La noche en que Mateo salvó a su hermana: una historia de valor en Madrid

—¡Por favor, ayúdenme! —grité con la voz rota nada más cruzar la puerta de Urgencias del Hospital Gregorio Marañón. El frío de la madrugada madrileña se me había metido hasta los huesos, pero lo único que sentía era el peso de mi hermanita Lucía en los brazos. Tenía siete años y nunca me había sentido tan solo ni tan responsable.

Las enfermeras se giraron, sorprendidas al ver a un niño descalzo, con la cara llena de moretones y la ropa manchada. Lucía apenas respiraba, envuelta en una manta vieja que olía a casa y a miedo. Una de las enfermeras, con acento andaluz, se agachó a mi altura:

—Cariño, ¿qué ha pasado? ¿Dónde están tus padres?

No supe qué decir. Me temblaban las piernas y la voz. Solo pude balbucear:

—Mi mamá… no está. Mi papá… está dormido y no se despierta. Lucía tiene fiebre y no para de llorar…

La enfermera me abrazó fuerte, como si quisiera protegerme del mundo entero. Sentí que por fin alguien me veía. Mientras se llevaban a Lucía corriendo, otra enfermera me sentó en una silla y me tapó con una manta limpia. El hospital olía a lejía y a café de máquina. Yo solo quería volver a casa, pero sabía que ya nada sería igual.

Mientras esperaba, recordé cómo había llegado hasta allí. Vivíamos en un piso pequeño en Vallecas. Mamá trabajaba de interna y solo venía los domingos. Papá últimamente no salía del sofá; decía que estaba cansado, pero yo sabía que era por las cervezas. Aquella noche, Lucía empezó a toser y a arderle la frente. Fui a buscar a papá, pero ni los gritos ni los empujones lograron despertarle. Así que cogí a Lucía, la envolví en la manta amarilla y salí corriendo escaleras abajo, sin zapatos ni chaqueta.

Caminé por calles vacías, esquivando charcos y farolas rotas. Un par de vecinos me miraron raro, pero nadie preguntó nada. En Madrid, cada uno va a lo suyo, pensé. Solo cuando vi las luces del hospital sentí que podía respirar.

Una doctora vino a hablar conmigo mientras Lucía seguía dentro:

—Mateo, eres muy valiente. ¿Quieres contarme algo más? ¿Te han hecho daño?

Me mordí el labio. No quería traicionar a papá, pero tampoco podía mentir más.

—A veces… papá se pone muy nervioso. Y cuando grita… da miedo. Pero yo solo quiero que Lucía esté bien.

La doctora me miró con ternura y rabia al mismo tiempo. Me acarició el pelo y me prometió que cuidarían de nosotros.

Horas después, una asistente social vino a verme. Me explicó despacio que Lucía iba a quedarse unos días en el hospital y que yo también estaría seguro allí. Me ofrecieron un vaso de leche caliente y una cama pequeña con sábanas limpias. No pude dormir; solo pensaba en mamá y en si algún día volveríamos a estar juntos.

Al amanecer, vi a Lucía dormida en una cuna de hospital, con la carita tranquila por primera vez en semanas. Sentí una mezcla de alivio y tristeza tan grande que me puse a llorar sin hacer ruido.

Ahora, meses después, sigo preguntándome: ¿Por qué los niños tenemos que ser valientes tan pronto? ¿Cuántos Mateos habrá esta noche cruzando Madrid con miedo y esperanza? ¿Y si todos miráramos un poco más a nuestro alrededor?