Entre el amor de madre y la lealtad: Cuando mi nuera volvió a casa
—¿Por qué lo has hecho, mamá? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, cargada de rabia y decepción.
Me quedé helada, con la taza de café temblando entre mis manos. Había esperado este enfrentamiento desde la noche en que Lucía, mi exnuera, apareció empapada bajo la lluvia, con los ojos hinchados y la maleta rota.
—No tenía a dónde ir, Sergio. ¿Qué querías que hiciera? —intenté justificarme, pero él ya había dado media vuelta, cerrando la puerta de un portazo que aún resuena en mi pecho.
Todo comenzó hace apenas dos semanas. Era un martes cualquiera en Madrid, el cielo gris y el tráfico habitual. Yo estaba viendo las noticias cuando sonó el timbre. Al abrir, me encontré con Lucía. Su pelo pegado a la cara, la ropa mojada y una expresión de derrota que me partió el alma.
—María, ¿puedo pasar? —su voz era apenas un susurro.
No lo dudé. La invité a entrar, le preparé una toalla y una taza de caldo caliente. Me contó entre sollozos que la habían despedido del trabajo y que el alquiler del piso compartido se había vuelto imposible de pagar. No tenía familia en Madrid; sus padres viven en un pueblo de León y no podía volver allí sin sentir que había fracasado.
—No te preocupes, Lucía. Quédate aquí el tiempo que necesites —le dije, sintiendo que era lo correcto. Siempre la quise como a una hija, incluso después del divorcio con Sergio.
Los primeros días fueron tranquilos. Lucía ayudaba en casa, cocinaba conmigo y hasta me acompañaba al mercado de Chamberí. Pero todo cambió cuando Sergio vino a traerme unos papeles del banco.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó al verla salir de la cocina con el delantal puesto.
—Sergio, por favor… —empecé a explicar, pero él me interrumpió.
—¿No te das cuenta de lo que haces? ¿De verdad prefieres a ella antes que a tu propio hijo?
Me quedé sin palabras. No era cuestión de elegir; era cuestión de humanidad. Pero para Sergio, todo era blanco o negro. Desde su separación hace un año, no había superado el rencor ni el dolor. Ver a Lucía en mi casa fue para él una traición imperdonable.
Esa noche no pude dormir. Escuchaba los pasos de Lucía en el pasillo y sentía el peso de la culpa aplastándome el pecho. ¿Había hecho mal? ¿Debía haberle cerrado la puerta?
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Sergio dejó de llamarme. Mi nieta Paula, de apenas seis años, preguntaba por qué su padre estaba tan serio y por qué ya no venían los domingos a comer tortilla en casa de la abuela.
Lucía intentaba no molestar, pero yo veía cómo se le encogía el alma cada vez que sonaba el móvil y no era Sergio. Una tarde la encontré llorando en la terraza.
—Lo siento, María… No quería causar problemas entre vosotros —me dijo entre lágrimas.
—No es tu culpa, hija. La familia es complicada —le respondí, acariciándole el pelo como cuando aún era parte oficial de nuestra familia.
Pero las cosas solo empeoraron. Mi hermana Carmen me llamó para decirme que en el barrio se comentaba que yo estaba «de parte de la exnuera» y que eso no estaba bien visto. En la panadería, las vecinas cuchicheaban cuando entraba con Lucía.
Una tarde decidí enfrentar a Sergio. Fui a su piso en Lavapiés y le esperé en el portal.
—Hijo, tenemos que hablar —le dije cuando llegó.
Él me miró con ojos fríos.
—No hay nada que hablar. Has elegido tu bando.
—No es un bando, Sergio. Es una persona que necesitaba ayuda. ¿Qué clase de madre sería si le cerrara la puerta a alguien que fue parte de nuestra familia?
Él bajó la mirada y murmuró:
—Nunca pensé que me harías esto…
Me marché con el corazón roto. Esa noche cené sola por primera vez en años; Lucía había salido a buscar trabajo y yo me sentí más vieja y sola que nunca.
Pasaron los días y la tensión se hizo rutina. Lucía consiguió un trabajo temporal limpiando oficinas y empezó a buscar piso compartido para irse cuanto antes. Yo sentía alivio y tristeza al mismo tiempo: alivio porque quizá así recuperaría a mi hijo; tristeza porque sabía que perdería también a Lucía.
El domingo siguiente, mientras preparaba la comida para dos —ya no para tres ni para toda la familia como antes— recibí un mensaje de Sergio: «No sé cuándo podré perdonarte».
Me senté en la mesa vacía y lloré como hacía años no lloraba. ¿De verdad había hecho mal? ¿Es tan grave ayudar a alguien aunque eso signifique perder a tu propio hijo?
Ahora escribo esto desde mi salón silencioso, viendo cómo Lucía mete sus cosas en una bolsa de viaje. Me abraza fuerte antes de irse:
—Gracias por todo, María. Nunca lo olvidaré.
La puerta se cierra tras ella y me quedo sola con mis dudas y mi dolor.
¿Es posible ser buena madre y buena persona al mismo tiempo? ¿O siempre hay que elegir? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?