Siempre joven: El precio de un rostro sin edad
—¿Otra vez mirándote al espejo, Lucía? —La voz de mi madre, Carmen, retumbó en el pasillo, cargada de ese tono entre reproche y resignación que tanto detestaba.
No respondí. Me limité a observar mi reflejo, buscando alguna arruga, alguna señal de que el tiempo pasaba también por mí. Pero no, ahí estaba yo, con mis treinta y cinco años y la misma cara de adolescente que tenía a los diecisiete. «Pareces una cría», decían todos. «¡Qué suerte tienes!», insistían mis amigas. Pero nadie sabía lo que dolía no ser tomada en serio, sentir que tu vida se quedaba estancada en una eterna juventud que no habías pedido.
Mi padre, Antonio, siempre bromeaba con que podría colarme en el instituto sin que nadie sospechara. Mi hermano mayor, Sergio, me llamaba «Peter Pan» en las reuniones familiares. Al principio reía con ellos, pero con los años la broma se volvió amarga. ¿Por qué nadie veía el daño que me hacía?
Recuerdo una tarde de verano en la terraza de casa, rodeada de mis primos y tías. Todos hablaban de sus logros: bodas, hijos, ascensos en el trabajo. Cuando llegó mi turno, mi tía Pilar soltó: —Bueno, Lucía aún tiene tiempo para todo eso. ¡Si parece que acaba de salir del colegio!
Las risas me atravesaron como cuchillas. Nadie notó cómo apretaba los puños bajo la mesa.
En el trabajo tampoco era diferente. Llevaba años en la misma empresa de seguros en Madrid, pero mis compañeros seguían tratándome como a una becaria. Cuando propuse una idea para mejorar la atención al cliente, el jefe, don Manuel, me miró por encima de las gafas y dijo: —Qué entusiasmo tienes, Lucía. Ya crecerás y verás cómo es la vida real.
¿Ya crecerás? ¿Acaso no era ya adulta? ¿No había pasado noches sin dormir preocupada por facturas, por la salud de mis padres, por el futuro? ¿Por qué nadie lo veía?
La obsesión empezó a devorarme poco a poco. Cada mañana me levantaba antes del amanecer para comprobar si mi piel seguía igual de tersa. Compré cremas caras, leí foros sobre envejecimiento prematuro y hasta consideré teñirme el pelo de gris para parecer mayor. Pero nada funcionaba.
Mi novio, Álvaro, intentaba animarme:
—Lucía, eres preciosa tal y como eres. ¿Por qué te importa tanto lo que digan los demás?
—Porque no entienden —le respondía entre lágrimas—. No saben lo que es vivir atrapada en un cuerpo que no te representa.
Poco a poco empecé a alejarme de él también. Sentía que ni siquiera él podía comprenderme del todo. Las discusiones se hicieron más frecuentes:
—No puedo seguir así —me dijo una noche—. No puedo competir con tus fantasmas.
Y se fue.
La soledad se instaló en mi piso como un huésped indeseado. Mis padres intentaban ayudarme a su manera:
—Lucía, tienes que salir más, distraerte —insistía mi madre.
—No puedes dejar que esto te consuma —añadía mi padre.
Pero yo solo quería encerrarme y desaparecer.
Un día, mi hermano Sergio vino a verme. Traía una caja con fotos antiguas:
—Mira —dijo mientras sacaba una imagen de cuando éramos niños—. Siempre has sido especial, Lucía. Pero tienes que dejar de castigarte por algo que no puedes controlar.
Me derrumbé. Lloré como no lo hacía desde niña. Sergio me abrazó y por primera vez sentí que alguien realmente me veía.
A partir de ese día decidí buscar ayuda profesional. La psicóloga, Marta, me hizo ver que mi problema no era solo la apariencia, sino la necesidad de validación externa y el miedo a no encajar en los moldes sociales.
Empecé a hablar más abiertamente con mi familia:
—No quiero que me digáis más lo joven que parezco —les pedí durante una comida—. Quiero que me preguntéis cómo estoy, qué siento.
El silencio fue incómodo al principio, pero poco a poco las conversaciones cambiaron. Mi madre empezó a interesarse por mis proyectos en el trabajo; mi padre dejó de bromear sobre mi edad; Sergio me invitó a salir con sus amigos sin presentarme como «la pequeña».
En el trabajo también aprendí a poner límites:
—No soy una niña —le dije un día a don Manuel—. Tengo experiencia y merezco respeto.
No fue fácil, pero poco a poco fui recuperando la confianza en mí misma.
Ahora miro al espejo y veo algo más que una cara joven: veo a una mujer que ha luchado contra sus propios demonios y ha aprendido a aceptarse.
A veces me pregunto: ¿Cuántas personas viven atrapadas en una imagen que no eligieron? ¿Cuánto daño nos hace la obsesión social por la apariencia? ¿De verdad importa tanto cómo nos ven los demás?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu aspecto te define más de lo que quisieras?