El último suspiro de Lucía
—¡No respira! ¡Por favor, haced algo!—grité mientras veía a la comadrona correr con mi hija Lucía en brazos, su cuerpecito inerte, azul, como si la vida se le hubiera escapado antes de conocerla. Mi marido, Álvaro, me sujetaba la mano con tanta fuerza que sentí que mis huesos crujían, pero yo solo podía mirar la puerta por donde se habían llevado a mi niña.
En ese instante, el tiempo dejó de existir. El hospital Gregorio Marañón, tan grande y ruidoso, se volvió un túnel de silencio. Mi madre, Carmen, rezaba en voz baja junto a mi cama, murmurando avemarías entre sollozos. Mi suegra, Pilar, discutía con el médico en el pasillo:—¡Hagan algo! ¡No pueden dejarla morir así!
Yo solo pensaba en Lucía. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora? Habíamos esperado tanto este momento… Habíamos superado discusiones familiares, la crisis económica, incluso la enfermedad de mi padre. Y ahora, cuando por fin parecía que la vida nos daba una tregua, todo pendía de un hilo.
Recuerdo cómo empezó todo aquella mañana. El tráfico de Madrid estaba imposible y Álvaro casi atropella a un ciclista en la Castellana. Llegamos al hospital discutiendo porque él había olvidado la bolsa del bebé. Yo le grité que era un inútil y él me llamó exagerada. Ahora esas palabras me pesaban como piedras.
En la sala de partos, todo fue rápido y confuso. Gritos, luces blancas, manos frías. Y luego ese silencio brutal cuando Lucía salió y no lloró. El médico, el doctor Fernández, intentó tranquilizarme:—A veces los bebés tardan en reaccionar… Pero su mirada me decía otra cosa.
Las horas siguientes fueron un infierno. Nos llevaron a una sala de espera donde las paredes parecían cerrarse sobre nosotros. Mi madre no paraba de rezar. Pilar llamaba a toda la familia para pedir oraciones. Álvaro se encerró en el baño a llorar y yo… yo solo podía mirar mis manos manchadas de sangre y preguntarme si había hecho algo mal.
De repente, apareció el doctor Fernández con la cara desencajada.—La niña está muy grave. Su corazón late muy despacio y no respira por sí sola. Vamos a intentar reanimarla otra vez.
Sentí que me arrancaban el alma. Me levanté como pude y fui hasta la capilla del hospital. Allí estaba mi hermano Luis, que nunca pisa una iglesia, encendiendo una vela.—No sé si esto sirve para algo—me dijo—pero por intentarlo…
Me arrodillé junto a él y recé como nunca antes lo había hecho. No pedí un milagro; pedí fuerza para soportar lo que viniera. En ese momento entró Pilar llorando.—¡Han dicho que si no reacciona en cinco minutos…!—no pudo terminar la frase.
De pronto, escuchamos pasos apresurados en el pasillo. Era el doctor Fernández.—¡Ha respirado!—gritó—¡La niña ha respirado sola!
Corrimos todos hacia la UCI neonatal. Allí estaba Lucía, diminuta, conectada a mil cables pero viva. El médico nos miró como si no entendiera nada.—No sé cómo ha pasado. Estábamos a punto de rendirnos cuando de repente…
Mi madre cayó de rodillas dando gracias a Dios. Pilar abrazó a Álvaro y yo me acerqué a la incubadora temblando.—Hola, mi vida—susurré—has vuelto…
Esa noche no dormimos ninguno. La familia entera vino al hospital: tíos, primos, hasta mi padre que llevaba meses sin hablarse con Álvaro por una discusión absurda sobre política. Todos juntos alrededor de Lucía, como si el milagro hubiera roto años de rencores.
Pero los días siguientes no fueron fáciles. Lucía seguía muy débil y los médicos no sabían si tendría secuelas. Álvaro empezó a obsesionarse con buscar culpables:—¿Y si fue culpa del anestesista? ¿Y si tú te esforzaste demasiado en el parto?—me reprochó una noche.
Yo no podía más. Un día exploté delante de todos.—¡Basta ya! ¡No busquéis culpables! ¡Lo importante es que está viva!
Mi madre me abrazó.—A veces los milagros solo sirven para recordarnos lo que realmente importa.
Poco a poco Lucía fue mejorando. Aprendió a respirar sola, a llorar fuerte, a agarrar mi dedo con su manita diminuta. Cada día era una victoria.
Pero la experiencia nos cambió para siempre. Álvaro y yo tuvimos que ir a terapia para superar el miedo y la culpa. Mi familia empezó a reunirse más a menudo; las viejas heridas parecían menos importantes después de lo que habíamos vivido.
Hoy Lucía tiene dos años y corretea por el parque del Retiro como cualquier niña sana. A veces me despierto por las noches y voy a verla dormir solo para asegurarme de que respira.
¿Fue un milagro? ¿O simplemente una casualidad médica? No lo sé. Pero sí sé que aquel día aprendí que la vida puede cambiar en un segundo y que lo único que realmente importa es estar juntos cuando todo se tambalea.
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que todo pende de un hilo? ¿Creéis en los milagros o pensáis que somos nosotros quienes los construimos con amor y coraje?