Entre mi hijo y mi nuera: El almuerzo que rompió mi hogar

—Mamá, tenemos que hablar contigo —dijo Iván, su voz temblando mientras dejaba la cuchara sobre el plato de cocido madrileño que había preparado con tanto esmero. Leire, sentada a su lado, bajó la mirada y jugueteó nerviosa con la servilleta. El reloj de la pared marcaba las tres y media, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese instante.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Llevaba semanas esperando este almuerzo, convencida de que por fin podríamos disfrutar de una tarde tranquila, sin reproches ni silencios incómodos. Había horneado la tarta de manzana que tanto le gustaba a Leire y preparado el café como le gusta a Iván, fuerte y sin azúcar. Pero algo en sus rostros me decía que nada sería como antes.

—¿Qué ocurre? —pregunté, intentando mantener la voz firme.

Iván me miró con esos ojos marrones que siempre me han desarmado. —Nos vamos a separar, mamá. Ya está decidido.

El aire se volvió denso, irrespirable. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Leire levantó la vista y sus ojos verdes brillaban con lágrimas contenidas.

—No ha sido una decisión fácil —añadió ella—. Pero creemos que es lo mejor para los dos.

Me quedé en silencio, intentando asimilar lo que acababa de escuchar. Mi mente voló a los recuerdos: la boda en la iglesia del barrio, las Navidades juntos, las tardes de verano en la casa del pueblo. ¿Cómo era posible que todo eso se desmoronara así, de repente?

—¿Y qué esperáis de mí? —pregunté al fin, con un hilo de voz.

Iván suspiró. —Queremos que lo entiendas… y que nos apoyes. Pero también necesitamos saber de qué lado estás.

Sentí una punzada en el pecho. ¿De qué lado estoy? ¿Cómo puede una madre elegir entre su propio hijo y la mujer que ha llegado a querer como a una hija? Miré a Leire, recordando las veces que me ayudó a poner la mesa o me acompañó al médico cuando Iván no podía. Ella también era parte de mi familia.

—No puedo elegir —susurré—. Os quiero a los dos.

Leire rompió a llorar y salió corriendo al balcón. Iván apretó los puños sobre la mesa.

—Mamá, necesito saber que me apoyas. Que entiendes por qué hago esto.

Me levanté despacio y fui tras Leire. La encontré apoyada en la barandilla, mirando las azoteas de Madrid con los ojos perdidos.

—Leire…

—No quiero que sufras por nosotros —me dijo entre sollozos—. Pero no puedo seguir fingiendo que todo está bien. Iván y yo ya no somos felices juntos.

La abracé como si fuera mi propia hija. Sentí su dolor mezclado con el mío, una tristeza tan profunda que apenas podía respirar.

Volví al salón y encontré a Iván sentado, cabizbajo. Me senté a su lado y le tomé la mano.

—Hijo, siempre estaré contigo. Pero también quiero a Leire. No me pidas que la rechace.

Él asintió, pero vi en sus ojos una sombra de decepción. En ese momento comprendí que, hiciera lo que hiciera, alguien saldría herido.

Los días siguientes fueron un torbellino de llamadas, mensajes y silencios incómodos. Mi hermana Carmen me decía que debía apoyar a Iván sin dudarlo; mi vecina Pilar opinaba que debía mantenerme al margen. Yo solo quería volver atrás, a cuando todo era más sencillo.

Una tarde, Leire vino a recoger algunas cosas. Se despidió con un abrazo largo y silencioso.

—Gracias por todo, Rosario —me dijo—. Nunca olvidaré lo bien que me has tratado.

Cuando se fue, sentí un vacío inmenso en casa. Iván apenas hablaba; se encerraba en su habitación o salía a caminar durante horas. Yo me refugiaba en mis plantas del balcón, buscando respuestas entre los geranios y las bugambilias.

Una noche, mientras cenábamos en silencio, Iván rompió a llorar.

—¿He hecho bien, mamá? ¿Y si me arrepiento?

Le acaricié el pelo como cuando era niño.

—No lo sé, hijo. Nadie nos enseña a ser felices ni a tomar decisiones perfectas. Solo sé que te quiero y estaré aquí pase lo que pase.

Ahora, semanas después de aquel almuerzo fatídico, sigo preguntándome si podría haber hecho algo para evitarlo. ¿Fui demasiado fría? ¿Debería haber intervenido antes? La familia nunca vuelve a ser la misma después de una ruptura así.

A veces me despierto pensando en Leire y en cómo estará rehaciendo su vida. Otras veces miro a Iván y veo al niño que fui incapaz de proteger del dolor adulto. Me siento dividida, como si tuviera el corazón partido en dos mitades irreconciliables.

¿Puede una madre ser realmente justa cuando el amor se convierte en campo de batalla? ¿Alguien ha sentido alguna vez esta impotencia tan profunda? Me gustaría saber si alguna vez habéis tenido que elegir entre dos personas a las que queréis con toda el alma.