Entre Dos Hogares: El Precio de la Decisión
—¿Vas a llegar tarde otra vez, Dario? —La voz de Carmen resonó desde la cocina, cargada de ese tono que mezcla cansancio y reproche. Yo, sentado en el coche frente al portal, apretaba el volante con fuerza. Sabía que dentro me esperaba una cena fría y una conversación aún más gélida.
Pero no podía entrar todavía. No después de lo que acababa de pasar.
Horas antes, Lucía me había llamado. Su voz temblaba: —Dario, es sobre Paula… Está mal, no quiere hablar conmigo. Dice que te echa de menos, que no entiende por qué ya no vienes a casa.
Mi corazón se encogió. Paula, mi hija de doce años, era lo único que me mantenía en pie cuando todo lo demás se tambaleaba. Desde que me fui de casa hace tres años, tras meses de discusiones y silencios con Lucía, había intentado construir una nueva vida con Carmen. Pero la culpa nunca me abandonó.
Aquel día, sin pensarlo demasiado, conduje hasta el barrio donde vivía Lucía. El portal seguía igual: los mismos grafitis, el mismo olor a pan recién hecho de la panadería de la esquina. Subí las escaleras y llamé al timbre.
Lucía abrió la puerta. Sus ojos estaban rojos. Paula estaba sentada en el sofá, abrazando a su peluche favorito. Cuando me vio, corrió hacia mí y me abrazó tan fuerte que sentí que se me partía el alma.
—Papá, ¿por qué ya no vienes? ¿Es porque tienes otra familia? —me susurró al oído.
No supe qué responderle. Miré a Lucía buscando ayuda, pero ella solo bajó la mirada. Me senté con Paula y le prometí que siempre estaría para ella, aunque supiera que era una promesa difícil de cumplir.
Al salir del piso, Lucía me detuvo en el rellano.
—Dario, no puedes seguir así. No puedes tener un pie aquí y otro allí. Estás haciendo daño a todos, sobre todo a Paula.
—¿Y qué quieres que haga? —le respondí, casi suplicando—. No puedo deshacer lo que pasó…
—Pero puedes decidir qué hacer ahora —me cortó ella—. Carmen también merece saber la verdad.
Volví a casa con el corazón en un puño. Carmen me esperaba sentada en la mesa del comedor. La televisión estaba encendida pero nadie la miraba.
—¿Dónde estabas? —preguntó sin mirarme.
—Con Paula… y Lucía —admití al fin.
Carmen cerró los ojos y suspiró largo rato.
—Dario, llevo meses notando que no estás aquí. Que tu cabeza está en otro sitio. ¿Sigues queriendo estar conmigo o solo estás aquí por costumbre?
No supe qué decirle. La verdad era que no lo sabía ni yo mismo. Quería a Carmen, pero la culpa por haber dejado a Lucía y a Paula me perseguía como una sombra.
Esa noche dormí en el sofá. Soñé con mi infancia en Toledo, con mis padres discutiendo en la cocina mientras yo me tapaba los oídos para no escuchar los gritos. Me prometí a mí mismo que nunca haría pasar a mi hija por algo así… Y sin embargo, ahí estaba yo, repitiendo la historia.
Al día siguiente, Carmen se fue temprano al trabajo sin despedirse. Yo me quedé solo en casa, mirando las fotos de nuestra boda en la estantería y las manualidades que Paula me había regalado por el Día del Padre.
El teléfono sonó: era mi madre.
—Dario, hijo… He hablado con Lucía. Está preocupada por ti y por Paula. ¿No crees que ya es hora de tomar una decisión?
Sentí rabia y vergüenza al mismo tiempo.
—Mamá, no es tan fácil…
—Nunca lo es —me interrumpió—. Pero si sigues así vas a perderlo todo.
Colgué sin responderle. Me senté en el suelo del salón y lloré como un niño pequeño.
Pasaron los días y la tensión en casa crecía como una tormenta a punto de estallar. Carmen apenas me hablaba y yo evitaba mirarla a los ojos. Solo encontraba algo de paz cuando veía a Paula los fines de semana, pero incluso esos momentos estaban teñidos de tristeza.
Un sábado por la tarde, mientras paseábamos por el Retiro, Paula me miró muy seria:
—Papá, ¿por qué no podemos estar todos juntos otra vez?
Me arrodillé frente a ella y le acaricié el pelo.
—A veces los mayores cometemos errores… Y luego es difícil arreglarlos —le dije con la voz rota.
Paula asintió en silencio y siguió caminando a mi lado.
Esa noche decidí hablar con Carmen. La encontré en la cocina, fregando los platos con movimientos mecánicos.
—Carmen… tenemos que hablar —empecé titubeando—. No puedo seguir así. No es justo para ti ni para Paula ni para mí.
Ella dejó el estropajo y se giró despacio.
—¿Vas a volver con Lucía?
No respondí enseguida. Miré sus ojos llenos de lágrimas contenidas y sentí cómo se me rompía algo por dentro.
—No lo sé… Solo sé que necesito estar más presente para mi hija. Y tú mereces a alguien que te quiera sin reservas.
Carmen asintió y salió de la cocina sin decir nada más.
Esa noche dormí poco. Al amanecer hice las maletas y salí de casa sin hacer ruido. Llamé a Lucía desde la calle.
—Necesito hablar contigo —le dije—. No sé si podemos arreglar lo nuestro, pero quiero ser un padre de verdad para Paula… Y dejar de huir de mis errores.
Lucía tardó en responder.
—Ven cuando quieras —me dijo al fin—. Pero esta vez tienes que ser sincero con todos… sobre todo contigo mismo.
Ahora escribo estas líneas desde un pequeño piso alquilado cerca del colegio de Paula. No sé si algún día podré reparar todo el daño causado ni si Carmen podrá perdonarme algún día. Pero al menos he dejado de mentirme a mí mismo.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias rotas hacen falta para aprender a amar bien? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestras decisiones os persiguen para siempre?