Se Casó con un Desconocido en una Habitación de Hospital: Cuando el Dinero No Compra la Paz

—¿De verdad vas a hacerlo, Sofía? ¿Vas a casarte con un desconocido por dinero? —La voz de Lucía, mi mejor amiga desde el instituto, temblaba más que mis propias manos mientras me miraba con los ojos abiertos como platos.

—¿Y qué otra opción tengo? —le respondí, casi susurrando, mientras apretaba el móvil contra la oreja y miraba el techo blanco y agrietado de la sala de espera del Hospital General de Valencia. El pitido de las máquinas y el olor a desinfectante me recordaban que la vida no espera a nadie. Mi madre llevaba meses en diálisis, y cada factura era un puñal más en el corazón. El alquiler del piso en Ruzafa estaba atrasado, y el casero ya me había amenazado con echarme a la calle.

—Pero Sofía… ¡Eso no es vida! —insistió Lucía.

—Tampoco es vida ver cómo mamá se apaga cada día porque no puedo pagarle el tratamiento. —Sentí que las lágrimas querían salir, pero ya no quedaban. Me las había gastado todas en noches en vela y cafés recalentados.

La propuesta llegó como una bofetada: un abogado elegante, con corbata azul y mirada fría, se me acercó mientras esperaba el turno para ver a mi madre. «Mi cliente necesita casarse urgentemente para resolver un asunto legal. Está ingresado aquí mismo. Si acepta, recibirá 20.000 euros en efectivo tras la boda. Solo tiene que firmar y estar presente cuando despierte.»

No pregunté mucho más. No podía permitirme el lujo de dudar. El dinero era real, la necesidad también.

La boda fue surrealista: dos testigos del hospital, una enfermera que apenas levantó la vista del papeleo, y un sacerdote que parecía más cansado que yo. El hombre, Javier, estaba inconsciente en la cama, pálido como una sábana. No sabía nada de él salvo su nombre y que necesitaba casarse para heredar algo de un tío lejano.

Firmé los papeles con manos temblorosas. El abogado me entregó el sobre con el dinero y desapareció tan rápido como había llegado.

Las semanas pasaron entre turnos dobles en la cafetería del hospital, visitas a mi madre y noches sin dormir contando billetes una y otra vez para asegurarme de que no era un sueño. Hasta que una tarde, mientras cambiaba las sábanas de mi madre, una enfermera me buscó:

—Sofía, tu… marido… ha despertado. Pregunta por ti.

Sentí un nudo en el estómago. Caminé por los pasillos como si fuera al cadalso. Cuando entré en la habitación, Javier me miraba con unos ojos verdes intensos, llenos de confusión y miedo.

—¿Tú eres Sofía? —preguntó con voz ronca.

—Sí… —respondí, tragando saliva.

—¿Por qué estamos casados? ¿Quién eres tú? —Su voz era suave pero firme.

Me senté a su lado y le conté la verdad. No adorné nada. Le hablé del dinero, de mi madre, de mi desesperación. Él escuchó en silencio, sin apartar la mirada.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó finalmente.

No supe qué decirle. No había pensado en el después. Solo quería sobrevivir al presente.

Javier resultó ser mucho más humano de lo que esperaba. No me juzgó ni me gritó. Me contó su historia: una familia rota por peleas de herencia, un accidente absurdo que lo dejó semanas en coma, y una soledad tan grande como la mía.

Empezamos a vernos cada día. Al principio solo hablábamos del papeleo del divorcio, pero poco a poco compartimos cafés en la cafetería del hospital, paseos por los jardines cuando él pudo levantarse… Descubrí que le gustaba el arroz al horno tanto como a mí y que odiaba las fallas porque le asustaban los petardos.

Pero la presión no desapareció: mi madre empeoraba, el dinero se acababa y yo seguía sintiéndome una impostora. La familia de Javier empezó a sospechar; su hermana vino a verme y me llamó «buscona» delante de todos en la sala de espera. Sentí ganas de gritarle que no tenía ni idea de lo que era luchar cada día para sobrevivir.

Una noche, después de una discusión con mi madre porque no quería seguir luchando contra la enfermedad, salí al balcón del hospital y lloré como hacía años que no lloraba. Javier apareció a mi lado sin decir nada. Solo me abrazó.

—¿Sabes? —me dijo al oído— A veces la vida nos pone pruebas imposibles solo para ver si somos capaces de seguir adelante… juntos o solos.

No sé si fue el cansancio o la ternura en su voz, pero sentí que por primera vez en mucho tiempo no estaba sola.

Ahora todo ha cambiado. Mi madre falleció hace dos meses; Javier y yo seguimos casados, aunque nadie entiende por qué. A veces discutimos por tonterías —él deja siempre los calcetines tirados— pero también reímos juntos viendo viejas películas españolas los domingos por la tarde.

¿Hice bien aceptando aquel trato? ¿O fue solo otra forma de perderme a mí misma? ¿Qué habríais hecho vosotros si estuvierais en mi lugar?