El eco de mi huida: una vida entre el deber y el deseo

—¡Lucía, por favor, no te vayas así!— escuché la voz de Tomás temblar tras de mí mientras cerraba la puerta. Pero ya era tarde. El sonido del portazo fue como un disparo en mi pecho, pero no miré atrás. En la mesa de la cocina quedó mi nota: “Tomás, estoy en Madrid. Los niños están con tu madre. Por favor, perdóname y entiende.”

El tren hacia Atocha parecía avanzar tan lento como mis pensamientos. Miraba por la ventanilla y veía pasar los campos de Castilla, preguntándome en qué momento dejé de ser Lucía para convertirme solo en «mamá» o «la mujer de Tomás». ¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó qué sentía? ¿Cuándo fue la última vez que me miré al espejo y reconocí a la mujer que veía?

Mi vida era una sucesión de rutinas: levantarme antes del alba, preparar desayunos, vestir a los niños, llevarlos al colegio, limpiar, trabajar desde casa, hacer la compra, cocinar, ayudar con los deberes, bañarles, acostarles… Y después, Tomás llegaba cansado del trabajo y apenas cruzábamos dos palabras antes de dormir. Yo era invisible. Ni siquiera mis amigas —las pocas que quedaban— sabían realmente cómo me sentía.

Recuerdo una tarde en el parque con Carmen y Pilar. Ellas hablaban de sus maridos, de las vacaciones en la playa, de las notas de los niños. Yo asentía, pero por dentro gritaba. Quería decirles: “Estoy cansada. No puedo más. Siento que me ahogo.” Pero no lo hice. ¿Cómo iba a hacerlo? En España, una madre debe ser fuerte, sacrificada, siempre sonriente.

En Madrid me refugié en casa de mi prima Elena. Ella me recibió con un abrazo largo y silencioso. No preguntó nada esa primera noche; solo me preparó una infusión y me dejó llorar en su sofá.

—¿Sabes?—me dijo al día siguiente mientras desayunábamos churros—. A veces hay que romper para poder reconstruirse.

Pero el teléfono no paraba de sonar: llamadas de Tomás, mensajes de mi suegra (“¿Cómo has podido hacerle esto a tus hijos?”), incluso mi madre (“Lucía, hija, vuelve a casa. Esto no es normal”). Cada palabra era una piedra más sobre mi espalda.

No podía evitar sentirme culpable. Mis hijos… ¿qué pensarían? ¿Me odiarían por haberme ido? ¿Sería yo como esas madres que aparecen en los programas de la tarde, juzgadas por todos?

Una tarde, Tomás vino a buscarme. No avisó. Simplemente apareció en casa de Elena.

—Lucía, tenemos que hablar—dijo serio, pero con los ojos rojos.

Nos sentamos frente a frente en el salón. El silencio era espeso.

—¿Por qué?—preguntó al fin—. ¿Por qué te has ido así?

No supe qué decirle al principio. Las palabras se agolpaban en mi garganta.

—Porque ya no podía más—susurré—. Porque siento que he desaparecido. Porque nadie me ve.

Tomás bajó la mirada. Por primera vez vi en él algo diferente: miedo.

—Yo tampoco sé quién soy últimamente—admitió—. El trabajo me consume… Y tú siempre pareces tan fuerte…

Nos miramos como dos desconocidos que se encuentran después de años perdidos.

Esa noche hablamos durante horas. Lloramos juntos. Nos reprochamos cosas que nunca habíamos dicho en voz alta: su ausencia emocional, mi silencio constante, el peso de las expectativas familiares…

Pero también nos preguntamos si aún quedaba algo entre nosotros más allá del deber y la costumbre.

Volví a casa unos días después. Los niños me abrazaron como si temieran perderme otra vez. Mi suegra apenas me dirigió la palabra durante semanas; mi madre me miraba con tristeza y preocupación.

Pero algo había cambiado en mí. Empecé a ir a terapia. A salir sola a caminar por el Retiro cuando podía escaparme a Madrid un fin de semana. A decir “no” cuando algo no podía o no quería hacerlo. A pedir ayuda sin sentirme menos madre o menos mujer por ello.

Tomás y yo seguimos juntos, pero ahora hablamos más —aunque a veces duela— y nos esforzamos por no perdernos entre la rutina y el ruido del día a día.

A veces me pregunto si hice bien en marcharme así, si herí demasiado a quienes quiero… Pero también sé que si no lo hubiera hecho, habría terminado perdiéndome para siempre.

¿Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que todo está bien mientras nos deshacemos por dentro? ¿Cuántas Lucías hay ahí fuera callando su dolor para no romper el molde? ¿Y tú… te atreverías a romperlo?