La Noche en que mi Vestido se Volvió una Herida

—¿De verdad vas a ponerte eso, Lucía? —La voz de mi madre resonó en el pasillo, tan afilada como las tijeras que acababa de dejar sobre la mesa.

Me miré al espejo, intentando ver lo que ella veía. El vestido azul celeste que mi abuela me había ayudado a coser era sencillo, pero para mí era precioso. Tenía once años y esa noche era mi primer baile de fin de curso en el colegio público del barrio de Salamanca, en Madrid. Había soñado con ese momento durante semanas, imaginando cómo sería entrar al salón decorado con globos y serpentinas, cómo bailaría con mis amigas y, quizás, con Pablo, el chico que me gustaba.

Pero la realidad fue otra.

—Parece que vas disfrazada de cortina —rió mi padre desde el sofá, sin apartar la vista del televisor donde jugaba el Real Madrid.

Sentí cómo el calor me subía a las mejillas. Mi hermano mayor, Sergio, se asomó desde su habitación y soltó una carcajada.

—¡Mamá, dile que no vaya así! Que luego dirán que somos unos horteras —añadió él, como si yo no estuviera allí.

Quise desaparecer. Mi abuela, que estaba sentada en la cocina, me miró con ternura y me hizo un gesto para que me acercara. Me abrazó fuerte y susurró:

—No les hagas caso, Luci. Estás preciosa. Ese vestido lo hicimos con mucho amor.

Pero las palabras de mi madre y mi padre ya habían hecho mella. Me sentí ridícula, como si llevar ese vestido fuera una ofensa para todos. Dudé si ir al baile o quedarme en casa fingiendo un dolor de barriga.

Al final, mi abuela insistió en acompañarme hasta la puerta del colegio. Caminamos en silencio por las calles iluminadas por las farolas, mientras yo apretaba su mano con fuerza. Al llegar, vi a mis compañeras agrupadas en la entrada. Algunas llevaban vestidos comprados en El Corte Inglés, otros parecían sacados de revistas de moda juvenil.

—¡Mira a Lucía! —gritó Marta, la chica más popular de la clase—. ¿Eso es un vestido o una sábana?

Las risas estallaron como petardos. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi abuela me miró con tristeza y me animó a entrar, pero yo solo quería correr y esconderme.

Durante el baile, intenté pasar desapercibida. Me senté en una esquina del gimnasio mientras veía cómo las demás bailaban y se hacían fotos para Instagram. Pablo ni siquiera me miró. Cada vez que alguien pasaba cerca de mí, escuchaba susurros y risitas.

En un momento dado, Marta se acercó con su séquito y me preguntó:

—¿Dónde has comprado ese vestido? ¿En el mercadillo?

No supe qué responder. Sentí las lágrimas ardiendo en mis ojos y salí corriendo al patio. Allí me encontré con Ana, una chica nueva que apenas hablaba con nadie.

—No les hagas caso —me dijo suavemente—. Mi madre tampoco puede comprarme vestidos caros. Pero tú tienes suerte: tu abuela te quiere mucho.

Me quedé callada. Ana tenía razón, pero en ese momento solo sentía vergüenza y rabia. ¿Por qué mis padres no podían ser como los demás? ¿Por qué no podían apoyarme en vez de hundirme?

Cuando volví a casa esa noche, mi madre ni siquiera levantó la vista del móvil.

—¿Qué tal el baile? —preguntó sin interés.

No respondí. Subí a mi habitación y me tumbé en la cama con el vestido aún puesto. Lloré hasta quedarme dormida.

Al día siguiente, mi abuela entró en mi cuarto con una taza de chocolate caliente.

—Lucía, la vida está llena de gente que no entiende lo importante —me dijo acariciándome el pelo—. No dejes que te cambien por dentro.

Sus palabras me acompañaron durante semanas. En el colegio seguían las bromas sobre mi vestido, pero poco a poco aprendí a ignorarlas. Ana se convirtió en mi mejor amiga y juntas nos apoyábamos frente a las burlas.

Un día, durante una reunión familiar, mi madre volvió a sacar el tema del vestido delante de todos:

—Menos mal que este año no hay baile, así no tenemos que pasar otra vergüenza —dijo riendo.

Mi padre asintió y Sergio hizo un comentario sarcástico sobre «la diseñadora de cortinas».

Fue entonces cuando exploté.

—¿Por qué os reís de mí? ¿No os dais cuenta de lo que duele? —grité entre lágrimas—. ¿No se supone que sois mi familia?

El silencio fue absoluto. Mi abuela se levantó y me abrazó delante de todos.

—Lucía tiene razón —dijo con voz firme—. A veces olvidamos lo importante que es apoyar a los nuestros.

Mis padres bajaron la mirada y Sergio salió del salón sin decir nada. No sé si entendieron el daño que habían hecho, pero yo sentí un pequeño alivio al haber dicho lo que llevaba tanto tiempo guardando.

Hoy tengo quince años y aún guardo aquel vestido azul celeste en el fondo del armario. No porque sea bonito o esté de moda, sino porque me recuerda quién soy y lo que valgo, aunque otros no lo vean.

A veces me pregunto: ¿Por qué es tan difícil para algunos padres entendernos? ¿Cuántos niños más tendrán que pasar por esto antes de que aprendamos a cuidar mejor los unos de los otros?