La última carta de Lucía: Entre las paredes del hospital

—¡Daniel! ¡No te quites la mascarilla, por favor! —grité mientras corría hacia la cama, con el corazón encogido y las manos temblorosas. Mi hijo, con apenas cinco años, me miró con esos ojos grandes y asustados, pero también llenos de una luz que ni la fiebre ni las agujas habían conseguido apagar. El pitido constante de las máquinas era el único testigo de nuestro pequeño drama cotidiano en la habitación 312 del Hospital Virgen del Rocío.

Afuera llovía. Dentro, el tiempo se había detenido desde hacía semanas. Daniel llevaba ingresado desde que una gastroenteritis severa le robó la energía y la sonrisa. Yo, Lucía, su madre, apenas dormía. Mi marido, Álvaro, venía cuando podía, pero el trabajo en la panadería y el miedo a enfrentarse a la fragilidad de nuestro hijo le mantenían más lejos de lo que yo necesitaba.

—Mamá, ¿puedes ponerme la canción de los peces en el río? —me pidió Daniel con voz débil pero ilusionada.

Saqué el móvil y busqué esa versión flamenca que tanto le gustaba. En cuanto sonaron los primeros acordes, Daniel empezó a mover los pies bajo la sábana. Sus manos, llenas de vías y esparadrapos, intentaban seguir el ritmo. Yo le acompañé con palmas suaves, conteniendo las lágrimas para no asustarle.

En ese instante entró mi madre, Carmen, con su bolso enorme y su olor a colonia de toda la vida.

—¿Otra vez con la música? Lucía, deberías dejarle descansar —dijo en voz baja, pero con ese tono que siempre me hacía sentir culpable.

—Mamá, es lo único que le anima —le respondí sin mirarla. No quería discutir delante de Daniel.

Pero Carmen no se rindió:

—Si tu padre estuviera aquí…

—Pero no está —le corté. El silencio cayó como una losa. Mi padre murió hace dos años y desde entonces mi madre y yo no hemos sabido cómo hablarnos sin herirnos.

Daniel tosió. Me acerqué rápido y le acaricié la frente sudorosa. Sentí cómo mi madre me observaba, juzgando cada gesto.

—¿Por qué no te vas a casa a descansar un rato? Yo me quedo con él —sugirió Carmen.

—No puedo dejarle solo —susurré. La culpa me mordía por dentro: ¿Era mala madre por no confiar en ella? ¿O por no cuidar también de mí misma?

Esa noche fue larga. Álvaro llegó tarde, oliendo a harina y cansancio. Se sentó al borde de la cama y miró a Daniel dormir.

—Lucía, tenemos que hablar —dijo en voz baja.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía lo que venía: las facturas acumuladas, los turnos cambiados, la vida fuera del hospital que seguía exigiendo respuestas.

—No puedo más —confesó Álvaro—. No sé cómo ayudarte si tú no me dejas entrar.

Le miré a los ojos por primera vez en semanas. Vi su miedo reflejado en los míos.

—No sé cómo hacerlo —admití—. Tengo miedo de perderle… y de perderte a ti también.

Nos abrazamos en silencio mientras Daniel dormía ajeno a todo. Por primera vez sentí que no estaba sola en mi dolor.

A la mañana siguiente, Daniel despertó con una sonrisa tímida.

—Mamá, ¿puedo bailar otra vez?

Le ayudé a incorporarse y puse su canción favorita. Esta vez bailamos los tres: Daniel moviendo los pies, Álvaro dándole palmas y yo cantando bajito para no despertar a los demás niños del pasillo.

De repente, una enfermera entró sonriendo:

—¡Vaya ánimo tenéis aquí! Así da gusto trabajar.

Me sentí orgullosa de mi pequeño milagro cotidiano: encontrar alegría entre las paredes blancas del hospital.

Pero esa tarde recibimos malas noticias: los análisis no mejoraban y el médico nos habló de posibles complicaciones. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Esa noche escribí una carta para Daniel. No sabía si algún día la leería, pero necesitaba dejarle mis palabras:

«Hijo mío,
Si algún día lees esto y yo no estoy contigo, quiero que recuerdes siempre cómo bailábamos juntos en el hospital. Que la música puede más que el miedo y que tu sonrisa es mi fuerza para seguir adelante. Pase lo que pase, te quiero más allá de todo lo que pueda pasar.»

Guardé la carta bajo su almohada y me senté a su lado hasta quedarme dormida.

Pasaron días difíciles. Hubo momentos en los que pensé que no saldríamos adelante. Pero Daniel luchó como un valiente y poco a poco fue recuperando fuerzas. La música nunca faltó; era nuestro escudo contra la tristeza.

Hoy escribo esto desde casa. Daniel duerme en su cama rodeado de peluches y yo le observo respirar tranquila por primera vez en meses. Álvaro prepara tostadas en la cocina y mi madre ha venido a traer churros para desayunar juntos. La vida sigue, aunque nada volverá a ser igual.

A veces me pregunto: ¿Cómo se sigue adelante después de mirar tan de cerca al dolor? ¿Cómo se aprende a vivir sin miedo cuando sabes lo frágil que es todo?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si tuvierais que encontrar esperanza entre las paredes de un hospital?