La voz que nadie escucha: la historia de mi abuela Marta
—¿Por qué nadie me escucha? —susurró mi abuela Marta, sentada en el sillón verde del salón, mientras la luz de la tarde se colaba por las persianas medio bajadas. Yo tenía catorce años y, aunque no entendía del todo el peso de sus palabras, sentí un nudo en la garganta. Mis padres discutían en la cocina, como cada domingo desde que el abuelo Luis murió hace seis meses. La casa olía a cocido, pero el ambiente era frío, como si el invierno se hubiera instalado entre nosotros para siempre.
—Mamá, ¿no crees que deberíamos quedarnos un poco más con la abuela? —pregunté con voz temblorosa mientras recogía los platos.
Mi madre, Carmen, ni siquiera levantó la vista del móvil. —Julia, tu abuela está bien. Tiene a sus amigas del centro de mayores y la vecina le ayuda con la compra. No podemos estar pendientes de ella todo el día.
Mi padre, Antonio, suspiró. —No podemos cargar con todo, hija. Bastante tenemos con nuestros problemas.
Pero yo veía cómo la abuela Marta se apagaba poco a poco. Desde que el abuelo ya no estaba para contarle historias o discutir sobre política en la sobremesa, ella parecía encogerse en su propio silencio. A veces me llamaba por teléfono solo para preguntarme cómo me había ido en el instituto, aunque yo sabía que lo que realmente quería era escuchar una voz familiar.
Una tarde de lluvia, fui a verla sola. Llevaba una tarta de manzana que había hecho con mis propias manos. Al abrirme la puerta, Marta sonrió débilmente.
—¿Has venido sola? —preguntó sorprendida.
—Sí, quería verte —le respondí abrazándola fuerte.
Nos sentamos en la mesa del comedor. Ella cortó dos trozos de tarta y me miró con los ojos brillantes.
—¿Sabes? A veces pienso que me he vuelto invisible —me confesó mientras removía el café con una cucharilla.— Antes venía gente a casa, tus padres me llamaban todos los días… Ahora solo escucho el reloj y mis propios pensamientos.
No supe qué decirle. Sentí rabia hacia mis padres y hacia mí misma por no poder hacer más. ¿Por qué en España tratamos así a nuestros mayores? ¿Por qué nos cuesta tanto mirarles a los ojos y preguntarles cómo están de verdad?
Esa noche, al volver a casa, enfrenté a mis padres.
—¿No os dais cuenta de que la abuela está sola? ¡Se siente abandonada! —grité entre lágrimas.
Mi madre se enfadó. —¡No puedes entenderlo! Yo también estoy cansada. Trabajo todo el día y cuando llego a casa solo quiero descansar. No puedo con más responsabilidades.
Mi padre bajó la cabeza. —Quizá deberíamos turnarnos para ir a verla más a menudo…
Pero las palabras se las llevó el viento. Pasaron las semanas y nada cambió. La abuela Marta seguía sola en su piso del barrio de Chamberí, rodeada de fotos antiguas y cartas amarillentas. Yo iba siempre que podía, pero sentía que no era suficiente.
Un día recibí una llamada del hospital. Marta había sufrido una caída en la cocina y fue la vecina quien la encontró horas después. Corrí a verla con el corazón encogido.
—Julia… —susurró cuando llegué a su habitación.— No te preocupes por mí. Solo prométeme que no dejarás que te pase lo mismo.
Lloré junto a su cama mientras le cogía la mano. En ese momento entendí que el dolor más grande no era físico, sino el de sentirse olvidada por quienes más quieres.
Tras su recuperación, intenté convencer a mis padres de llevarla a vivir con nosotros o buscarle una residencia donde pudiera estar acompañada. Pero ellos seguían poniendo excusas: el dinero, el espacio, las obligaciones…
La abuela Marta volvió a su piso y yo seguí visitándola cada vez que podía. Empecé a escribir cartas a sus amigas para animarlas a visitarla más seguido y organicé pequeñas reuniones en su casa los sábados por la tarde. Poco a poco, vi cómo recuperaba algo de alegría.
Sin embargo, nunca olvidaré aquella Navidad en la que cenamos sin ella porque «no había sitio suficiente en la mesa». Esa noche lloré hasta quedarme dormida pensando en todas las personas mayores que pasan las fiestas solas mientras sus familias fingen no darse cuenta.
Hoy escribo esta historia porque sé que no soy la única que ha vivido algo así. En España hay miles de Martas esperando una llamada, una visita o simplemente una palabra amable. ¿Cuándo aprenderemos a escuchar esas voces que nadie quiere oír?
A veces me pregunto: ¿cuánto daño hace el silencio? ¿Cuántos gritos ahogados hay tras las puertas cerradas de nuestros barrios? ¿Y si mañana fuéramos nosotros los olvidados?