Entre la deuda y el amor: Cuando mi hermana y yo tuvimos que elegir entre el dinero y la familia

—No puedo más, Marta. No puedo más —la voz de Lucía, rota al otro lado del teléfono, me atravesó como un cuchillo. Era la una de la madrugada y yo, tumbada junto a Álvaro, mi prometido, sentí cómo el corazón se me encogía.

—¿Qué ha pasado ahora? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta. Desde que su marido la había dejado por otra, Lucía era una sombra de sí misma. Había perdido el trabajo en la tienda de ropa porque no podía compaginar los horarios con los niños, y la hipoteca del piso se le venía encima como una ola negra.

—Me han cortado la luz. Los niños están asustados. No sé qué hacer —sollozó.

Me levanté de la cama y fui a la cocina para no despertar a Álvaro. Mientras escuchaba a mi hermana, sentí una mezcla de rabia e impotencia. Yo estaba a punto de casarme en dos meses; habíamos ahorrado cada euro para la boda y el piso nuevo. Pero ¿cómo podía pensar en flores y menús cuando mi propia sangre estaba a oscuras?

—Veníos a casa mañana —le dije al final. —No podéis estar así.

Colgué y me quedé mirando la nevera, llena de imanes y facturas. ¿Cómo se mide el amor entre hermanas? ¿En euros? ¿En sacrificios?

Al día siguiente, Lucía llegó con sus dos hijos, Pablo y Marina, arrastrando una maleta y un carrito de supermercado lleno de ropa y juguetes. Mi madre vino también, con cara de preocupación y una bolsa de croquetas congeladas.

—Esto no puede seguir así —dijo mi madre mientras ponía la mesa. —Entre todas tenemos que ayudarla.

Pero ayudarla significaba renunciar a cosas. Álvaro no tardó en decírmelo esa noche:

—Marta, yo entiendo que quieras ayudar a tu hermana, pero… ¿y nosotros? ¿La boda? ¿El piso?

—¿Qué quieres que haga? —le respondí, casi gritando. —¡Es mi hermana!

Esa fue la primera discusión seria que tuvimos en años. Álvaro venía de una familia donde cada uno iba a lo suyo; no entendía esa lealtad ciega que nosotras sentíamos.

Los días siguientes fueron un caos. Los niños lloraban por las noches; Lucía apenas comía. Yo iba al trabajo con ojeras y volvía corriendo para ayudar con los deberes o preparar cenas baratas. Mi madre venía todos los días a limpiar o a traer tuppers.

Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché a Lucía hablando por teléfono en el balcón:

—No puedo pagarte este mes, lo siento… Sí, ya sé que debo tres meses… Por favor, dame un poco más de tiempo…

Sentí una punzada de vergüenza ajena. Mi hermana, que siempre había sido tan orgullosa, ahora suplicaba por teléfono para no perder el piso.

Esa noche, después de acostar a los niños, nos sentamos las dos en el sofá.

—No quiero ser una carga para ti —me dijo Lucía con los ojos rojos.— Si quieres que me vaya…

—No digas tonterías —le corté.— Pero tenemos que buscar una solución. No podemos vivir así mucho tiempo.

Empezamos a hacer cuentas: lo que ganaba yo, lo que podía aportar mi madre con su pensión, lo poco que Lucía recibía de la manutención (cuando su ex se acordaba de pagar). Todo era insuficiente.

La tensión crecía en casa. Álvaro cada vez estaba más distante; yo me sentía culpable por todo: por querer ayudar a mi hermana y por poner en peligro mi propia vida con él.

Un domingo, durante la comida familiar, estalló todo. Mi padre, que hasta entonces había estado callado, soltó:

—Aquí nadie es rico. Si seguimos así, acabamos todos en la calle.

Mi madre le contestó:

—¡Es tu hija! ¿Qué quieres, que duerma en un cajero?

Lucía rompió a llorar delante de todos. Pablo y Marina se abrazaron a sus piernas.

Yo me levanté y salí al balcón para respirar. Miré las calles de Madrid desde el sexto piso: coches pitando, gente paseando como si nada pasara. Pensé en todas las familias como la nuestra, atrapadas entre facturas y promesas rotas.

Esa noche hablé con Álvaro:

—Si esto te supera, dímelo ahora. No quiero perderte pero tampoco puedo abandonar a Lucía.

Él me miró largo rato antes de responder:

—No quiero perderte tampoco. Pero tenemos que poner límites o nos hundimos todos.

Así que hicimos un plan: Lucía buscaría trabajo aunque fuera limpiando casas; yo recortaría gastos de la boda; mi madre ayudaría con los niños para que Lucía pudiera ir a entrevistas. Mi padre se ofreció a hablar con el banco para renegociar la hipoteca.

No fue fácil. Hubo días en los que odié a todos: a Lucía por necesitarme tanto; a Álvaro por no entenderme; a mis padres por discutir siempre sobre dinero. Pero también hubo momentos de ternura: ver a Pablo dormir abrazado a su osito; escuchar a Marina reírse viendo dibujos; sentir la mano de Lucía apretando la mía cuando consiguió su primer trabajo limpiando portales.

La boda fue mucho más sencilla de lo planeado: sin banquete caro ni vestido de princesa. Pero cuando bailé con Álvaro bajo las luces del patio comunitario y vi a Lucía sonreír por primera vez en meses, supe que habíamos hecho lo correcto.

Hoy las cosas siguen siendo difíciles: Lucía aún lucha cada mes para llegar a fin de mes; yo sigo pagando letras del piso; Álvaro y yo discutimos más de lo que quisiéramos. Pero seguimos juntos. Porque al final, ¿qué es una familia si no es esto? Aguantarse cuando todo se tambalea.

A veces me pregunto: ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar por los nuestros? ¿Dónde está el límite entre ayudarlos y perderse uno mismo? ¿Vosotros qué haríais?