La casa que nunca fue solo mía

—¿Por qué has venido ahora, Luis? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía las llaves de mi nueva casa entre los dedos, como si fueran un talismán contra el pasado.

Luis se quedó en el umbral, con la barba descuidada y los ojos hundidos. No lo veía desde hacía casi siete años, desde aquel día en el juzgado cuando firmamos el divorcio y cada uno tomó su camino. Yo me quedé con la custodia de nuestra hija, Lucía, y él desapareció de nuestras vidas como una sombra al caer la noche.

—Necesito tu ayuda, Carmen —susurró, bajando la mirada—. No tengo a dónde ir.

Sentí cómo la rabia y la compasión luchaban dentro de mí. Recordé todas las noches trabajando en el hospital y limpiando casas por las mañanas; los cumpleaños de Lucía celebrados con una tarta sencilla y promesas de que algún día tendríamos nuestro propio hogar. Y ahora, cuando por fin podía poner mi nombre en el buzón y colgar cortinas nuevas, Luis volvía a irrumpir en mi vida.

—No puedes venir aquí y pedirme esto —le dije, apretando los dientes—. Esta casa es lo único que tengo. Lo único que he conseguido después de todo lo que pasamos.

Luis levantó la cabeza y vi lágrimas en sus ojos. No supe si eran sinceras o fruto de la desesperación. Me contó que había perdido el trabajo, que dormía en un coche prestado y que no tenía a quién recurrir. Me habló de su madre enferma en Toledo, de las noches en vela pensando en Lucía. Pero yo no podía olvidar cómo me dejó sola, cómo desapareció sin mirar atrás.

Esa noche no dormí. Caminé por la casa vacía, tocando las paredes recién pintadas, imaginando cómo sería perderlo todo otra vez. Al día siguiente, Lucía llegó del instituto y me encontró sentada en la cocina, con los ojos rojos.

—¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó, dejando la mochila en el suelo.

No supe cómo explicarle que su padre había vuelto. Que pedía ayuda. Que yo no sabía si podía dársela sin traicionarme a mí misma.

—Tu padre está aquí —dije al fin—. Dice que no tiene dónde ir.

Lucía se quedó callada. Tenía quince años y una madurez dolorosa para su edad. Se sentó a mi lado y me tomó la mano.

—¿Quieres ayudarle? —me preguntó.

No respondí. ¿Quería? ¿O solo sentía culpa? ¿Era justo abrirle la puerta después de todo?

Esa tarde, Luis volvió. Lucía le miró desde lejos, con una mezcla de curiosidad y resentimiento. Él intentó acercarse, pero ella se refugió tras mi espalda.

—Solo pido un sofá unos días —dijo Luis—. Prometo que buscaré trabajo y me iré en cuanto pueda.

Le miré largo rato. Recordé cómo me prometió que cambiaría, que dejaría de beber, que buscaría trabajo cuando Lucía era un bebé. Recordé las noches esperando a que volviera, los silencios llenos de reproches.

—Está bien —dije al fin—. Pero solo unos días. Y no quiero problemas.

Luis asintió, agradecido. Esa noche durmió en el sofá del salón mientras yo daba vueltas en la cama, preguntándome si había hecho lo correcto.

Los días pasaron y Luis parecía esforzarse: salía temprano a buscar trabajo, ayudaba con algunas tareas de la casa e intentaba acercarse a Lucía con pequeños gestos: un bocadillo preparado para el recreo, una charla sobre fútbol. Pero yo veía la tensión en los hombros de mi hija cada vez que él entraba en la habitación.

Una tarde, al volver del hospital, encontré a Luis sentado con Lucía en la mesa del comedor. Hablaban en voz baja. Cuando entré, Lucía se levantó bruscamente y subió a su cuarto.

—¿Qué le has dicho? —pregunté.

Luis suspiró.—Solo le he pedido perdón. Sé que no puedo arreglar todo lo que hice mal, pero quiero intentarlo.

Me senté frente a él.—¿De verdad crees que basta con pedir perdón? ¿Que puedes volver y todo se olvida?

Luis bajó la cabeza.—No espero que me perdonéis. Solo… no quiero estar solo.

Esa noche discutimos. Le reproché su abandono, sus mentiras, su cobardía. Él lloró y me pidió otra oportunidad. Yo sentí cómo el cansancio de tantos años pesaba sobre mis hombros como una losa.

Al día siguiente recibí una carta del banco: había un error con uno de los pagos de la hipoteca; necesitaba regularizarlo o podría perder la casa. El miedo me atenazó el pecho. No podía permitirme ningún fallo ahora.

Luis lo notó.—Si necesitas dinero puedo buscar algún trabajo temporal —dijo—. Puedo ayudar.

Le miré con desconfianza.—¿Y si vuelves a desaparecer? ¿Y si vuelves a dejarme sola?

Él guardó silencio.

Esa semana fue un infierno: turnos dobles en el hospital, discusiones con Lucía porque no soportaba ver a su padre en casa, llamadas del banco recordándome el pago pendiente. Una noche llegué agotada y encontré a Luis borracho en el salón, llorando frente al televisor apagado.

—¡No! —grité— ¡No otra vez! ¡No en mi casa!

Luis se levantó tambaleándose.—Lo siento… no quería…

Le empujé hacia la puerta.—Te vas mañana mismo. No puedo más.

Esa noche dormí abrazada a Lucía mientras ella lloraba en silencio. Al día siguiente, Luis se fue sin decir adiós.

Pasaron semanas antes de que pudiera respirar tranquila otra vez. Pagué el error del banco con ayuda de una compañera del hospital y poco a poco la casa volvió a ser nuestro refugio.

A veces Lucía pregunta por su padre. Yo no sé qué responderle. Solo sé que esta casa es fruto de mi esfuerzo y mi dolor; que nadie tiene derecho a arrebatármela ni a hacerme sentir culpable por protegerla.

Me pregunto: ¿cuántas mujeres tienen que elegir entre ayudar a quien las hirió o proteger lo poco que han conseguido? ¿Es egoísmo querer ser feliz después de tanto sufrimiento?