La cuna de la discordia: Cuando la familia exige más de lo que puedes dar
—¿De verdad, Carmen? ¿No puedes prestarme el carrito aunque sea unos meses?—. La voz de Lucía, mi hermana mayor, retumbó en el salón, rebotando entre las paredes llenas de fotos familiares y recuerdos de una infancia compartida. Yo sostenía a Daniel, mi hijo de ocho meses, que empezaba a llorar por el ruido y la tensión. Mi madre, sentada en el sofá, miraba alternativamente a una y a otra, como si pudiera mediar con la mirada.
No era la primera vez que Lucía me pedía algo. Desde pequeñas, yo era la que cedía: el último trozo de tortilla, la camiseta nueva, incluso el sitio junto a mamá en el coche. Pero ahora era distinto. Ahora era madre y sentía que tenía que proteger lo poco que podía ofrecerle a mi hijo. El carrito no era uno cualquiera; lo había comprado con el dinero de las horas extra limpiando casas en el barrio de Chamberí, ahorrando céntimo a céntimo mientras mi marido, Álvaro, buscaba trabajo tras el ERE en la fábrica.
—Lucía, no es por no querer ayudarte… pero Daniel todavía lo necesita. No puedo permitirme comprar otro ni sé cuándo podré hacerlo—. Mi voz temblaba, entre la culpa y la firmeza. Lucía bufó y se cruzó de brazos.
—Siempre has sido la egoísta, Carmen. ¿Te acuerdas cuando mamá enfermó y tú te quedaste en Madrid mientras yo me ocupaba de todo en el pueblo? Ahora que te pido algo, ¿me lo niegas?—
Sentí cómo me ardían las mejillas. La culpa era un viejo conocido en mi vida, pero esta vez no podía dejarme arrastrar. Miré a mi madre buscando apoyo, pero ella solo suspiró y bajó la mirada hacia sus manos arrugadas.
—No es justo que me digas eso. Sabes que yo también hice lo que pude. Y ahora… ahora no puedo dar más—. Daniel seguía llorando y yo lo acuné con fuerza, como si así pudiera protegerlo del mundo y de las palabras que flotaban en el aire.
La conversación se repitió durante semanas. Cada comida familiar era un campo de batalla silencioso: Lucía lanzando indirectas, mi madre suspirando resignada y yo tragando saliva para no llorar delante de todos. Álvaro intentaba animarme por las noches.
—No tienes por qué sentirte mal. Si no puedes, no puedes. Nadie sabe mejor que tú lo que cuesta sacar adelante a Daniel—. Pero yo sí me sentía mal. En España, la familia es sagrada; nos enseñan desde pequeños que hay que ayudarse siempre, aunque duela, aunque no puedas más.
Un domingo, después de misa, Lucía apareció en casa sin avisar. Traía a su hija pequeña, Marta, en brazos y una expresión decidida.
—Carmen, necesito el carrito ya. Marta está creciendo y no puedo llevarla siempre encima. No tengo dinero para uno nuevo—.
Me quedé helada. Miré a Daniel dormido en su cuna improvisada —un moisés heredado de mi abuela— y sentí una punzada en el pecho.
—¿Y si compartimos el carrito? Cuando tú no lo uses…—
—¿Compartir? ¿Y si se rompe? ¿Y si lo necesito y tú lo tienes?— Lucía levantó la voz y Marta empezó a llorar también.
Mi madre entró en la habitación y nos miró con tristeza.
—Hijas mías, ¿de verdad vais a pelearos por esto? Antes compartíais todo…—
Pero ya no éramos niñas. Ahora cada una tenía sus propias heridas y necesidades.
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces para comprobar si Daniel respiraba bien, si estaba cómodo. Pensé en Lucía cargando con Marta por las calles empedradas del barrio, en mi madre intentando mantenernos unidas pese a todo. Pensé en mi propio cansancio, en los días eternos limpiando casas ajenas mientras soñaba con un futuro mejor para mi hijo.
Al día siguiente llamé a Lucía.
—Ven a casa mañana por la tarde. Hablamos tranquilamente—.
Cuando llegó, le ofrecí un café y le mostré el carrito.
—Mira, Lucía… No puedo dártelo ahora mismo, pero he estado mirando en Wallapop y hay algunos carritos usados bastante bien de precio. Si quieres, entre las dos podemos ahorrar para uno para Marta. No es mucho, pero es lo que puedo hacer—.
Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Perdona… Es que estoy tan cansada… No quería pelear contigo—.
Nos abrazamos largo rato. Por primera vez sentí que podía poner límites sin dejar de quererla.
Esa noche hablé con Álvaro sobre todo lo ocurrido.
—¿Crees que hice bien? ¿Hasta dónde llega el deber familiar? ¿Cuándo toca pensar también en una misma?
A veces me pregunto si ser buena hija o buena hermana significa olvidarse de una misma… ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?