Si tienes un poco de conciencia, al menos friega los platos: Historia de una madre en Madrid
—Si tienes un poco de conciencia, al menos friega los platos —le espeté a Lucía, la nueva pareja de mi exmarido, mientras recogía el vaso de leche derramado por mi hijo en la mesa del salón. Ella me miró por encima del hombro, con esa sonrisa fría que me helaba la sangre desde el primer día que la vi en la puerta del colegio, agarrada del brazo de Sergio, mi ex.
No era la primera vez que discutíamos. Ni sería la última. Pero aquel martes de abril, con la lluvia golpeando los cristales del piso de Carabanchel y mi hijo Pablo jugando en el pasillo con sus coches de plástico, sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—No estoy aquí para limpiar lo que tú no sabes educar —me respondió Lucía, sin bajar la voz. Pablo levantó la cabeza y me miró con esos ojos grandes, llenos de preguntas que nunca se atrevía a hacer en voz alta. Me tragué las lágrimas y apreté los dientes. No iba a llorar delante de ella. No iba a darle ese placer.
Desde que Sergio se fue hace dos años, mi vida se convirtió en una sucesión de batallas pequeñas y grandes. La custodia compartida fue una condena disfrazada de justicia: una semana conmigo, otra con él y Lucía. Al principio pensé que podría soportarlo. Que Pablo se adaptaría. Que yo sería fuerte. Pero nadie te prepara para ver cómo tu hijo empieza a llamar «mamá» a otra mujer, aunque sea por error o por costumbre.
Mi madre me decía: —Amalia, tienes que ser digna. No te rebajes. Pero ¿cómo se mantiene la dignidad cuando te arrebatan lo más sagrado? Cuando cada domingo por la tarde entregas a tu hijo en el portal de otro piso, con su mochila azul y su peluche favorito, y te quedas sola en casa escuchando el eco de tus propios pasos.
A veces pienso que Madrid es una ciudad hecha para los que no tienen miedo a la soledad. Yo sí lo tengo. Lo confieso. Me asusta llegar a casa y ver la cama vacía, los juguetes ordenados, el silencio absoluto. Me asusta más aún pensar que Pablo pueda querer más a Lucía que a mí.
—¿Por qué no puedes llevarte bien con ella? —me preguntó Sergio una noche, cuando vino a recoger a Pablo y yo le reproché que Lucía le gritara al niño por cualquier tontería.
—Porque no es su madre —le respondí, sintiendo cómo me ardían las mejillas.
—Pero está en su vida. Y tú tienes que aceptarlo —insistió él, como si fuera tan fácil como cambiar de canal en la tele.
No lo acepto. No puedo. Cada vez que Pablo vuelve de su semana con ellos, trae palabras nuevas, costumbres nuevas, hasta olores nuevos en su ropa. Un día llegó diciendo que Lucía le había enseñado a atarse los cordones. Otro día me contó que ella le preparaba tortitas para desayunar los sábados. Yo nunca tuve tiempo para hacer tortitas; entre el trabajo en la gestoría y las horas extra limpiando casas por las tardes, apenas me alcanzaba el día para prepararle un bocadillo y leerle un cuento antes de dormir.
La culpa es una sombra pegajosa que no me abandona nunca. ¿Y si no soy suficiente? ¿Y si Pablo es más feliz con ellos? ¿Y si todo esto es culpa mía por no haber sabido retener a Sergio?
Mi hermana Carmen intenta animarme: —Amalia, tú eres su madre. Eso nadie te lo puede quitar.
Pero yo sé que la realidad es más cruel. En el parque, otras madres me miran con lástima o con juicio cuando ven que Pablo corre hacia Lucía en vez de hacia mí. Una vez escuché a una decir: «Pobre Amalia, se le nota que está desbordada». No saben nada de mí. No saben cuántas noches paso en vela pensando si hago lo correcto.
El conflicto llegó al límite el día del cumpleaños de Pablo. Sergio insistió en hacer una fiesta conjunta en su casa nueva, para «no confundir al niño». Yo acepté por él, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que no debía hacerlo.
La tarde fue un desfile de sonrisas forzadas y regalos duplicados. Lucía organizó juegos y preparó una tarta enorme con el nombre de Pablo en letras azules. Yo llevé mi bizcocho de yogur, el que siempre le hacía desde pequeño. Nadie lo probó salvo mi hermana y mi madre.
Al final del día, cuando todos se fueron y yo recogía los platos desechables del suelo, Lucía se acercó y me susurró:
—Deberías aprender a soltar. Pablo necesita estabilidad.
Me quedé paralizada. ¿Soltar? ¿Cómo se suelta a un hijo? ¿Cómo se aprende a ser madre solo la mitad del tiempo?
Esa noche lloré hasta quedarme dormida abrazada al peluche de Pablo. Al día siguiente, cuando fui a buscarle al colegio, él corrió hacia mí y me abrazó fuerte.
—Mamá, ¿hoy podemos leer dos cuentos?
Le besé la frente y sentí un poco de paz. Solo un poco.
Ahora escribo esto sentada en la cocina mientras Pablo duerme en su habitación. La casa está en silencio y yo sigo preguntándome si algún día podré perdonar a Sergio, o incluso a Lucía. Si podré perdonarme a mí misma por no ser la madre perfecta.
¿Dónde termina el deber de una madre? ¿Cuándo empieza mi derecho a buscar mi propia felicidad? ¿Alguien más ha sentido este desgarro?