La casa de mi infancia ya no es mía: el precio de ser madre y exmujer en Madrid

—¿De verdad, mamá? ¿Le vas a dar la casa a Lucía? —mi voz temblaba, entre la incredulidad y la rabia, mientras apretaba el móvil con tanta fuerza que sentí que se me iban a romper los nudillos.

Mi madre suspiró al otro lado de la línea, ese suspiro largo y resignado que siempre usaba cuando quería zanjar una discusión. —Karen, entiéndelo. Es por los niños. Ellos necesitan estabilidad, un sitio donde crecer tranquilos. Tú tienes tu piso, tu trabajo…

Me quedé en silencio, mirando por la ventana del pequeño apartamento que alquilo en Vallecas desde que Lucía y yo nos separamos. El tráfico de la M-30 era un murmullo lejano, pero dentro de mí todo era un estruendo. ¿Cómo podía ser que mi propia madre eligiera a mi exmujer antes que a mí?

No siempre fue así. Recuerdo cuando Lucía y yo nos conocimos en la universidad, en la Complutense. Éramos inseparables: risas en Malasaña, paseos por El Retiro, sueños de una vida juntas. Cuando llegaron los mellizos, Pablo y Sofía, creímos que nada podría separarnos. Pero la rutina, las discusiones por tonterías —quién recogía a los niños, quién pagaba el seguro del coche— fueron desgastando lo nuestro hasta que solo quedó el eco de lo que fuimos.

El divorcio fue civilizado, o eso creímos. Custodia compartida, cuentas claras. Pero Madrid es caro y criar a dos niños sola lo es aún más. Lucía se quedó en el piso de alquiler con los niños y yo me mudé aquí, a este apartamento diminuto donde apenas cabe mi tristeza.

La casa de mi infancia, esa casa de ladrillo visto en Carabanchel donde aprendí a montar en bici y donde mi padre plantó un limonero antes de morir, era nuestro único refugio común. Mi madre siempre decía que algún día sería para mí, su única hija. Pero ahora…

—Mamá, ¿y yo qué? ¿No piensas en mí? —le pregunté con voz rota.

—Claro que pienso en ti, hija —respondió ella—. Pero tú eres fuerte. Lucía está sola con los niños y no tiene a nadie más. No puedo dejarles en la calle.

Sentí una punzada de celos y rabia. ¿Fuerte? ¿Acaso no veía mis ojeras, mis noches sin dormir pensando en cómo llegar a fin de mes? ¿No veía cómo me partía el alma cada vez que dejaba a Pablo y Sofía en casa de Lucía y me iba sola a mi piso vacío?

Esa noche no pude dormir. Me revolvía entre las sábanas pensando en todo lo que había perdido: mi matrimonio, mi familia, ahora mi casa. Al día siguiente fui a ver a Lucía. Necesitaba entender si ella estaba detrás de todo esto.

—¿Tú le pediste la casa a mi madre? —le solté nada más abrirme la puerta.

Lucía me miró sorprendida, con las manos aún llenas de harina porque estaba haciendo galletas con los niños.

—Karen, no seas injusta. Fue tu madre quien me lo propuso. Yo solo… acepté porque no sé qué haría si nos echan del piso. No tengo a nadie más aquí.

Vi a Pablo asomarse tímidamente desde el pasillo. —¿Mamá? ¿Pasa algo?

Lucía le sonrió con esa ternura que siempre me desarmaba. —Nada, cariño. Solo estamos hablando.

Me sentí una extraña en mi propia familia. Me fui sin decir adiós, con el corazón hecho trizas.

Durante semanas evité a mi madre y a Lucía. Me refugié en el trabajo —soy administrativa en una gestoría cerca de Atocha— y en las pocas amigas que me quedan desde el divorcio. Pero Madrid es una ciudad solitaria cuando te sientes traicionada por los tuyos.

Un domingo cualquiera, mi madre me llamó para invitarme a comer. Dudé, pero al final fui. La mesa estaba puesta como siempre: mantel de cuadros rojos, paella humeante y el limonero asomando por la ventana del patio.

—Karen —empezó mi madre mientras servía arroz—, sé que estás dolida. Pero tienes que entenderlo: los niños necesitan un hogar estable. Tú puedes venir cuando quieras; esta siempre será tu casa.

No pude evitarlo y rompí a llorar delante de ella y de los niños.

—¿Y yo? ¿Quién piensa en mí? —sollozaba—. Siempre he hecho lo correcto: estudié, trabajé, cuidé de papá cuando enfermó… Y ahora parece que todo eso no importa porque soy adulta y puedo apañármelas sola.

Mi madre me abrazó fuerte, como cuando era niña y tenía miedo a la oscuridad.

—Hija mía, la vida nunca es justa. Pero tú eres lo mejor que tengo. No quiero perderte tampoco.

Pablo se acercó y me cogió la mano.

—Mamá, ¿puedes venir más veces? Me gusta cuando estamos todos juntos.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo. Quizá nunca recupere la casa ni la familia perfecta que soñé, pero tengo a mis hijos y aún tengo una madre que me quiere, aunque duela.

Ahora paso más tiempo con ellos en esa casa que ya no es mía pero sigue oliendo a infancia y limones frescos. A veces pienso si algún día podré perdonar del todo o si aprenderé a vivir con este hueco en el pecho.

¿Hasta dónde debe llegar una madre por sus hijos? ¿Es justo sacrificarlo todo por ellos? ¿O hay un límite donde también debemos pensar en nosotras mismas?