¿Mi pensión es solo mía? El precio de la tranquilidad en la familia García

—Mamá, ¿puedes ayudarme este mes?—. La voz de Lucía, mi hija mayor, temblaba al otro lado del teléfono. Era martes por la tarde y yo acababa de sentarme en el balcón, con una taza de café y la brisa de Madrid acariciando mis mejillas. El sol caía lento sobre los tejados y, por un momento, sentí que todo estaba en su sitio. Pero esa llamada lo cambió todo.

Lucía nunca había sido de pedir favores. Siempre tan orgullosa, tan decidida a demostrar que podía sola. Pero ahora, con dos niños pequeños y un marido en paro desde hacía meses, la vida la había doblegado. Sentí un nudo en el estómago. Mi pensión, esa pequeña cantidad que me permitía vivir tranquila junto a Antonio, mi marido, era fruto de cuarenta años de trabajo en la administración pública. No era mucho, pero nos bastaba para vivir sin sobresaltos, para darnos algún capricho: una escapada a la sierra, una cena en el barrio de Salamanca.

—¿Qué ha pasado esta vez, hija?— pregunté, intentando mantener la voz firme.

—Nos han cortado la luz. No puedo pagar el alquiler este mes. Y los niños…— Su voz se quebró. Sentí como si una mano invisible me apretara el pecho.

Antonio me miró desde el sofá, con el periódico en las manos y las gafas caídas sobre la nariz. Sabía que algo iba mal solo con ver mi cara. Le hice un gesto para que esperara.

—Mamá, no sé qué hacer. Ya no sé a quién pedirle ayuda— insistió Lucía.

Colgué prometiéndole que hablaría con su padre y que veríamos cómo podíamos ayudarla. Me quedé sentada un rato largo, mirando el horizonte. ¿Era justo? ¿Era mi deber sacrificar mi tranquilidad por los problemas de mis hijos adultos? ¿O tenía derecho a disfrutar de lo poco que había conseguido tras una vida entera de sacrificios?

Antonio suspiró cuando le conté lo ocurrido.

—Otra vez…— murmuró. —¿Y qué hacemos? ¿Le damos lo que nos queda este mes y volvemos a apretarnos el cinturón? ¿O le decimos que ya no podemos más?

La discusión fue subiendo de tono. Antonio estaba cansado. Había trabajado toda su vida en una fábrica y su salud ya no era la de antes. Tenía miedo de quedarse sin nada, miedo de que nuestros últimos años se convirtieran en una sucesión interminable de preocupaciones.

—No es justo, Carmen— me dijo al final, usando ese tono grave que reservaba para los momentos importantes. —Nuestros hijos ya son adultos. Tienen que aprender a salir adelante solos.

Pero yo no podía dejar de pensar en mis nietos, en Lucía llorando al otro lado del teléfono. Recordé cuando era pequeña y venía corriendo a mis brazos después de una pesadilla. Siempre he sido su refugio.

Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces a mirar la cuenta bancaria, a hacer cálculos mentales: si le dábamos 300 euros este mes, tendríamos que renunciar a la escapada que habíamos planeado para celebrar nuestro aniversario. Si le dábamos menos, ¿sería suficiente para ella?

Al día siguiente llamé a mi hermana Pilar para desahogarme.

—Carmen, tienes que pensar en ti— me dijo ella, tajante. —Si sigues así, nunca vas a poder disfrutar de tu jubilación. Los hijos siempre piden más.

Pero yo no podía evitar sentirme culpable. ¿Acaso no era mi deber ayudarles? ¿No era eso lo que hacían las madres españolas?

Los días pasaron y la tensión creció en casa. Antonio apenas me hablaba y yo me sentía atrapada entre dos fuegos: mi deseo de proteger a mi hija y mi derecho a vivir en paz.

El domingo siguiente vinieron Lucía y los niños a comer. La casa se llenó de risas infantiles y por un momento todo pareció normal. Pero al final de la comida, Lucía me miró con ojos suplicantes.

—Mamá, ¿has pensado en lo que te pedí?

Antonio se levantó bruscamente y salió al balcón. Yo sentí que el corazón se me partía en dos.

—Lucía, cariño… No podemos seguir así. Ya no somos jóvenes y también necesitamos tranquilidad— le dije con voz temblorosa.

Ella bajó la cabeza y susurró:

—Lo entiendo, mamá… Pero es tan difícil…

Esa noche discutimos otra vez con Antonio. Él insistía en que debíamos poner límites; yo no podía dejar de pensar en Lucía y los niños pasando frío.

Al final decidimos darle una pequeña ayuda este mes, pero dejando claro que no podíamos hacerlo siempre.

La relación con Lucía se volvió tensa durante semanas. Apenas llamaba y cuando lo hacía era distante. Yo me sentía desgarrada: ¿había hecho lo correcto?

Un día recibí una carta suya. Decía: «Mamá, sé que te pido demasiado. No quiero ser una carga para vosotros. Solo quería sentirme apoyada… Perdóname si te he hecho daño».

Lloré como no lo hacía desde hacía años. Comprendí entonces que no hay respuestas fáciles cuando se trata de familia.

Ahora sigo preguntándome: ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse a uno mismo? ¿Es egoísta querer ser feliz después de toda una vida cuidando de los demás? ¿O es simplemente humano?