Sesenta velas y un sobre: el día que mi vida se rompió

—¿Y esto qué es, Tomás? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía el sobre blanco entre mis manos. La tarta aún humeaba en la mesa, las velas apenas apagadas, y mis nietos correteaban por el pasillo. Tomás no me miró a los ojos. —Ábrelo, por favor —dijo, casi en un susurro.

Lo abrí. Dentro no había entradas para el teatro ni una carta de amor tardía. Eran los papeles del divorcio. Mi sesenta cumpleaños se convirtió, en un solo segundo, en el día en que mi vida se rompió en mil pedazos.

Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. ¿Cómo era posible? ¿Después de cuarenta años juntos? Miré a Tomás, buscando una explicación, una señal de arrepentimiento, pero sólo vi cansancio y una tristeza que no reconocía. Me levanté torpemente, tropezando con la silla, y salí al balcón. El aire de Madrid era frío esa tarde de marzo, pero no tanto como el hielo que sentía en el pecho.

Recordé la primera vez que Tomás me llevó a ese mismo balcón, cuando aún éramos jóvenes y soñábamos con tener hijos, viajar a Granada y envejecer juntos. ¿Cuándo se había roto todo? ¿Había señales que yo no quise ver?

La familia empezó a notar el silencio. Mi hija Lucía fue la primera en acercarse.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué estás llorando?
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que su padre había decidido dejarme justo el día que celebrábamos mi vida?

Esa noche apenas dormí. Escuché a Tomás recogiendo sus cosas en la habitación de invitados. Oí cómo cerraba la maleta con cuidado, como si no quisiera despertarme. Pero yo ya estaba despierta. Más despierta que nunca.

A la mañana siguiente, la casa olía a café y a soledad. Tomás se fue temprano, dejando una nota en la mesa: «Lo siento, Carmen. No podía más.»

Durante días me moví como un fantasma por la casa. Los vecinos murmuraban en el portal; en el supermercado, las cajeras me miraban con lástima. Mi hermana Pilar vino a verme.
—¿Pero cómo ha podido hacerte esto? ¡Después de toda una vida!
—No lo sé —le respondí—. Quizá nunca lo supe realmente.

Las semanas pasaron y empecé a descubrir secretos escondidos entre las paredes de mi propia casa. Encontré mensajes en el móvil de Tomás, conversaciones con una tal Mercedes. Fotos de viajes que nunca hicimos juntos. Me sentí ridícula por no haber sospechado nada.

La rabia sustituyó al dolor. Discutí con Lucía cuando intentó defender a su padre.
—Mamá, papá también tiene derecho a ser feliz.
—¿Y yo? ¿No tengo derecho yo después de cuarenta años?

Mi hijo Álvaro dejó de llamarme durante semanas; no soportaba verme tan rota. Me sentí sola como nunca antes. Salía a caminar por el Retiro sólo para no escuchar el eco de mi propia tristeza en las paredes del piso.

Una tarde, mientras paseaba entre los castaños, me encontré con Teresa, una antigua amiga del instituto.
—Carmen, ¿eres tú? ¡Cuánto tiempo!
Le conté lo sucedido y ella me abrazó fuerte.
—No eres la única —me susurró—. A mí me pasó algo parecido hace dos años.

Empezamos a vernos cada semana para tomar café y hablar de nuestras vidas rotas. Teresa me animó a apuntarme a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Al principio me sentía torpe, fuera de lugar entre pinceles y lienzos, pero poco a poco empecé a disfrutarlo.

Un día pinté un cuadro: un balcón abierto al atardecer, con las luces de Madrid encendidas y una figura femenina mirando al horizonte. Era yo, pero también era todas las mujeres que han tenido que reconstruirse desde cero.

El proceso del divorcio fue largo y doloroso. Tomás venía a recoger sus cosas sin mirarme a los ojos. A veces discutíamos por tonterías: quién se quedaba con los libros antiguos, quién con las fotos familiares.

Una tarde, mientras repartíamos los recuerdos como si fueran simples objetos, le pregunté:
—¿Por qué ahora? ¿Por qué así?
Tomás suspiró.
—No podía seguir fingiendo. Hace años que no somos felices.
—¿Y crees que yo sí lo era?
Se encogió de hombros y se marchó sin decir adiós.

Las fiestas familiares se volvieron incómodas. Mis nietos preguntaban por el abuelo; Lucía intentaba organizar comidas donde no coincidíamos nunca todos juntos. Me dolía ver cómo nuestra familia se deshacía poco a poco.

Pero también aprendí cosas nuevas sobre mí misma. Aprendí a estar sola sin sentirme vacía. Aprendí a pedir ayuda cuando la necesitaba y a decir «no» sin sentirme culpable. Empecé a viajar sola: fui a Sevilla en primavera y lloré frente a la Giralda; visité Santiago y recé por mi madre en la catedral.

Un día recibí una carta de Tomás. Decía que estaba arrepentido por el daño causado pero que necesitaba vivir su propia vida. No le respondí. Guardé la carta en un cajón junto con los recuerdos de lo que fuimos.

Hoy cumplo sesenta y uno. He invitado a Teresa y a mis hijos a cenar en casa. No habrá tarta grande ni velas para soplar; sólo una mesa llena de gente que me quiere tal como soy ahora: rota pero entera, herida pero viva.

A veces me pregunto si algún día podré perdonar del todo a Tomás o si aprenderé a quererme sin necesitar la aprobación de nadie más.

¿Es posible empezar de nuevo después de perderlo todo? ¿Alguien más ha sentido cómo su vida se desmorona en un solo segundo?