Cuando el dinero separa la sangre: La historia de Marta y Lucía

—Marta, ¿tú crees que puedes mirar para otro lado cuando tu hermana lo está perdiendo todo?—. La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba los codos. Era un martes cualquiera en Madrid, pero en mi pecho sentía el peso de un invierno entero.

Yo acababa de llegar, con la cabeza llena de listas de boda y sueños de futuro junto a Álvaro. Pero allí estaba mi madre, con la mirada perdida en la calle, ignorando las invitaciones que asomaban en mi bolso. Ni una palabra sobre mi vestido, ni sobre la fecha. Solo Lucía, siempre Lucía.

—Mamá, yo…— intenté decir algo, pero ella me cortó.

—John ha pedido el divorcio. Se va a Londres y dice que no puede pasarle ni un euro a Lucía. ¿Te imaginas? ¿Cómo va a sacar adelante a los niños sola?—

Me mordí el labio. Lucía y yo nunca habíamos sido cercanas. Ella era la hija perfecta: notas brillantes, sonrisa fácil, la que nunca daba problemas. Yo era la rebelde, la que se fue a estudiar fuera y volvió con ideas propias. Pero ahora era yo quien tenía trabajo fijo y pareja estable; Lucía, en cambio, estaba sola con dos niños pequeños y una hipoteca imposible.

Esa noche no dormí. Álvaro me abrazó fuerte cuando le conté lo que pasaba.

—¿Y qué vas a hacer?— preguntó en voz baja.

—No lo sé. No quiero cargar con todo esto justo ahora…—

Él suspiró. —Marta, es tu familia.—

Pero ¿hasta dónde llega la familia? ¿Hasta dónde llega el deber?

Los días siguientes fueron una sucesión de llamadas y mensajes. Mi madre insistía: «Lucía necesita ayuda para pagar el colegio de los niños». «Lucía no puede con todo». «Lucía está destrozada». Nadie preguntaba cómo estaba yo.

Un domingo por la tarde, Lucía apareció en mi casa sin avisar. Llevaba ojeras profundas y el pelo recogido de cualquier manera.

—¿Tienes un minuto?— preguntó, casi susurrando.

Nos sentamos en la cocina. Ella miraba sus manos, nerviosa.

—Mamá dice que te ha contado todo… No quiero ser una carga, Marta. Pero no sé a quién más acudir.—

Me sentí pequeña, egoísta. Pero también sentí rabia. ¿Por qué siempre era yo la que tenía que renunciar?

—Lucía, yo también tengo mis cosas… Me caso en dos meses. No es tan fácil.—

Ella asintió, tragando saliva.

—Lo sé. Solo… si pudieras prestarme algo para este mes. Prometo devolvértelo.—

La miré largo rato. Recordé cuando éramos niñas y ella me quitaba los juguetes; cuando mamá siempre la defendía; cuando yo me fui de casa porque no soportaba ser «la otra hija».

Le di el dinero. No mucho, pero suficiente para salir del apuro inmediato.

Pero no fue solo ese mes. Al mes siguiente volvió a llamar. Y al otro. Pronto Álvaro empezó a inquietarse.

—Marta, esto no puede seguir así. Estamos gastando los ahorros del piso.—

Discutimos por primera vez en años. Él decía que mi familia abusaba de mí; yo le gritaba que no entendía lo que era tener una hermana en apuros.

La boda se acercaba y yo apenas podía disfrutarla. Mi madre seguía presionando: «Eres la única que puede ayudar». Lucía me enviaba mensajes llenos de disculpas y promesas vacías.

Una tarde, después de una discusión especialmente dura con Álvaro, fui a ver a mi madre.

—¿Por qué siempre tengo que ser yo? ¿Por qué nunca le pides nada a tía Carmen o a primo Sergio?—

Ella me miró como si no entendiera la pregunta.

—Porque tú eres fuerte, Marta. Siempre lo has sido.—

Sentí ganas de gritarle que estaba harta de ser fuerte.

El día de mi boda llegó envuelto en una niebla espesa de resentimiento y cansancio. Lucía vino sola; los niños estaban con John ese fin de semana. Me abrazó antes de entrar en la iglesia.

—Gracias por todo, Marta. No sé qué haría sin ti.—

Pero yo solo sentí vacío.

Pasaron los meses. Lucía consiguió un trabajo mejor y dejó de pedirme dinero, pero algo se había roto entre nosotras. Y entre Álvaro y yo también: ya no confiábamos igual.

A veces pienso si hice lo correcto o si debí poner límites antes. ¿Hasta dónde llega el deber hacia la familia? ¿Cuándo empieza el derecho a pensar en una misma?

¿Vosotros qué habríais hecho? ¿Dónde pondríais el límite entre ayudar y perderse?