El Último Invierno de Tomás: Cuando el Amor de un Padre No Basta
—¿Por qué no vienen? —la voz de Tomás, ronca y débil, resonó en el pasillo del hospital mientras yo, Carmen, apretaba su mano huesuda. Era enero en Madrid y la nieve caía con una lentitud casi cruel, como si el tiempo mismo se burlara de nuestra espera.
—Están ocupados, Tomás. Ya sabes cómo son los chavales hoy en día —mentí, aunque ambos sabíamos la verdad. Sus hijos no estaban ocupados; simplemente no querían venir.
Recuerdo perfectamente el día en que Tomás se quedó solo con los niños. Fue hace más de veinte años. Su mujer, Lucía, se marchó con un compañero del trabajo, dejando una nota apresurada y tres bocas hambrientas. Tomás, que siempre había sido reservado y algo torpe para expresar sus emociones, se transformó en un hombre de acero. Trabajaba dobles turnos en el restaurante de la Plaza Mayor y aún así llegaba a casa para preparar la cena favorita de los niños: tortilla de patatas con cebolla, como le gustaba a Marta, la mayor.
—Papá, ¿puedes comprarme las zapatillas nuevas que llevan todos en clase? —le preguntaba Álvaro, el mediano, sin mirar siquiera el cansancio en los ojos de Tomás.
—Claro, hijo. Dame unos días —respondía él, aunque sabía que tendría que sacrificar su propio abrigo ese invierno para poder comprarlas.
Yo intentaba ayudarle como podía. A veces me llevaba a los niños a mi casa los fines de semana para que él pudiera descansar unas horas. Pero Tomás nunca se quejaba. Ni una sola vez le oí reprocharles nada a sus hijos. Al contrario: les defendía incluso cuando Marta llegaba a casa a las tres de la mañana o cuando Álvaro suspendía asignaturas porque prefería salir con sus amigos.
El tiempo pasó y los niños crecieron. Marta se fue a estudiar a Barcelona y apenas llamaba. Álvaro encontró trabajo en una tienda de móviles y empezó a salir con una chica que no soportaba a la familia. La pequeña, Lucía —sí, como su madre—, era la única que parecía recordar de vez en cuando el sacrificio de su padre. Pero incluso ella se fue distanciando cuando empezó la universidad.
El año pasado, Tomás empezó a toser. Al principio no le dio importancia; pensó que era un resfriado mal curado. Pero la tos no se iba y pronto llegaron los dolores en el pecho. Cuando finalmente aceptó ir al médico, ya era tarde: cáncer de pulmón avanzado.
—No quiero preocupar a los chicos —me dijo una noche mientras le preparaba una infusión—. Bastante tienen con sus vidas.
—Tomás, mereces que estén contigo —le insistí—. Has dado todo por ellos.
Pero él solo sonrió con esa tristeza resignada que le caracterizaba.
Cuando ingresó en el hospital, llamé a sus hijos uno por uno. Marta me contestó con prisas:
—Tía Carmen, tengo mucho trabajo ahora mismo. ¿No puede esperar?
Álvaro ni siquiera cogió el teléfono; me mandó un mensaje dos días después: “Dile a papá que me recupere pronto”. Lucía fue la única que vino una vez, pero estuvo menos de media hora y se marchó diciendo que tenía un examen importante.
Las semanas pasaron y Tomás se fue apagando poco a poco. Yo estaba allí cada día, leyendo sus libros favoritos o contándole chismes del barrio para distraerle del dolor. A veces lloraba en silencio cuando él dormía; otras veces sentía rabia hacia mis sobrinos por su indiferencia.
Una tarde especialmente fría, Tomás me miró con los ojos llenos de lágrimas:
—¿He hecho algo mal, Carmen? ¿Por qué no vienen? ¿No les he querido suficiente?
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el amor no siempre es correspondido? ¿Que a veces los hijos no ven el sacrificio hasta que es demasiado tarde?
El último día de Tomás fue tranquilo. Murió mientras yo le sujetaba la mano y le susurraba al oído cuánto le quería. Sus hijos llegaron al tanatorio tarde y sin lágrimas; Marta ni siquiera se quitó las gafas de sol.
Hoy, meses después, sigo preguntándome dónde fallamos como familia. ¿Fue culpa de Tomás por darles todo sin pedir nada a cambio? ¿O es esta sociedad nuestra, tan rápida y egoísta, la que ha convertido a los hijos en extraños?
A veces me despierto por las noches pensando en mi hermano y en todo lo que sacrificó por unos hijos que nunca supieron valorar su amor. Y me pregunto: ¿Cuántos padres hay como Tomás en España? ¿Cuántos hijos se darán cuenta demasiado tarde del precio del sacrificio?
¿De verdad estamos criando generaciones incapaces de mirar atrás y agradecer? ¿O simplemente el amor paternal ya no significa lo mismo que antes?