La herencia de la discordia: Cuando el yerno reclama lo imposible

—¡No pienso permitirlo, Sergio! —grité, con la voz quebrada, mientras apretaba los papeles del juzgado entre las manos temblorosas. Mi hija Lucía me miraba desde el otro lado del salón, los ojos rojos de tanto llorar, y mi esposa Carmen intentaba calmarme, aunque ella misma estaba al borde del colapso.

Nunca imaginé que mi vida llegaría a este punto. La casa de la calle Mayor, esa que compramos Carmen y yo hace más de treinta años con sudor y sacrificio, se había convertido en el campo de batalla de una guerra que jamás quise librar. Todo empezó cuando Lucía se casó con Sergio. Al principio, era un chico simpático, trabajador, siempre dispuesto a ayudar. Recuerdo cómo me ayudó a pintar la fachada aquel verano infernal y cómo se ofrecía a llevar a Carmen al médico cuando yo no podía. Pero todo cambió tras el divorcio.

—Papá, Sergio dice que tiene derecho a la mitad de la casa —susurró Lucía una tarde, mientras tomábamos café en la cocina. Noté cómo le temblaban las manos al sostener la taza.

—¿La mitad? ¡Pero si esa casa es nuestra! —exclamé, sin poder creer lo que oía.

—Él dice que pagó parte de las reformas… que sin su dinero no podríamos haber arreglado el tejado ni la cocina —añadió Lucía, bajando la mirada.

Me sentí traicionado. No solo por Sergio, sino por el propio sistema. ¿Cómo podía alguien reclamar lo que no era suyo? ¿Acaso los años de esfuerzo de Carmen y míos no valían nada? Recordé las noches trabajando horas extra en la fábrica de automóviles de Valladolid para poder pagar la hipoteca. Los domingos sin salir para ahorrar hasta el último céntimo. Y ahora, un forastero —porque eso era Sergio para mí en ese momento— venía a exigir lo que nunca le perteneció.

La tensión en casa era insoportable. Carmen apenas hablaba, sumida en una tristeza silenciosa. Lucía se debatía entre la culpa y la rabia. Y yo… yo sentía que todo lo que había construido se desmoronaba. Una tarde, Sergio vino a hablar conmigo.

—Antonio, sé que esto es difícil, pero tengo derecho —dijo, plantándose en el recibidor con una seguridad que me sacó de quicio.

—¿Derecho? ¿A qué? ¿A destrozar a mi familia? —le espeté.

—Yo invertí en esa casa. Sin mi dinero no habríais podido hacer las reformas. No es justo que me quede sin nada —insistió.

—¡No es tuya! ¡Nunca lo fue! —le grité, sintiendo cómo la rabia me nublaba la vista.

Sergio se marchó dando un portazo. Lucía rompió a llorar en el pasillo y Carmen me abrazó por detrás, intentando consolarme. Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama, repasando cada detalle: las facturas de las reformas, los recibos del banco, los mensajes de WhatsApp donde Sergio ofrecía ayuda económica «por el bien de todos».

El proceso judicial fue un calvario. Los abogados iban y venían por casa como si fuera una estación de tren. Cada vez que sonaba el timbre, sentía un nudo en el estómago. La familia se dividió: mi hermano Tomás decía que debíamos llegar a un acuerdo para evitar escándalos; mi hermana Pilar opinaba que debíamos luchar hasta el final. En las comidas familiares ya no se hablaba de fútbol ni de política: solo del juicio.

Lucía estaba destrozada. Se sentía responsable de todo. Una noche, mientras fregábamos los platos juntos, me miró con lágrimas en los ojos:

—Papá, si quieres… vendo mi parte y así Sergio se calla.

—¡Ni hablar! Esa casa es tuya y de tu madre. Nadie va a quitárnosla —le respondí, aunque por dentro dudaba si podría cumplir esa promesa.

Los meses pasaron entre papeles, reuniones y discusiones interminables. El juez pidió pruebas: facturas, transferencias bancarias, testimonios de vecinos. Sergio presentó todos los justificantes posibles; nosotros buscamos hasta el último recibo para demostrar que la casa era solo nuestra.

El día del juicio fue uno de los peores de mi vida. Vi a Lucía sentada junto a su abogado, pálida como una sábana; a Carmen rezando en silencio; y a Sergio mirándonos con frialdad desde el otro lado de la sala. Cuando el juez leyó la sentencia, sentí que el mundo se detenía:

—Dado que las reformas fueron financiadas parcialmente por el señor Sergio durante el matrimonio y mejoraron sustancialmente el valor del inmueble familiar…

No escuché más. Solo vi cómo Lucía rompía a llorar y Carmen se tapaba la cara con las manos. El juez le concedió a Sergio una compensación económica equivalente al valor de las reformas. No perdió la mitad de la casa, pero sí una parte importante del dinero que tanto nos costó ahorrar.

Durante semanas reinó el silencio en casa. Nadie quería hablar del tema. Yo salía a caminar por el parque para no pensar; Carmen se refugiaba en sus plantas; Lucía se encerró en su habitación durante días.

Un domingo por la tarde, mientras regaba los geranios del balcón, Lucía se acercó y me abrazó por detrás.

—Lo siento mucho, papá…

—No tienes por qué pedir perdón, hija —le respondí, acariciándole el pelo—. Lo importante es que seguimos juntos.

Ahora miro la casa y ya no veo solo paredes y muebles: veo cicatrices. Pero también veo amor y resistencia. Me pregunto si algún día podré perdonar del todo a Sergio… o si este dolor nos acompañará siempre.

¿Hasta dónde puede llegar alguien por dinero? ¿Y nosotros? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a luchar por lo nuestro sin perder lo más importante: la familia?