Mi hijo eligió marcharse: una historia de familia, dolor y segundas oportunidades
—¿Otra vez llegas tarde, Sergio? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras la puerta de casa se cerraba tras él. No me miró. Ni siquiera se quitó la chaqueta. Olga, mi nuera, estaba sentada en el sofá, con las manos sobre el vientre ya abultado. Yo, apoyada en el marco de la puerta, sentía cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable.
—No empieces, mamá —me cortó Sergio, con ese tono frío que últimamente usaba para todo. Olga bajó la mirada, y yo sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento mi hijo se había convertido en ese hombre distante, casi desconocido?
Todo había empezado dos años antes, cuando Sergio apareció en casa con Olga. Era una chica joven, delgada, de ojos claros y una sonrisa tímida. «Mamá, esta es Olga. Vamos a vivir juntos», me dijo, como si fuera lo más natural del mundo. Yo, criada en una familia tradicional de Salamanca, no pude evitar responder: «Si vais a vivir juntos, deberíais casaros». Para mi sorpresa, Sergio aceptó sin rechistar. «Vale, mamá. Nos casamos». Recuerdo que sentí una mezcla de orgullo y miedo. Orgullo porque mi hijo parecía responsable, miedo porque conocía bien su carácter voluble y su historial de corazones rotos.
Olga, a pesar de haber crecido en un orfanato, era sensata y práctica. Nos entendimos enseguida. Compartíamos las tareas de la casa, hablábamos de todo y, poco a poco, se fue convirtiendo en la hija que nunca tuve. Un día, mientras preparábamos la cena, Olga se acercó y me susurró: «Mamá, estoy embarazada». La abracé con fuerza. «Es la mejor noticia que podías darme. Te ayudaré en todo lo que necesites». Pero cuando Sergio se enteró, su reacción fue gélida. «Bueno, pues otra boca más que alimentar», murmuró, sin apenas mirarla. Me preocupó, pero quise pensar que era el susto del momento.
Los meses pasaron rápido. El embarazo de Olga fue complicado, pero ella nunca perdió la sonrisa. Cuando nacieron las gemelas, Lucía y Paula, sentí una felicidad inmensa. Llenaron la casa de risas, llantos y vida. Pero Sergio no cambió. Al contrario, cada vez estaba más ausente, más irritable. «¿Dos niñas? ¿De verdad hacía falta tanto?», llegó a decir una noche, mientras yo intentaba calmar a las pequeñas. «¿Cómo puedes hablar así de tus propias hijas? ¿Tan mal te va la vida?», le reproché, esperando que reaccionara. Pero solo conseguí que se encerrara más en sí mismo.
Empezó a desaparecer durante días. Decía que tenía mucho trabajo, pero yo sabía que era mentira. Una tarde, sin previo aviso, anunció que quería divorciarse. «No puedo más, mamá. Esto no es vida para mí». Me quedé helada. Olga, con las gemelas en brazos, no dijo nada. Solo apretó los labios y asintió, como si ya lo hubiera esperado.
Me puse de parte de Olga. «Sergio, lo que estás haciendo es una canallada. Estas niñas necesitan a su madre, y Olga no tiene a nadie más. Se quedan aquí, contigo o sin ti». Mi hijo se marchó esa misma noche, dando un portazo que aún resuena en mi memoria. Durante años, no supe nada de él. Olga y yo sacamos adelante a las niñas como pudimos. Ella trabajaba en una tienda del barrio, yo cuidaba de las pequeñas y hacía lo posible por mantener la casa en pie.
Un día, llegó una carta del juzgado. Sergio reclamaba su parte de la casa. Olga me tranquilizó: «No te preocupes, Carmen. Lo esperaba desde hace tiempo. He estado ahorrando y he invertido parte de mi sueldo en un piso pequeño. Podemos mudarnos cuando quieras». Me sentí aliviada, pero también herida. Pensé que Olga preferiría vivir sola con sus hijas, que ya no me necesitaría. Pero ella insistió: «Tú eres mi familia. No quiero que te quedes sola en esa casa vacía».
Nos mudamos a un piso modesto en las afueras de Valladolid. Los primeros días fueron duros. Extrañaba mi antigua casa, mis rutinas, incluso a mi hijo, aunque me doliera reconocerlo. Pero Olga y las niñas llenaron mi vida de nuevo sentido. Lucía y Paula crecían sanas y felices, y yo me convertí en su segunda madre. Olga, a pesar de todo lo que había sufrido, nunca perdió la esperanza ni la alegría. «Mamá, no necesito a nadie más. Tengo a mis hijas y te tengo a ti. Somos una familia, aunque no llevemos la misma sangre».
A veces, por las noches, me asaltan las dudas. ¿Hice bien en enfrentarme a mi propio hijo? ¿Podría haber hecho algo diferente para evitar tanto dolor? Pero luego veo a Olga, a mis nietas, y sé que tomé la decisión correcta. La familia no siempre es la que uno elige, pero sí la que uno cuida y protege.
Ahora, cuando veo a Lucía y Paula jugar en el parque, siento que la vida me ha dado una segunda oportunidad. Y me pregunto: ¿cuántas madres en España han tenido que elegir entre un hijo y lo que es justo? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar? ¿Se puede perdonar a un hijo que ha roto el corazón de su familia?