Padre soltero en Madrid: Turnos de noche, lágrimas y una carta inesperada

—¿Papá, por qué mamá no vuelve?— preguntó Sofía, con los ojos grandes y llenos de lágrimas, mientras yo intentaba calentar una sopa de sobre en la cocina diminuta de nuestro piso en Vallecas. El reloj marcaba las siete y media de la mañana, y yo apenas podía mantenerme en pie tras otra noche interminable en el almacén de la M-40. Miré a mi hija y sentí cómo el cansancio me arañaba el alma.

No supe qué responderle. Desde que Lucía se marchó hace seis meses, llevándose consigo sus promesas y su perfume a jazmín, todo lo que era sólido en mi vida se había vuelto líquido. Me quedé solo con Sofía, de seis años, y Pablo, que apenas tenía tres. La rutina era una cuerda floja: dejarles en el colegio, correr al trabajo, volver a casa a preparar la cena, lavar la ropa, revisar deberes… Y siempre esa pregunta sin respuesta flotando en el aire.

Mi madre, Carmen, venía a veces a ayudarme, pero la distancia y su artrosis no le permitían estar tanto como quisiera. Mi padre, Antonio, apenas me hablaba desde que Lucía se fue. «Eso te pasa por no saber mantener a tu familia», me soltó una noche en la sobremesa, con la voz áspera y los ojos clavados en el plato. Me dolió más de lo que quise admitir.

En el trabajo, los compañeros me miraban con lástima. «Álvaro, ¿no has dormido nada otra vez?», preguntaba Raúl mientras descargábamos cajas de fruta a las tres de la mañana. Yo solo asentía y seguía adelante. No podía permitirme el lujo de caer.

Las noches eran lo peor. Cuando el silencio llenaba la casa y los niños dormían, me sentaba en el sofá con la cabeza entre las manos. A veces lloraba. Otras veces solo miraba la foto de Lucía en la estantería y me preguntaba qué había hecho mal. ¿Por qué se fue? ¿Por qué no fui suficiente?

Una noche especialmente dura, cuando Pablo tuvo fiebre y yo no tenía ni paracetamol ni fuerzas para salir a buscarlo, sentí que tocaba fondo. Llamé a mi hermana Marta entre sollozos. Ella vino corriendo desde Carabanchel, me abrazó fuerte y me dijo: «No estás solo, Álvaro. No puedes seguir así».

Pero yo sí estaba solo. O al menos así lo sentía cada vez que veía la cama vacía al otro lado del dormitorio.

El dinero apenas alcanzaba para pagar el alquiler y la comida. Había dejado de salir con amigos; incluso dejé de jugar al fútbol los domingos. Todo era trabajo y niños. Y culpa.

Una tarde de domingo, mientras recogía los juguetes del salón, Sofía se acercó con un dibujo: era una familia con tres personas cogidas de la mano bajo un sol enorme. «Somos nosotros ahora», me dijo. Me rompió el corazón y me dio fuerzas al mismo tiempo.

Pero la tensión seguía creciendo. Un día recibí una carta del colegio: Sofía tenía problemas para concentrarse y Pablo lloraba mucho en clase. Me citaron con la orientadora escolar. «Álvaro, tus hijos necesitan estabilidad», me dijo con voz suave pero firme. Sentí que todo se desmoronaba.

Esa misma noche discutí con mi padre por teléfono. «¡No puedes seguir así! ¡Busca ayuda!», gritó él antes de colgarme. Me quedé mirando el móvil con rabia y tristeza.

Pasaron los días y las noches sin grandes cambios hasta que una noche, al llegar del trabajo, encontré un sobre blanco en el buzón. No tenía remitente. Lo abrí temblando y leí:

«Álvaro,

Sé que estás luchando más de lo que nadie imagina. No estás solo. Hay gente que te quiere y quiere ayudarte. No tengas miedo de pedir ayuda. Habla con Marta, habla con mamá. No te encierres más.

Con cariño,
Alguien que te admira mucho»

Me quedé helado. No reconocí la letra, pero sentí un calor inesperado en el pecho. Llamé a Marta esa misma noche y le conté todo entre lágrimas. Ella vino enseguida y me abrazó fuerte.

—Tienes que dejarte ayudar, Álvaro —me susurró—. No eres menos hombre por necesitar apoyo.

A partir de ese día empecé a aceptar ayuda: mi madre venía más a menudo; Marta se llevaba a los niños algunos fines de semana; incluso hablé con la orientadora del colegio para pedir orientación psicológica para los niños… y para mí también.

Poco a poco las cosas empezaron a mejorar. No fue fácil ni rápido: hubo recaídas, noches sin dormir y días llenos de dudas. Pero aprendí a pedir ayuda y a no avergonzarme por ello.

Hoy sigo trabajando de noche y criando solo a mis hijos, pero ya no siento ese peso insoportable sobre mis hombros. He aprendido que ser padre soltero en España es una carrera de fondo llena de obstáculos… pero también de pequeños milagros cotidianos.

A veces me pregunto: ¿Cuántos padres o madres estarán pasando por lo mismo ahora mismo? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda cuando más la necesitamos?