Cuando la confianza se rompe: Mi vida tras la acusación de infidelidad

—¡No me mientas más, Lucía! —gritó Rubén, su voz temblando de rabia y miedo. El eco de sus palabras retumbó en las paredes de nuestro pequeño piso en Cuenca, justo cuando el llanto de nuestro hijo, Mateo, llenó el silencio que siguió. Yo, con el bebé en brazos, apenas podía respirar. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.

—Rubén, por favor, escúchame. No hay nadie más. ¿Cómo puedes pensar eso de mí? —susurré, pero él ya había recogido sus cosas, su mirada fría, como si yo fuera una extraña.

No hubo más palabras. No hubo despedida. Solo el portazo, seco y definitivo, que me dejó sola con Mateo, con el corazón hecho trizas y la mente en blanco. Así empezó mi nueva vida: una vida que nunca pedí, marcada por la sospecha y la traición.

Las primeras semanas fueron un infierno. Mi madre, Carmen, vino desde Albacete para ayudarme, pero su presencia era un recordatorio constante de mi fracaso. «¿Qué has hecho, hija? Rubén parecía tan buen hombre…», murmuraba mientras me miraba con esos ojos llenos de decepción. Mi padre ni siquiera me llamaba. En el barrio, las vecinas cuchicheaban cada vez que salía a comprar pan o pasear a Mateo. «Dicen que Lucía le puso los cuernos a Rubén…», escuché una mañana en la panadería. Sentí cómo la vergüenza me quemaba la piel.

No podía dormir. Cada noche repasaba una y otra vez la discusión, buscando señales, palabras malinterpretadas, gestos que Rubén pudo haber confundido. ¿Fue por aquel mensaje de mi compañero de trabajo, Sergio? Solo era una pregunta sobre un informe, pero Rubén siempre fue celoso. ¿O fue por las horas extras en la oficina? Trabajaba en una gestoría y, tras la baja maternal, intentaba recuperar el ritmo. Nada justificaba su reacción, pero la duda me carcomía.

Mateo lloraba mucho. Yo también. A veces, mientras le daba el pecho, las lágrimas caían sobre su carita y él me miraba con esos ojos grandes, inocentes. «No te mereces esto, mi amor», le susurraba. Pero tampoco yo lo merecía.

Un día, mi suegra, Pilar, vino a casa sin avisar. Entró como un huracán, ignorando mi saludo.

—Rubén está destrozado. ¿Por qué le hiciste esto? —me espetó, sin darme tiempo a responder.

—No le he hecho nada, Pilar. No sé qué le ha contado Rubén, pero yo no le he sido infiel.

—Eso dices tú. Pero en este pueblo todo se sabe. Y Rubén no es tonto —sentenció, antes de marcharse igual que había venido.

Me sentí acorralada. Nadie me creía. Ni siquiera mis amigas de toda la vida se atrevían a defenderme en público. Una tarde, mientras paseaba con Mateo por el parque, vi a Laura y a Marta sentadas en un banco. Al acercarme, bajaron la voz y evitaron mi mirada. Me dolió más que cualquier insulto.

El dinero empezó a escasear. Rubén no pasaba la pensión y el alquiler se comía casi todo mi sueldo. Mi jefe, don Antonio, me ofreció un contrato temporal, pero con menos horas. «La cosa está muy mal, Lucía. Haz lo que puedas», me dijo con pesar. Empecé a limpiar casas por las tardes para llegar a fin de mes. Cada euro contaba.

Las noches eran las peores. El silencio del piso vacío me aplastaba. A veces pensaba en llamar a Rubén, suplicarle que volviera, que creyera en mí. Pero el orgullo y la rabia me lo impedían. ¿Por qué tenía que pedir perdón por algo que no hice?

Un día recibí una carta del juzgado: Rubén había solicitado la custodia compartida de Mateo. Me temblaron las manos al leerla. ¿Ahora quería arrebatarme también a mi hijo? Fui a ver a una abogada, Inés, que me escuchó con atención.

—Lucía, tienes que ser fuerte. Si no hay pruebas de infidelidad ni de que seas mala madre, no pueden quitarte a Mateo —me aseguró.

Pero el miedo no se iba. Empecé a tener ataques de ansiedad. Mi madre me llevó al centro de salud y la doctora me recetó ansiolíticos. «Tienes que cuidarte por tu hijo», me dijo.

En medio de todo ese caos, encontré un pequeño refugio en la biblioteca municipal. Allí conocí a Teresa, una bibliotecaria mayor que siempre tenía una palabra amable para mí.

—No te dejes hundir por las habladurías, Lucía. La gente siempre habla, pero solo tú sabes la verdad —me dijo una tarde mientras hojeaba un libro de cuentos para Mateo.

Poco a poco, empecé a reconstruirme. Me apunté a un curso de informática para mejorar mi currículum y conocí a otras mujeres en situaciones parecidas. Compartíamos historias, miedos y esperanzas. No estaba sola.

Rubén no volvió a buscarme. Solo veía a Mateo los fines de semana alternos y apenas me dirigía la palabra. A veces le veía mirarme de reojo, como si aún dudara de mi inocencia. Pero ya no me importaba tanto.

Un día, mientras jugaba con Mateo en el parque, se me acercó una vecina, Rosario.

—Lucía, quería decirte que admiro tu fuerza. No sé qué pasó entre tú y Rubén, pero has sacado adelante a tu hijo tú sola. Eso tiene mucho mérito.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía de verdad.

Hoy sigo luchando cada día. La herida sigue ahí, pero ya no sangra tanto. He aprendido a confiar en mí misma y a no dejarme definir por los prejuicios de los demás.

A veces me pregunto: ¿Cómo se reconstruye una vida cuando la confianza se rompe? ¿Es posible volver a creer en los demás… o en una misma? ¿Vosotros qué pensáis?