Oración bajo la ventana del hospital: Cuando creí perderlo todo

—¡Lucía! ¡Lucía, por favor, dime algo!—. Mi voz temblaba mientras me arrodillaba junto a su cuerpo, caído sobre las baldosas frías de nuestra cocina en Alcalá de Henares. El café se derramaba lentamente, formando un charco oscuro junto a su mano. Todo sucedió en un instante: el sonido sordo de su caída, el grito ahogado de nuestra hija Paula desde el pasillo, mi corazón desbocado. Llamé al 112 con los dedos torpes y la voz rota.

Nunca imaginé que un martes cualquiera pudiera convertirse en el principio de mi peor pesadilla. Los minutos hasta que llegó la ambulancia fueron eternos. Paula lloraba abrazada a mi pierna, preguntando una y otra vez: —¿Mamá va a estar bien?—. Yo no tenía respuestas. Solo podía acariciarle el pelo y repetirle: —Claro que sí, cariño, claro que sí—, aunque ni yo mismo lo creía.

En el hospital Príncipe de Asturias todo era frío y blanco. Nos hicieron esperar en una sala donde el reloj parecía burlarse de nosotros. Cuando por fin salió el médico, su cara lo decía todo antes de que hablara.

—¿Es usted el marido de Lucía García?—

Asentí, sintiendo cómo se me encogía el estómago.

—Ha sufrido una hemorragia cerebral muy grave. Ahora mismo está en quirófano. Haremos todo lo posible, pero…—

No terminó la frase. No hizo falta. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Paula se aferró a mi brazo con fuerza. Yo solo pensaba en la última vez que discutimos por una tontería: que si no había bajado la basura, que si siempre llegaba tarde del trabajo. ¿Por qué perdemos tiempo en cosas tan insignificantes?

Las horas siguientes fueron un desfile de familiares y amigos. Mi madre llegó desde Guadalajara con los ojos rojos de tanto llorar. Mi cuñado Sergio intentaba animarme con frases vacías: —Lucía es fuerte, saldrá de esta—. Pero yo veía el miedo en sus ojos.

La noche cayó y nos obligaron a salir del hospital. Me negué a irme lejos; me quedé bajo la ventana de la UCI, mirando las luces encendidas y rezando como nunca antes lo había hecho. No soy un hombre religioso, pero esa noche recé a todos los santos que recordaba de mi infancia. —Por favor, no me la quites— susurré al cielo.

Los días pasaron como una niebla espesa. Paula se quedó con mi hermana Marta; yo apenas comía ni dormía. Cada mañana volvía al hospital y preguntaba lo mismo:

—¿Cómo está mi mujer? ¿Ha despertado?—

Siempre la misma respuesta: —Sigue estable, pero no hay cambios—.

Una tarde, mientras esperaba en la cafetería del hospital, escuché a dos enfermeras hablar:

—Es una pena, tan joven… Y con una niña pequeña.—

Sentí rabia y miedo a partes iguales. ¿De verdad todos pensaban que Lucía no iba a salir adelante? ¿Era yo el único idiota que seguía creyendo en milagros?

El tercer día, el médico jefe nos reunió a la familia.

—La situación es muy delicada. Si Lucía no reacciona en las próximas 48 horas, habrá que tomar decisiones difíciles.—

Mi madre rompió a llorar; Sergio apretó los puños; yo sentí que me ahogaba. Salí corriendo al aparcamiento y grité hasta quedarme sin voz.

Esa noche volví a la ventana del hospital. Llovía y hacía frío, pero no podía irme. Saqué una foto de nuestra boda del bolsillo y la apreté contra el pecho.

—Lucía, si puedes oírme… No te vayas. Paula te necesita. Yo te necesito.—

No sé cuánto tiempo estuve allí, empapado y temblando. De repente, sentí una mano en mi hombro.

—¿Eres tú el marido de Lucía?— Era una enfermera joven, Ana.

Asentí sin poder hablar.

—Hoy ha movido los dedos de la mano derecha. Es poco, pero es algo.—

Me derrumbé en un llanto silencioso. Por primera vez en días sentí una chispa de esperanza.

Las siguientes horas fueron una montaña rusa emocional. Cada pequeño avance —un parpadeo, un leve movimiento— era celebrado como un triunfo por toda la familia. Paula dibujó un corazón para su madre y se lo di a Ana para que lo pusiera junto a su cama.

Una semana después, Lucía abrió los ojos por primera vez. No podía hablar ni moverse bien, pero estaba ahí; sus ojos buscaban los míos cuando entré en la habitación.

—Hola, amor… Estoy aquí.— Le cogí la mano y sentí cómo apretaba débilmente mis dedos.

La recuperación fue lenta y dolorosa. Lucía tuvo que aprender a caminar y hablar de nuevo; hubo días en los que quería rendirse.

—No puedo más, Diego… No soy la misma.—

—Eres tú, Lucía. Y eso es todo lo que importa.—

Paula fue nuestra mayor motivación. Cada dibujo suyo era un rayo de sol en medio de tanta oscuridad.

Hoy han pasado seis meses desde aquel día maldito. Lucía sigue luchando; ya camina sola y ha vuelto a reírse con Paula viendo “Los Serrano” en la tele. A veces discutimos por tonterías —la vida sigue siendo imperfecta— pero ahora sé que cada minuto juntos es un regalo.

A veces me pregunto: ¿Por qué tuvo que pasar esto para darme cuenta de lo importante que es valorar a quienes amamos? ¿Cuántos de vosotros habéis sentido ese miedo a perderlo todo? ¿Qué haríais si mañana vuestra vida cambiara para siempre?