Cuando la Sangre y el Corazón se Encuentran: La Historia de Lucía y Marta

—¿Por qué no puede ser una chica normal, Pablo? —le susurré a mi hijo mientras la puerta del ascensor se cerraba tras nosotros. Mi marido, Antonio, me miró de reojo, cansado de mis comentarios, pero yo no podía evitarlo. Marta venía de una familia distinta, de un barrio obrero de Vallecas, con un acento marcado y una risa demasiado fuerte para mi gusto. Yo, Lucía, siempre había soñado con una nuera discreta, educada en los mismos colegios de monjas que yo, alguien que supiera distinguir entre un Rioja y un Ribera sin dudar.

La primera cena fue un desastre. Marta llegó con una tarta casera y un vestido rojo chillón. Mi madre, la abuela Carmen, le preguntó si sabía cocinar cocido madrileño y Marta respondió riendo: “¡Pues claro! Pero el mío lleva chorizo picante, como en casa”. Mi hija pequeña, Laura, rodó los ojos. Pablo intentaba mediar, pero el ambiente era tan denso que podías cortarlo con el cuchillo del jamón.

Durante semanas, busqué excusas para no invitarla. “Es que tenemos obra en la cocina”, “Antonio está con lumbalgia”, “Laura tiene exámenes”. Pero Pablo insistía: “Mamá, Marta es importante para mí. ¿No puedes intentarlo?”. Yo sentía que mi hijo se me escapaba entre los dedos, como agua tibia.

Un domingo de abril, Pablo apareció sin avisar. Marta venía con él. Traían flores y una caja de pasteles. Me pillaron en bata, con el pelo recogido y la casa patas arriba. Marta sonrió: “No te preocupes, Lucía. ¿Te ayudo a recoger?”. Me sorprendió su naturalidad. En la cocina, mientras recogíamos juntas, me contó que su madre había fallecido hacía dos años y que desde entonces cocinaba para su padre y sus hermanos pequeños. Sentí una punzada de culpa.

—¿Sabes? —me dijo bajito—. A veces echo de menos tener una madre que me regañe por no poner bien la mesa.

No supe qué responderle. Solo asentí y le pasé un trapo para secar los platos.

Las cosas empezaron a cambiar poco a poco. Un día Marta trajo una tortilla de patatas para cenar. Antonio, que siempre había sido más reservado, le preguntó cómo conseguía que quedara tan jugosa. Ella le explicó el truco del fuego lento y el reposo. Se rieron juntos. Laura empezó a pedirle ayuda con los deberes de matemáticas; resulta que Marta era ingeniera y tenía una paciencia infinita.

Pero no todo fue fácil. En la boda civil de Pablo y Marta, mi hermana Mercedes se acercó a mí durante el cóctel:

—¿De verdad estás contenta con esta chica? No es de nuestro círculo…

Sentí rabia y vergüenza. Miré a Pablo bailando con Marta, ambos radiantes. Recordé la primera vez que Antonio me llevó a casa de sus padres y cómo su madre me miró por encima del hombro porque yo venía de una familia humilde del sur. ¿Me estaba convirtiendo en esa mujer?

Esa noche no pude dormir. Me levanté al baño y encontré a Marta en la cocina bebiendo agua.

—¿Te pasa algo? —me preguntó.

Me derrumbé. Le conté mis miedos: perder a mi hijo, no estar a la altura como suegra, sentirme desplazada en mi propia familia.

Marta me abrazó. “Lucía”, me dijo con voz temblorosa, “yo solo quiero sumar, no restar”.

A partir de entonces todo fue distinto. Empecé a ver a Marta como una aliada, no como una amenaza. Compartimos recetas, confidencias y hasta tardes de compras por el centro de Madrid. Cuando nació mi nieta Sofía, fue Marta quien me llamó primero para decirme: “Ven corriendo, abuela”.

Hoy miro atrás y me avergüenzo de mis prejuicios. Pienso en todas las familias españolas divididas por tonterías: el acento, el barrio, las costumbres… ¿Cuántas veces dejamos que el miedo nos impida ver lo bueno que tenemos delante?

A veces me pregunto: ¿Cuántas Martas habrán sido rechazadas antes de ser aceptadas? ¿Y cuántas Lucías se habrán perdido la oportunidad de querer sin condiciones?