Cuando la fe es lo único que queda: Mi historia durante la enfermedad de Lucía
—¿Por qué a nosotros, Lucía? —susurré, apretando su mano fría entre las mías, mientras las máquinas del hospital marcaban un ritmo que me parecía ajeno, casi cruel. La habitación olía a desinfectante y a miedo. Mi suegra, Carmen, lloraba en silencio en una esquina. Mi hija pequeña, Marta, se aferraba a mi chaqueta, sin entender por qué su madre no despertaba.
No era la primera vez que la vida nos ponía a prueba, pero nunca así. Lucía llevaba semanas cansada, con dolores que los médicos no sabían explicar. Hasta que llegó esa maldita tarde de marzo en el Hospital General de Valencia: leucemia aguda. El hematólogo fue directo, sin rodeos: “Hay que empezar el tratamiento ya. Las próximas 48 horas son críticas”.
Recuerdo salir al pasillo y sentir que todo giraba. Mi hermano Álvaro me llamó justo entonces:
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo está Lucía?
—No lo sé… No sé si va a salir de esta —le respondí, con la voz rota.
Nunca fui creyente. En mi familia, la religión era solo una tradición para bodas y funerales. Pero esa noche, sentado en la sala de espera, rodeado de desconocidos con la misma mirada perdida, sentí una necesidad extraña de hablar con alguien o algo más allá de mí mismo. Miré al techo y murmuré:
—Si hay alguien ahí arriba… por favor, no me la quites.
Los días siguientes fueron un torbellino: médicos entrando y saliendo, bolsas de sangre colgando como relojes de arena, Marta preguntando cuándo volvería mamá a casa. Carmen y yo discutíamos por todo: ella quería ponerle una estampita de la Virgen del Pilar bajo la almohada; yo solo quería silencio y respuestas científicas.
—¡No entiendes nada! —me gritó una noche—. ¡La fe es lo único que nos queda!
Me marché dando un portazo. Bajé al aparcamiento y lloré como un niño. ¿Y si tenía razón? ¿Y si rezar podía ayudar? Me sentí ridículo, pero esa noche busqué en Google: “cómo rezar por un enfermo”. Leí oraciones escritas por desconocidos y las repetí en voz baja, sintiéndome estúpido y desesperado a partes iguales.
Las semanas pasaron. Lucía perdió el pelo y las fuerzas. Yo perdí el sueño y la esperanza. Marta empezó a tener pesadillas; Carmen se aferraba cada vez más a sus rosarios. Álvaro venía los fines de semana desde Madrid para relevarme unas horas. Una tarde, mientras Lucía dormía, Marta se me acercó:
—Papá, ¿mamá se va a morir?
No supe qué decirle. Solo la abracé y le prometí que haríamos todo lo posible para que no fuera así.
Una noche especialmente dura, cuando los médicos nos dijeron que había una infección y que Lucía podría no superarla, Carmen me encontró rezando en la capilla del hospital.
—¿Tú aquí? —me preguntó sorprendida.
—No sé si sirve de algo… pero necesito creer que sí —le respondí.
Nos abrazamos por primera vez en semanas. Fue como si ese gesto abriera una grieta en el muro de reproches y silencios entre nosotros.
A partir de entonces, cada uno rezaba a su manera: Carmen con sus oraciones aprendidas de niña; yo con palabras torpes y sinceras; Marta dibujando corazones para su madre; Álvaro trayendo libros de autoayuda y chistes malos para hacerla reír.
El hospital se convirtió en nuestro mundo: los pasillos grises, las máquinas pitando, los cafés de máquina compartidos con otras familias igual de rotas. Aprendí los nombres de las enfermeras: María José, que siempre tenía una palabra amable; Sergio, que traía caramelos para Marta; Pilar, que me enseñó a ponerme la bata estéril sin temblar.
Un día, después de casi dos meses, el médico entró con una sonrisa contenida:
—Parece que Lucía responde al tratamiento. No quiero dar falsas esperanzas… pero es buena señal.
Lloré como nunca antes. Llamé a todos: a mi madre en Zaragoza, a mis amigos del trabajo en la oficina de correos, incluso al cura del barrio al que nunca había saludado antes.
La recuperación fue lenta y llena de sustos: fiebre, recaídas, noches enteras sin dormir. Pero algo había cambiado en mí. Ya no discutía con Carmen por sus estampitas; incluso le pedí una para llevarla en mi cartera. Marta empezó a dormir mejor; Álvaro organizó una comida familiar cuando Lucía pudo volver a casa.
Hoy han pasado dos años desde aquel diagnóstico. Lucía sigue en revisión cada tres meses; vivimos con miedo pero también con gratitud. La fe no curó a mi mujer, pero me salvó a mí del abismo. Aprendí que creer —en Dios, en el amor o simplemente en que mañana puede ser mejor— es lo único que nos mantiene en pie cuando todo lo demás falla.
A veces me pregunto: ¿cuántos como yo han descubierto la fe en mitad del dolor? ¿Y tú? ¿Crees que la esperanza puede cambiar el destino?