas seis años. Trabajé de administrativa en una gestoría para sacarlo adelante. No hubo cumpleaños sin tarta ni Reyes Magos sin regalos, aunque a veces tuviera que pedirle dinero prestado a mi hermana Lucía.
Recuerdo cuando Alejandro me decía: “Mamá, cuando sea mayor te llevaré a París”. Yo reía y le revolvía el pelo, pensando que siempre estaríamos juntos. Pero la vida no es como en las películas.
La primera vez que me habló de irse a Alemania fue después de terminar la carrera de ingeniería. “Aquí no hay futuro, mamá”, me dijo. Yo asentí, aunque por dentro sentí que una grieta se abría en mi pecho. Le ayudé a hacer la maleta y le metí una bufanda de lana que tejí para él. “Para que no pases frío”, le susurré.
Al principio llamaba cada semana. Me contaba cómo era la ciudad, lo difícil que era el idioma y lo mucho que echaba de menos el gazpacho. Luego conoció a Laura, una chica de Valencia que también buscaba suerte fuera. Se casaron en una ceremonia sencilla en un ayuntamiento alemán. Me mandó fotos por WhatsApp: los dos sonrientes bajo un cielo gris.
Las llamadas se hicieron menos frecuentes. A veces pasaban semanas sin saber de él. Yo intentaba no molestarle, pero cada vez que veía su foto en el móvil sentía un nudo en el estómago. ¿Estaría bien? ¿Se acordaría de mí?
Una tarde, mientras regaba las plantas del balcón, mi vecina Rosario se asomó:
—¿Qué tal tu Alejandro? Hace tiempo que no lo veo por aquí.
No supe qué decirle. Me limité a sonreír y encogerme de hombros.
Las noches se hicieron más largas y silenciosas. Empecé a hablar sola, a poner dos platos en la mesa aunque solo cenara yo. A veces me sorprendía llorando sin motivo aparente, solo porque el eco del piso vacío me recordaba que ya no era necesaria para nadie.
Un domingo decidí llamarlo otra vez. Laura contestó:
—¡Hola Carmen! ¿Cómo estás?
—Bien, hija, bien… ¿Está Alejandro?
—Está en el trabajo, pero le digo que has llamado.
Nunca devolvió la llamada.
Mi hermana Lucía me decía que no debía tomarlo como algo personal. “Los hijos hacen su vida”, repetía. Pero yo no podía evitar preguntarme dónde había fallado. ¿Fui demasiado protectora? ¿No le di suficiente libertad? ¿O quizá le di tanta que ahora siente que no me necesita?
Un día recibí una carta del banco: Alejandro había transferido dinero a mi cuenta para ayudarme con los gastos del piso. Lloré al leer el concepto: “Para mamá”. Era su forma de decirme que se acordaba de mí, pero no era lo mismo. Yo no quería dinero; quería escuchar su voz, sentir su abrazo.
En Navidad preparé su plato favorito: espinacas con garbanzos y bacalao. Puse la mesa para tres, por si acaso venían con Laura. Pero solo vino el silencio.
Una tarde de enero, mientras paseaba por el parque María Luisa, vi a una madre jugando con su hijo pequeño. El niño reía y corría hacia ella con los brazos abiertos. Sentí una punzada de celos y nostalgia tan fuerte que tuve que sentarme en un banco para recuperar el aliento.
Esa noche soñé con Alejandro niño, corriendo por el pasillo con los zapatos desatados y los deberes sin hacer. Me desperté llorando y con el corazón encogido.
Hace unas semanas recibí un mensaje suyo: “Mamá, vamos a tener un bebé”. Me quedé mirando la pantalla largo rato antes de responder. Sentí alegría y tristeza al mismo tiempo: alegría porque mi hijo iba a ser padre; tristeza porque quizá ese nieto crecería sin conocerme realmente.
A veces pienso en coger un avión e irme a Alemania sin avisarles. Presentarme allí con una tortilla de patatas y abrazarles hasta quedarme sin fuerzas. Pero luego recuerdo lo mucho que me costó dejarle marchar y me quedo quieta, esperando una llamada que quizá nunca llegue.
¿Es esto lo que significa ser madre? ¿Dar tanto amor que al final te quedas vacía? ¿O es simplemente el precio de dejar volar a los hijos?
¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Dónde está el límite entre apoyarles y perderles para siempre?