Cansada de cocinar para Manuel: ¿Hasta cuándo aguantaré este sacrificio invisible?
—¿Otra vez lentejas, Carmen?—. La voz de Manuel retumba en la cocina, cortando el silencio como un cuchillo. Me giro, cuchara en mano, y le miro a los ojos, buscando un atisbo de comprensión. Pero sólo encuentro ese gesto de desagrado tan familiar.
No sé en qué momento mi vida se redujo a esto: a levantarme antes de que salga el sol, preparar desayunos frescos —tostadas con tomate y jamón, café recién hecho, zumo de naranja exprimido— y después correr al trabajo, con la cabeza ya ocupada en lo que cocinaré por la noche. Manuel nunca ha querido comer sobras. «La comida recalentada pierde el alma», dice. Yo antes me reía de esa frase, pero ahora me pesa como una losa.
Hoy es jueves. Estoy agotada. Ayer discutimos porque llegué tarde del trabajo y sólo pude hacer una tortilla francesa con ensalada. «¿Eso es cenar?», preguntó él, sin molestarse en disimular el fastidio. No sabe que tuve que quedarme dos horas más en la oficina porque mi jefe, don Ramón, decidió que el informe no podía esperar. No sabe —o no quiere saber— que me duele la espalda de tanto estar sentada y que apenas tengo fuerzas para sonreírle a nuestra hija Lucía cuando la recojo del colegio.
Lucía tiene siete años y últimamente me pregunta mucho por qué papá nunca ayuda en la cocina. «¿Por qué siempre cocinas tú, mamá?», dice mientras me observa pelar patatas. Yo le sonrío y le digo que a papá no se le da bien cocinar, pero por dentro siento rabia. ¿Por qué tengo que ser yo siempre la que sacrifica su tiempo?
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi hermana Pilar. Toda la familia se reunió en su casa de Alcalá. Ella preparó una paella enorme y todos ayudamos: su marido, sus hijos, hasta mi madre cortó cebolla. Cuando volvimos a casa, Manuel comentó: «Pilar tiene suerte de tener un marido que no le pone pegas a nada». Me mordí la lengua para no contestar.
Esta noche, mientras remuevo las lentejas, pienso en todo lo que he dejado atrás: mis clases de pintura, las tardes con amigas en la plaza Mayor, incluso los paseos sola por el Retiro. Ahora todo es trabajo-casa-cocina-cama. Y vuelta a empezar.
—¿No podrías hacer algo diferente hoy?— insiste Manuel desde el salón, sin apartar la vista del telediario.
—No he tenido tiempo de ir al mercado— respondo con voz cansada.
—Siempre tienes una excusa— dice él.
Siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas. Lucía entra en la cocina y me abraza por la cintura.
—No llores, mamá— susurra.
Me agacho para mirarla a los ojos.
—No pasa nada, cariño. Sólo estoy cansada.
Esa noche apenas pruebo bocado. Manuel come en silencio y deja la mitad del plato. Cuando recojo la mesa, veo que ha dejado las lentejas intactas.
Al día siguiente, en el trabajo, mi compañera Teresa me pregunta si estoy bien.
—Te veo muy apagada últimamente— dice.
Le cuento lo de las comidas, lo de Manuel y su manía con las sobras. Teresa frunce el ceño.
—Eso no es normal, Carmen. Tienes derecho a descansar también.
Esa frase me da vueltas todo el día. ¿Tengo derecho? ¿O soy egoísta por querer un poco de tiempo para mí?
Por la tarde decido hacer algo diferente: compro una pizza congelada y una bolsa de ensalada preparada. Cuando llego a casa, Manuel ya está sentado en la mesa.
—¿Qué hay para cenar?— pregunta sin mirarme.
—Pizza— respondo con voz firme.
Me mira como si hubiera dicho una barbaridad.
—¿Pizza? ¿Eso es comida?—
Lucía da saltos de alegría.
—¡Bien! ¡Pizza!—
Sirvo la pizza y me siento a la mesa sin remordimientos. Manuel come a regañadientes y murmura algo sobre la comida casera. Yo le ignoro por primera vez en años.
Esa noche duermo mejor que nunca.
Al día siguiente repito: sopa de sobre y bocadillos. Manuel protesta más fuerte esta vez.
—¿Vas a dejar de cocinar para siempre? ¿Qué van a pensar los vecinos si se enteran?—
Le miro fijamente.
—Que piensen lo que quieran. Estoy cansada de ser invisible.—
Manuel se levanta de la mesa y da un portazo. Lucía me abraza otra vez.
Durante semanas alterno comidas rápidas con algún guiso cuando tengo ganas. Manuel empieza a ayudarme a poner la mesa, incluso friega los platos alguna vez. No es mucho, pero es un principio.
Un sábado por la tarde, mientras paseo con Lucía por el parque del Oeste, ella me pregunta:
—¿Estás más contenta ahora, mamá?
La miro y sonrío.
—Sí, cariño. Mucho más.—
A veces me siento culpable por haber cambiado las reglas del juego después de tantos años. Pero luego pienso: ¿cuántas mujeres españolas viven atrapadas en rutinas como la mía? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta?
¿De verdad merecemos sacrificar nuestra felicidad por miedo al qué dirán o por costumbre? ¿Cuántas Carmen hay ahí fuera esperando su momento para rebelarse?