El día que mi hija Lucía se fue de casa: ¿Dónde fallé como madre?

—¿Por qué tienes tanta prisa, Lucía? —le grité aquella tarde, con la voz rota y las manos temblorosas, mientras ella recogía su mochila del suelo del salón.

Lucía ni siquiera me miró. Tenía diecinueve años, pero en ese momento parecía mucho más mayor, con esa determinación en los ojos que yo solo había visto en mi propio reflejo cuando tenía su edad. La diferencia era que yo, entonces, no tuve a nadie que me frenara. Nadie me preguntó si estaba segura de querer casarme con Antonio a los veinte, ni si quería ser madre tan joven. Nadie me escuchó. Y ahora, viendo a mi hija repetir la historia, sentí un miedo atroz.

—No lo entiendes, mamá. No quiero tu vida —me dijo, con la voz baja pero firme.

—¿Y cuál es tu vida, Lucía? ¿Irte con ese chico al que apenas conoces? ¿Dejar la universidad por un trabajo de camarera? ¿Tener hijos antes de saber quién eres?

Ella apretó los labios, luchando por no llorar. Yo también. El reloj del comedor marcaba las siete y media, y el sol de Madrid se colaba por la ventana, iluminando el polvo en suspensión como si todo el universo estuviera en pausa, esperando nuestra decisión.

Mi marido, Manuel, escuchaba desde la cocina. Siempre ha sido más callado, más prudente. Pero esa tarde salió y puso una mano en mi hombro.

—Déjala elegir, Carmen —me susurró—. No podemos vivir su vida por ella.

Pero ¿cómo dejarla ir? ¿Cómo aceptar que mi hija podía cometer los mismos errores que yo? ¿No era mi deber protegerla?

Lucía se giró hacia mí, con los ojos llenos de rabia y tristeza.

—Tú siempre dices que no tuviste elección. Pues yo sí quiero elegir, aunque me equivoque. No quiero que decidas por mí.

Me quedé sin palabras. Recordé a mi madre, Rosario, gritándome lo mismo hace treinta años: “¡Haz lo que quieras! Pero luego no vengas llorando”. Y yo lloré mucho después, sola y perdida en un piso pequeño de Vallecas, con un bebé en brazos y un marido ausente.

—No es tan fácil, Lucía. La vida no es tan sencilla como crees —le dije, casi suplicando.

Ella suspiró y se colgó la mochila al hombro.

—Lo sé. Pero déjame intentarlo.

La puerta se cerró tras ella con un golpe seco. El silencio fue ensordecedor. Me senté en el sofá y lloré como hacía años que no lloraba. Manuel se sentó a mi lado y me abrazó en silencio.

Pasaron los días y Lucía no llamó. Yo me debatía entre el orgullo y el miedo: orgullo porque había criado a una hija valiente; miedo porque el mundo es cruel y yo lo sabía demasiado bien. Mis amigas del barrio —María, Pilar y Teresa— me decían que era normal, que todas las hijas se rebelan. Pero ninguna de sus hijas se había ido de casa así, sin mirar atrás.

Una tarde, mientras recogía la ropa tendida en la terraza, vi a la vecina del quinto, Ana, hablando con su hija adolescente. Se reían juntas. Sentí una punzada de celos y culpa. ¿Había sido yo demasiado dura? ¿Demasiado protectora?

Esa noche soñé con Lucía de niña, corriendo por el parque de El Retiro, con las rodillas llenas de tierra y una sonrisa inmensa. Me desperté empapada en sudor y con el corazón encogido.

Al tercer día recibí un mensaje: “Estoy bien. No te preocupes”. Nada más. Ni un “te quiero”, ni un “lo siento”. Solo eso. Me aferré a esas palabras como a un salvavidas.

Las semanas pasaron lentas. Manuel intentaba animarme:

—Volverá cuando esté lista. Tienes que confiar en ella.

Pero yo no podía dejar de pensar en todo lo que podía salir mal: embarazos no deseados, trabajos precarios, relaciones tóxicas… Todo lo que yo había vivido y que quería evitarle a toda costa.

Un día, Pilar vino a tomar café y me soltó:

—Carmen, igual tienes que dejar de proyectar tus miedos en Lucía. Ella no eres tú.

Me dolió escucharlo, pero tenía razón. ¿Y si estaba ahogando a mi hija con mis propios fantasmas?

Decidí escribirle una carta. No para convencerla de nada, sino para pedirle perdón por no escucharla de verdad. Le conté mis miedos, mis errores y mis sueños para ella. Le dije que siempre tendría su casa aquí, pasara lo que pasara.

No respondió enseguida. Pero una tarde de domingo llamaron al timbre. Era Lucía. Estaba más delgada y tenía ojeras, pero también una luz nueva en los ojos.

Nos abrazamos largo rato sin decir nada. Luego nos sentamos en la cocina y hablamos durante horas: de sus planes, de sus dudas, de sus miedos… y también de los míos.

—No quiero repetir tu historia —me dijo—. Pero tampoco quiero perderte por querer vivir la mía.

Lloramos juntas. Por primera vez sentí que estábamos en el mismo lado.

Ahora Lucía vive sola en un piso compartido en Lavapiés y sigue trabajando de camarera mientras estudia por las tardes. No sé si tomará las decisiones correctas; nadie puede saberlo. Pero he aprendido a soltarla poco a poco y a confiar en ella.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a su hija sin asfixiarla? ¿Cuándo hay que dejarles volar aunque duela? ¿Vosotros qué pensáis?