Fui al hospital por un hijo y volví con tres: el día que mi vida cambió para siempre
—¡No puede ser! ¡No puede ser! —grité, mientras sentía cómo el sudor frío me recorría la espalda y las luces blancas del hospital de La Paz me cegaban. Mi marido, Sergio, me apretaba la mano con fuerza, pero su rostro estaba tan pálido como el mío. La matrona, Carmen, intentaba tranquilizarnos: —Tranquila, Lucía, todo va bien. Pero no era cierto. Nada iba bien. Había entrado en urgencias con contracciones regulares, convencida de que iba a conocer a mi primer hijo. Pero tras una ecografía de urgencia y las caras de asombro de los médicos, la noticia cayó como un jarro de agua helada: «Lucía, no es uno… son tres. Vas a tener trillizos».
En ese instante, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. ¿Trillizos? ¿Cómo era posible? Nadie en mi familia había tenido nunca gemelos, mucho menos trillizos. Sergio me miró con los ojos abiertos como platos y balbuceó: —¿Tres? ¿Cómo vamos a hacerlo?
No tuve tiempo de procesar nada. El parto fue rápido, caótico, lleno de gritos y lágrimas. Cuando por fin escuché los llantos de mis hijos —Martina, Álvaro y Sofía— sentí una mezcla de amor absoluto y terror paralizante. ¿Cómo íbamos a cuidar de tres bebés en nuestro pequeño piso de Vallecas? ¿Cómo iba a explicarle a mi madre, tan tradicional y controladora, que ahora tenía tres nietos de golpe?
Los días siguientes fueron una montaña rusa. Mi madre, Pilar, llegó al hospital con su habitual aire de superioridad y apenas pudo ocultar su decepción: —Esto no es normal, Lucía. ¿Cómo vais a apañaros? No tenéis dinero ni espacio. Deberíais pensar en dar uno en adopción.
Aquellas palabras me atravesaron como cuchillos. ¿Dar uno en adopción? ¿A cuál? ¿Cómo se elige entre tus hijos? Sergio intentó mediar: —Mamá, por favor… No digas tonterías. Pero Pilar insistía: —No es una tontería. Es sentido común.
Las noches en casa eran un infierno. Tres cunas improvisadas en el salón, pañales por todas partes, biberones a todas horas. Sergio y yo apenas dormíamos dos horas seguidas. A veces discutíamos por cualquier cosa: el ruido, el cansancio, la falta de ayuda. Una noche, mientras calmaba a Sofía en brazos y veía a Sergio llorar en silencio en la cocina, sentí que todo se desmoronaba.
Mi hermana Elena venía a ayudar cuando podía, pero ella también tenía sus propios problemas: acababa de perder su trabajo en una tienda del centro y estaba deprimida. Aun así, se sentaba conmigo en el sofá y me decía: —Lucía, eres más fuerte de lo que crees. Si alguien puede con esto, eres tú.
Pero yo no me sentía fuerte. Me sentía sola, juzgada por mi madre y por los vecinos que cuchicheaban sobre «la loca de los trillizos». El dinero se acababa rápido; las ayudas del Estado apenas cubrían los gastos básicos y Sergio tuvo que buscar un segundo empleo como repartidor para llegar a fin de mes.
Una tarde, Pilar apareció sin avisar y empezó a reorganizar la casa sin preguntar. Tiró ropa vieja, movió muebles y criticó cada decisión: —Esto está hecho un desastre. Así no se puede vivir. Me mordí la lengua hasta sangrar para no gritarle que se fuera.
El punto de quiebre llegó una noche cuando Álvaro tuvo fiebre alta y tuvimos que correr otra vez al hospital. Mientras esperaba en la sala de urgencias con los tres bebés llorando y Sergio intentando calmarme por teléfono desde el trabajo, sentí que no podía más. Lloré como nunca antes lo había hecho.
Pero entonces una enfermera mayor se me acercó y me dijo: —No estás sola, Lucía. Hay muchas madres como tú que han pasado por esto. Pide ayuda. No tengas miedo ni vergüenza.
Aquellas palabras me dieron fuerzas para pedir ayuda social al ayuntamiento y buscar un grupo de apoyo para familias numerosas en Madrid. Poco a poco empezamos a recibir visitas de voluntarias que nos ayudaban con los bebés unas horas al día. Elena encontró trabajo cuidando niños y pudo ayudarnos económicamente.
La relación con mi madre seguía siendo tensa, pero un día la vi jugando con Martina en el parque y supe que, aunque nunca lo admitiría, estaba orgullosa de mí.
Hoy mis hijos tienen dos años y corren por la casa como pequeños terremotos. Sergio y yo seguimos cansados pero más unidos que nunca. Aprendí que la familia no siempre es fácil ni perfecta; a veces es caótica y dolorosa, pero también es el mayor motor para seguir adelante.
A veces me pregunto: ¿Qué habría pasado si hubiera hecho caso a mi madre? ¿Si hubiera renunciado a alguno de mis hijos? Pero entonces los veo reír juntos y sé que tomé la decisión correcta.
¿Y vosotros? ¿Hasta dónde seríais capaces de llegar por vuestra familia? ¿Os habéis sentido alguna vez tan superados que pensasteis en rendiros?