El precio de la emoción: La noche en que perdí todo

—¿De verdad crees que esto es vida, Lucía? —pregunté, sin poder evitar que mi voz temblara mientras partía el pan en la mesa. El arroz aún humeaba en los platos y el noticiero murmuraba de fondo, pero en ese instante, el mundo se redujo a su mirada fija en mí.

Lucía dejó el tenedor a un lado y me observó con esa mezcla de cansancio y ternura que sólo tienen las mujeres que han amado mucho y han sufrido más. —¿A qué te refieres, Julián? —su voz era suave, pero sentí el filo escondido detrás de cada sílaba.

Me costó encontrar las palabras. ¿Cómo le explicas a la mujer con la que has compartido quince años, dos hijos y mil batallas cotidianas, que sientes que la vida se te escapa entre los dedos? —No sé… Siento que todo es igual cada día. Trabajo, casa, niños, cuentas. A veces pienso que… que pasar toda la vida con una sola persona es… aburrido.

El silencio cayó como un ladrillo. Mi hija, Camila, dejó de jugar con su vaso y mi hijo menor, Tomás, levantó la vista del celular. Lucía no dijo nada por un largo rato. Luego, se levantó despacio, recogió su plato y fue a la cocina. El sonido del agua corriendo fue lo único que se escuchó durante minutos eternos.

Esa noche dormimos espalda con espalda. Sentí su respiración contenida y supe que había abierto una herida profunda. Pero no podía evitarlo: algo dentro de mí gritaba por cambio, por emoción, por sentirme vivo otra vez.

Al día siguiente, Lucía me miró con ojos rojos pero decididos. —Si quieres emoción, búscala. Pero recuerda: todo tiene un precio, Julián. Y a veces ese precio es más alto de lo que uno imagina.

No supe si era una amenaza o una invitación. Pero esas palabras me persiguieron todo el día en la fábrica donde trabajo como supervisor. El olor a aceite y metal caliente me resultaba tan familiar como opresivo. Mis compañeros hablaban de fútbol y política, pero yo sólo pensaba en lo que había dicho Lucía.

Esa semana empecé a salir más tarde del trabajo. Un par de cervezas con los muchachos en el bar de Don Ernesto se convirtieron en rutina. Allí conocí a Mariana, una contadora recién llegada al pueblo. Su risa era contagiosa y sus historias sobre la vida en la capital me hacían sentir joven otra vez.

—¿Y tú? ¿Por qué siempre tienes esa mirada triste? —me preguntó una noche mientras compartíamos una botella de ron barato.

—Supongo que porque siento que me perdí a mí mismo en algún punto —le respondí sin pensar.

Mariana me tomó la mano y sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Esa noche no volví a casa hasta el amanecer. Cuando entré, Lucía estaba sentada en la sala, con los ojos hinchados y una taza de café frío entre las manos.

—¿Te divertiste? —preguntó sin mirarme.

No supe qué decirle. Me odié por lo cobarde y por lo egoísta. Pero también sentí rabia: ¿por qué tenía que cargar yo solo con el peso de la rutina?

Los días se volvieron una sucesión de mentiras y excusas. Mariana era un soplo de aire fresco, pero también un recordatorio constante de lo que estaba perdiendo en casa. Camila empezó a sacar malas notas y Tomás se volvió más callado. Lucía dejó de preguntarme dónde estaba o con quién salía; simplemente me miraba como si ya no me reconociera.

Una tarde, al regresar del trabajo, encontré la casa vacía. Sobre la mesa había una carta:

«Julián,

No puedo seguir fingiendo que todo está bien. Te amé con todo mi corazón, pero no puedo competir con tu necesidad de emoción. Me llevo a los niños a casa de mi mamá hasta que decidas qué quieres realmente. No te odio; sólo me duele verte tan lejos de nosotros.

Lucía»

Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Llamé a Lucía una y otra vez, pero no respondió. Fui hasta la casa de mi suegra en el barrio San Martín; ella me recibió en la puerta con una mirada fría:

—Julián, aquí no eres bienvenido hasta que aclares tus ideas.

Me quedé parado bajo la lluvia, sintiéndome más solo que nunca.

Esa noche busqué a Mariana, pero ella también se alejó al ver mi desesperación.

—No quiero ser la causa de tu dolor ni el motivo por el que pierdas a tu familia —me dijo antes de cerrar la puerta.

Volví a casa y me senté en la oscuridad. El silencio era ensordecedor. Recordé las palabras de Lucía: «todo tiene un precio». ¿Valía la pena perderlo todo por un poco de emoción?

Pasaron semanas antes de atreverme a buscar a Lucía otra vez. Cuando finalmente me recibió, vi en sus ojos una tristeza infinita.

—¿Por qué no me dijiste antes cómo te sentías? —preguntó con voz quebrada.

—Tenía miedo… Miedo de herirte, miedo de enfrentarme a mí mismo —confesé entre lágrimas.

—La vida no siempre es emocionante, Julián. Pero el amor verdadero es elegir quedarse incluso cuando todo parece monótono —dijo ella.

No sé si algún día podré reparar el daño que hice. Pero aprendí que buscar emoción afuera sólo deja vacío adentro.

A veces me pregunto: ¿cuántos hombres como yo han perdido lo más valioso por perseguir una ilusión? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por un instante fugaz de emoción? ¿Ustedes qué piensan?