Cuando Tomás Cerró la Puerta: El Día que Mi Mundo se Rompió

—¿De verdad quieres que te prepare la cena, Tomás? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras él dejaba las llaves sobre la mesa del recibidor.

No me miró. Ni siquiera se quitó el abrigo. Sentí el frío de la calle colarse en el pasillo, mezclándose con el olor a lentejas que llevaba horas cocinando. Entonces, sin rodeos, soltó:

—No hace falta, Carmen. Quiero hablar contigo. Quiero el divorcio.

En ese instante, el reloj del salón marcó las ocho y media. El mismo reloj que heredé de mi abuela y que siempre marcaba los momentos importantes de mi vida. Sentí cómo el tiempo se detenía. Mi mundo, mi rutina, mi familia… todo se desmoronaba en un suspiro.

Me apoyé en la pared, buscando aire. Recordé las palabras de mi madre, Dolores, cuando me casé con Tomás: “Hija, los hombres a veces se cansan, pero una mujer tiene que saber aguantar por la familia”. Siempre pensé que exageraba, que eso era cosa de su generación. Pero ahora, con 42 años y dos hijos adolescentes, esas palabras me pesaban como una losa.

—¿Por qué ahora? —logré preguntar, con la voz rota.

Tomás suspiró, evitando mi mirada.

—No puedo más, Carmen. No soy feliz. Hace tiempo que no lo soy. Lo siento.

Quise gritarle que yo tampoco era feliz últimamente, pero me mordí la lengua. ¿De qué serviría? ¿Para qué discutir si ya había tomado una decisión?

Esa noche no dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y los pasos de mis hijos, Lucía y Álvaro, moviéndose inquietos en sus habitaciones. Sabían que algo iba mal. Al día siguiente, Lucía entró en la cocina mientras yo removía el café con manos temblorosas.

—¿Mamá? ¿Qué pasa con papá? Anoche os oí discutir…

La miré a los ojos y vi en ella la misma inseguridad que sentía yo a su edad. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que su padre quería irse? ¿Cómo decirle que nuestra familia ya no era lo que parecía?

—Estamos pasando un momento difícil —dije al fin—. Pero pase lo que pase, siempre vamos a estar contigo y con tu hermano.

Lucía asintió en silencio. Se fue sin decir nada más. Me sentí una cobarde.

Los días siguientes fueron una tortura. Tomás dormía en el sofá y apenas hablábamos. Yo iba al supermercado como un autómata, saludando a las vecinas del barrio de Salamanca con una sonrisa falsa. En la cola del pan, escuchaba los cotilleos sobre la separación de los García o la infidelidad del carnicero. Pensaba: “Ahora seré yo el tema de conversación”.

Una tarde, mi madre vino a casa. Se sentó frente a mí y me miró con esos ojos duros de mujer castellana curtida por la vida.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó sin rodeos.

—No lo sé, mamá…

Ella suspiró.

—Tienes que decidir si vas a luchar por tu familia o si vas a empezar de cero. Pero no te quedes esperando a ver qué hace él. Eso nunca funciona.

Me dolió escucharla, pero tenía razón. Llevaba años viviendo para los demás: para Tomás, para mis hijos, para no decepcionar a nadie. ¿Y yo? ¿Dónde quedaba Carmen?

Esa noche me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Recordé cuando Tomás y yo nos conocimos en la universidad de Salamanca. Éramos jóvenes, soñadores… ¿En qué momento dejamos de mirarnos? ¿Cuándo se apagó la chispa?

Al día siguiente, Tomás y yo nos sentamos en la mesa del comedor como dos extraños.

—¿De verdad quieres irte? —le pregunté.

Él asintió.

—No quiero hacerte daño, Carmen. Pero necesito encontrarme a mí mismo.

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo.

—¿Y los niños? ¿Y todo lo que hemos construido?

Tomás bajó la mirada.

—Lo siento…

Durante semanas viví en una montaña rusa emocional. Mis hijos apenas hablaban conmigo; Lucía se encerraba en su cuarto con música a todo volumen y Álvaro salía cada vez más con sus amigos del instituto. Yo iba al trabajo —soy administrativa en una gestoría— y fingía normalidad ante mis compañeras: Pilar, que siempre tiene un consejo para todo; Teresa, que lleva años separada y aún no ha superado el rencor; y Marta, recién casada y llena de ilusiones.

Una tarde, Pilar me invitó a tomar un café después del trabajo.

—Carmen, tienes que pensar en ti —me dijo—. No eres solo madre o esposa. Eres una mujer con derecho a ser feliz.

Sus palabras me hicieron pensar. ¿Cuándo fue la última vez que hice algo solo para mí? Ni lo recordaba.

Empecé a salir a caminar por el Retiro después del trabajo. Al principio me sentía culpable por dejar a los niños solos un rato más, pero poco a poco empecé a disfrutarlo: el aire fresco, los árboles, el bullicio de la ciudad… Me sentía viva por primera vez en años.

Un día, mientras paseaba por el parque, vi a una pareja discutiendo acaloradamente junto al lago. Ella lloraba; él gesticulaba nervioso. Me vi reflejada en esa escena y sentí compasión por ambos. Nadie nos enseña a amar ni a dejar de amar.

Poco después recibí la notificación oficial del divorcio. Lloré al ver mi nombre junto al de Tomás en ese papel frío y legal. Pero también sentí alivio: al menos ya no había dudas.

La primera Navidad sin Tomás fue dura. Mi madre vino a cenar con nosotros y Lucía apenas probó bocado. Álvaro ni siquiera quiso poner el árbol. Pero entre lágrimas y silencios, algo empezó a cambiar: nos abrazamos más fuerte esa noche.

Hoy han pasado seis meses desde aquel día en que Tomás cerró la puerta tras de sí. Sigo teniendo miedo al futuro; sigo sintiendo rabia y tristeza a veces. Pero también he aprendido a escucharme y a quererme un poco más cada día.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas entre lo que esperan de ellas y lo que realmente desean? ¿Cuántas veces callamos por miedo al qué dirán? ¿Y si hoy decidiéramos ser valientes?