¿Por qué debería hipotecar mi vida si al final heredaré tu casa?

—¿De verdad quieres que pida un préstamo, mamá? —La voz de Daniel retumba en el pasillo, seca, casi indiferente. Estoy sentada en la mesa de la cocina, con las manos temblorosas alrededor de una taza de café frío. El reloj de pared marca las seis y media, pero la tarde parece más oscura de lo habitual.

—No es eso, hijo… solo pensaba que podrías independizarte, tener tu propio espacio. —Intento que mi voz no suene suplicante, pero siento cómo se me quiebra por dentro.

Daniel suspira, se apoya en el marco de la puerta y me mira como si fuera una carga. —¿Para qué? Si al final esta casa será mía. ¿No es mejor ahorrar y esperar?

Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Recuerdo cuando era pequeño y corría por este mismo pasillo, riendo, con las rodillas llenas de raspones y los ojos brillando de ilusión. Ahora solo veo frialdad y cálculo en su mirada.

Mi marido, Antonio, murió cuando Daniel tenía apenas seis años. Desde entonces, todo lo que he hecho ha sido por él. Trabajé limpiando casas ajenas en Salamanca, doblando la espalda y tragando lágrimas para que nunca le faltara nada. Renuncié a mis sueños, a mis amigas, incluso a mi propia familia cuando me decían que debía rehacer mi vida. Pero yo solo pensaba en Daniel.

—¿Sabes lo que me costó mantener esta casa? —le pregunto, con un hilo de voz.

Él se encoge de hombros. —Ya lo sé, mamá. Pero ahora las cosas son diferentes. Los alquileres están por las nubes y los bancos no dan facilidades. No tiene sentido endeudarme si tú ya tienes esto.

Me levanto despacio y miro por la ventana. Afuera, los vecinos pasean a sus perros y los niños juegan en la plaza. Me siento invisible, como si mi vida ya no importara.

Esa noche no puedo dormir. Doy vueltas en la cama mientras repaso cada sacrificio, cada noche en vela cuidando a Daniel cuando tenía fiebre, cada cumpleaños celebrado con una tarta casera porque no había dinero para más. ¿En qué momento se convirtió en este hombre frío? ¿Dónde fallé?

Al día siguiente, llamo a mi hermana Lucía. Vive en Valladolid y hace años que no nos vemos mucho.

—Carmen, ¿qué te pasa? Te noto rara —me dice al teléfono.

Le cuento todo entre sollozos. Lucía guarda silencio unos segundos antes de responder:

—No te culpes. Los hijos a veces no ven lo que hacemos por ellos hasta que es tarde. Pero tampoco tienes que aguantarlo todo. Piensa en ti.

Piensa en ti. Esas palabras resuenan en mi cabeza durante días. Empiezo a fijarme en los folletos del centro de día para mayores que llegan al buzón. Me da miedo la soledad, pero más miedo me da convertirme en una sombra en mi propia casa.

Una tarde, Daniel llega tarde del trabajo y ni siquiera me saluda al entrar. Se encierra en su habitación y solo sale para cenar.

—He pensado en irme a una residencia —le digo mientras cenamos tortilla fría.

Él levanta la vista del móvil por primera vez en semanas.

—¿Por qué? Si aquí estás bien.

—¿De verdad crees que estoy bien? —le respondo con un nudo en la garganta—. No hablamos, no compartimos nada. Siento que solo esperas a que yo desaparezca para quedarte con la casa.

Daniel frunce el ceño, molesto.

—No digas tonterías, mamá. Solo intento ser práctico.

—¿Práctico? —repito—. ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un trámite?

Se hace un silencio incómodo. Daniel se levanta y se va sin decir nada más.

Esa noche decido escribirle una carta. Le cuento todo: mis miedos, mis recuerdos felices con él, mis sacrificios y mi dolor actual. Le digo que no quiero ser una carga ni un trámite; quiero ser su madre, la persona a la que alguna vez amó sin condiciones.

Dejo la carta sobre su almohada antes de irme a dormir.

A la mañana siguiente encuentro la casa vacía. Daniel se ha ido temprano al trabajo y no ha dejado ninguna nota. Paso el día esperando una llamada o un mensaje, pero el teléfono permanece mudo.

Por la tarde recibo una visita inesperada: Teresa, mi vecina del tercero.

—Carmen, ¿estás bien? Te veo apagada últimamente —me dice mientras me ofrece un café.

Le cuento lo sucedido y ella me abraza fuerte.

—No estás sola —me susurra—. Aquí tienes gente que te quiere.

Esa noche Daniel regresa tarde. Entra en mi habitación sin llamar y se sienta a los pies de la cama.

—He leído tu carta —dice en voz baja—. No sabía que te sentías así… Perdona si he sido egoísta.

Me mira con ojos húmedos y por primera vez en mucho tiempo veo al niño que crié.

—No quiero perderte —le digo—. Pero tampoco quiero vivir esperando a ser reemplazada por ladrillos y paredes vacías.

Daniel asiente y me toma la mano.

—Voy a buscar piso —me promete—. Y vendré a verte cada semana, como hacíamos antes cuando íbamos al parque juntos.

Lloro en silencio mientras lo abrazo. Sé que nada será igual, pero al menos hemos roto el muro del silencio.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas madres viven esperando una palabra de cariño mientras sus hijos solo piensan en el futuro material? ¿De verdad hemos olvidado lo que significa familia?