Padre solo en la tormenta: La noche que lo cambió todo

—¡Papá, no te vayas!— gritó Lucía mientras yo cerraba la puerta de casa, con el corazón encogido y la cabeza llena de facturas sin pagar. Era jueves por la noche y tenía que cubrir el turno de noche en el supermercado. No tenía opción. Miré a Sergio, mi hijo mayor, con apenas quince años, y le dije en voz baja: —Cuida de tus hermanos. No abras a nadie y acuéstalos pronto.

Sergio asintió, serio, intentando aparentar una madurez que yo sabía que aún no tenía. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Desde que su madre nos dejó hace dos años, la vida se había convertido en una carrera de obstáculos. Yo era Tomás García, padre soltero de cuatro hijos: Sergio, Lucía, Mateo y la pequeña Paula. Vivíamos en un piso modesto en Vallecas, donde cada día era una batalla contra el reloj y el cansancio.

Esa noche, mientras reponía estanterías bajo las luces frías del supermercado, no dejaba de pensar en ellos. ¿Habrían cenado? ¿Se habrían peleado otra vez por el mando de la tele? ¿Habría Sergio conseguido que Paula se durmiera sin llorar por mamá? El miedo a fallarles me perseguía como una sombra.

A las dos de la madrugada sonó mi móvil. Era un número desconocido. Contesté con el corazón en la garganta.

—¿El señor Tomás García?— preguntó una voz seria.

—Sí, soy yo.

—Le llamamos de la comisaría de Puente de Vallecas. Tiene que venir urgentemente. Es sobre sus hijos.

Sentí cómo el mundo se me venía encima. Corrí bajo la lluvia hasta la parada del autobús, sin sentir el frío ni el agua calándome los huesos. En la comisaría me encontré a Sergio sentado en una silla, cabizbajo, con los ojos rojos de llorar. Lucía abrazaba a Mateo y Paula dormía en el regazo de una policía.

—¿Qué ha pasado?— pregunté, temblando.

El agente me miró con severidad.—Sus hijos estaban solos en casa. Los vecinos llamaron porque oyeron gritos y golpes. Al parecer, Sergio discutió con Lucía y Mateo se cayó por las escaleras del portal intentando buscar ayuda.

Miré a Sergio. —¿Por qué salisteis del piso?

Él rompió a llorar.—Lucía no paraba de gritarme porque no le dejaba usar el móvil. Mateo se asustó y quiso buscarte. Yo intenté pararle pero…

Me sentí el peor padre del mundo. ¿Cómo había podido dejarles solos? ¿Qué clase de padre era yo?

A partir de esa noche todo cambió. Los servicios sociales vinieron a casa. Me miraban con desconfianza, como si fuera un criminal. Mi hermana Carmen me llamó al día siguiente:

—Tomás, tienes que dejar que los niños vengan conmigo una temporada. No puedes con todo.

—No pienso separarme de ellos— contesté furioso.—Son mi vida.

Pero Carmen insistía.—No es cuestión de orgullo, Tomás. Es por su bien.

Los niños también cambiaron. Sergio apenas me hablaba; se encerraba en su cuarto y evitaba mi mirada. Lucía me culpaba por todo:

—Si mamá estuviera aquí esto no habría pasado.

Mateo tenía pesadillas y Paula se aferraba a mí cada vez que salía de casa.

Una tarde, mientras preparaba macarrones para cenar, Sergio entró en la cocina.

—Papá… ¿por qué mamá se fue?

Me quedé helado. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que su madre no pudo más? Que la depresión la había arrastrado lejos de nosotros…

—A veces las personas necesitan marcharse para no romperse del todo— murmuré.

Él bajó la cabeza.—Yo no quiero irme contigo ni con la tía Carmen. Quiero que estemos juntos… pero no sé si podemos.

Las semanas siguientes fueron un infierno: visitas al juzgado, entrevistas con psicólogos, informes sociales. Me sentía juzgado por todos: por los vecinos, por los profesores del colegio, incluso por mis propios hijos.

Un día recibí una carta del juzgado: los servicios sociales recomendaban que los niños pasaran una temporada con Carmen hasta que yo pudiera demostrar que podía cuidarles adecuadamente.

Me derrumbé en el sofá, solo, rodeado de juguetes rotos y ropa sin doblar. Lloré como un niño perdido.

La noche antes de que se llevaran a los niños, Lucía vino a mi cama y me abrazó fuerte.

—No quiero irme contigo ni con la tía Carmen. Quiero que estemos juntos… pero no sé si podemos.

La mañana siguiente fue un desfile de maletas pequeñas y lágrimas grandes. Carmen intentó tranquilizarme:

—Es solo temporal, Tomás. Tienes que descansar y poner todo en orden.

Pero yo sabía que nada volvería a ser igual.

Pasaron meses hasta que pude volver a verles todos juntos en casa. Trabajé como nunca: acepté dos empleos, fui a terapia familiar y aprendí a pedir ayuda cuando la necesitaba. Pero el miedo a fallarles nunca desapareció del todo.

Hoy, mientras les veo desayunar entre risas y peleas por el último trozo de pan con tomate, me pregunto: ¿Alguna vez seré suficiente para ellos? ¿Cuántos padres viven con este miedo silencioso cada día?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si tuvierais que elegir entre trabajar para darles de comer o estar presentes para protegerles? ¿Es posible ser un buen padre cuando la vida te pone contra las cuerdas?