La decisión que me rompió el alma: dejar a mi hijo en el hospital

—¿De verdad vas a dejarlo ahí, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la sala de espera del Hospital General de Valencia, tan fría como las baldosas bajo mis pies. Me temblaban las manos. Mi hijo, Mateo, apenas tenía tres días y ya sentía que lo estaba traicionando.

No podía mirarla a los ojos. Solo podía pensar en el pequeño cuerpo de Mateo, conectado a tubos, su respiración agitada. El médico me había dicho que necesitaba quedarse ingresado unos días más, pero yo… yo no podía quedarme. No tenía fuerzas. No después de todo lo que había pasado.

Mi marido, Sergio, no estaba. Llevaba semanas durmiendo en el sofá, evitándome. Desde que nació Mateo, la casa se había llenado de silencios y reproches. Mi suegra, Carmen, no paraba de recordarme cómo ella había criado sola a tres hijos en un piso minúsculo de Benimaclet. «Eso sí era ser madre», decía. Yo solo quería desaparecer.

—Lucía, ¿me oyes? —insistió mi madre—. No puedes huir ahora. Es tu hijo.

Me levanté bruscamente y salí al pasillo. El olor a desinfectante me mareaba. Me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Recordé la primera vez que sentí a Mateo moverse dentro de mí. Había llorado de alegría. Pero ahora… ahora solo sentía miedo. Miedo a no ser suficiente, a fallarle como madre, a repetir los errores de mi propia infancia.

La enfermera se acercó con una sonrisa cansada.

—¿Lucía? ¿Quieres ver a tu hijo antes de irte?

Asentí en silencio y la seguí hasta la UCI neonatal. Allí estaba Mateo, tan pequeño, tan frágil. Le acaricié la mano con un dedo tembloroso.

—Perdóname —susurré—. No sé si podré hacerlo bien.

Las lágrimas me nublaron la vista. Sentí una presión en el pecho, como si me faltara el aire. Pensé en todas las madres que parecían hacerlo fácil: las del parque, las del grupo de lactancia, incluso mi hermana Ana, que nunca se despeinaba y siempre tenía una sonrisa para sus mellizos.

—¿Por qué yo no puedo? —me pregunté en voz baja.

La enfermera me miró con compasión.

—No eres la única que se siente así —dijo—. Pero Mateo te necesita.

Salí del hospital con el corazón hecho trizas. Mi madre me esperaba fuera, con los brazos cruzados y la mirada dura.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Vas a volver a casa como si nada?

No supe qué responderle. Caminamos juntas hasta el coche en silencio. El trayecto hasta casa fue interminable. Cada semáforo era una oportunidad para dar media vuelta y volver al hospital, pero no lo hice.

Al llegar a casa, Sergio estaba sentado en la mesa del comedor, mirando el móvil.

—¿Y Mateo? —preguntó sin levantar la vista.

—Se queda unos días más —contesté, sintiendo cómo la culpa me devoraba por dentro.

Sergio suspiró y se levantó para irse al dormitorio. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.

Me desplomé en el sofá y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en llamar a Ana, pero sabía que solo me diría lo que todos decían: «Tienes que ser fuerte por tu hijo». Nadie entendía lo rota que me sentía por dentro.

Esa noche soñé con Mateo solo en la cuna del hospital, llorando y buscándome con los ojos. Me desperté empapada en sudor y con el corazón desbocado.

Al día siguiente, Carmen vino a casa sin avisar. Traía una bolsa con comida y ese aire de superioridad que tanto me irritaba.

—He hablado con Sergio —dijo—. Me ha contado lo del hospital. Lucía, tienes que espabilar. La maternidad no es para cobardes.

No respondí. Solo quería gritarle que no podía más, que sentía que me ahogaba cada día un poco más.

Pasaron los días y cada visita al hospital era una tortura. Veía a otras madres abrazar a sus hijos, cantarles nanas, mientras yo apenas podía sostenerme en pie.

Una tarde encontré a una psicóloga voluntaria en la sala de espera.

—¿Quieres hablar? —me preguntó con voz suave.

Me derrumbé ante ella como nunca antes lo había hecho.

—Siento que no valgo para esto —confesé entre sollozos—. Que todos esperan algo de mí que no puedo darles.

Ella me escuchó sin juzgarme.

—La maternidad es dura —me dijo—. Y nadie te prepara para sentirte así. Pero pedir ayuda es el primer paso para salir adelante.

Por primera vez sentí un atisbo de esperanza. Empecé a ir a terapia y poco a poco fui encontrando fuerzas para volver al hospital cada día y sostener la mano de Mateo un poco más tiempo.

Sergio empezó a acompañarme algunas veces. No hablábamos mucho, pero su presencia era un pequeño consuelo.

Un día, al salir del hospital, mi madre me abrazó por primera vez desde que todo empezó.

—Lo estás haciendo bien, hija —susurró—. Lo importante es que no te rindas.

Mateo salió del hospital dos semanas después. La primera noche en casa fue difícil: lloró sin parar y yo también. Pero ya no me sentía sola del todo.

Hoy miro atrás y todavía siento culpa por aquellos días oscuros, pero también orgullo por haber pedido ayuda y seguir adelante.

A veces me pregunto: ¿Cuántas madres callan su dolor por miedo al juicio? ¿Cuántas veces nos exigimos ser perfectas cuando solo necesitamos ser humanas?