Una visita inesperada: ¿Cómo puede una hija abandonar a su propia madre?

—¿Por qué no viene mi hija hoy? —me preguntó Carmen, con la voz temblorosa, mientras yo le ajustaba la almohada. Era la tercera vez esa mañana que miraba hacia la puerta, esperando ver a Lucía, su única hija. Yo intenté sonreírle, pero sentí un nudo en el estómago. Sabía que Lucía había llamado para decir que no podría venir esa semana, pero no tuve valor para decírselo de nuevo.

Carmen llevaba ya ocho días ingresada en nuestra planta de geriatría. Era menuda, con el pelo blanco recogido en un moño y unos ojos vivaces que se iluminaban cada vez que alguien le dirigía la palabra. Desde el primer día, me encariñé con ella. Siempre tenía una broma lista o una historia de su infancia en Salamanca. «Cuando era niña, mi madre me decía que nunca dejara de reírme, aunque el mundo se cayera a pedazos», me contó una tarde mientras le tomaba la tensión.

La primera semana fue tranquila. Carmen recibía llamadas diarias de Lucía y alguna videollamada con sus nietos. Pero el domingo, todo cambió. Lucía llegó al hospital con prisa, apenas saludó a su madre y se quedó mirando el móvil durante toda la visita. Carmen intentó hablarle de sus dolores y de lo mucho que la echaba de menos en casa, pero Lucía solo respondía con monosílabos.

—Mamá, no puedo estar aquí mucho rato. Tengo que llevar a los niños al fútbol y luego pasar por el supermercado —dijo Lucía sin mirarla a los ojos.

—Pero hija, ¿no puedes quedarte un poco más? Hace días que no te veo —suplicó Carmen, con una sonrisa forzada.

—De verdad, mamá, no puedo. Además, aquí estás bien cuidada. Patricia es un encanto —respondió Lucía, lanzándome una mirada rápida como si buscara mi aprobación.

Me sentí incómoda, como si estuviera invadiendo un momento privado. Pero Carmen me agarró la mano con fuerza cuando Lucía se levantó para irse.

—¿Vendrás mañana? —preguntó Carmen, casi en un susurro.

—Ya veremos —dijo Lucía antes de salir apresurada por el pasillo.

A partir de ese día, Carmen se fue apagando poco a poco. Ya no contaba historias ni hacía bromas. Pasaba las horas mirando por la ventana o preguntando por su hija. Yo intentaba animarla, pero sentía que mis palabras no llegaban a ningún sitio.

Una tarde, mientras le cambiaba el suero, Carmen rompió a llorar.

—¿He hecho algo mal, Patricia? ¿Por qué mi hija no quiere estar conmigo? —me preguntó entre sollozos.

No supe qué decirle. Me limité a abrazarla y a escucharla. Me contó cómo había criado sola a Lucía tras la muerte de su marido en un accidente laboral en una obra del centro de Madrid. Cómo había trabajado limpiando casas para sacar adelante a su hija y pagarle los estudios en la universidad complutense. «Siempre pensé que cuando fuera mayor tendría a mi familia cerca… pero ahora me siento más sola que nunca», murmuró.

Esa noche no pude dormir. Pensaba en mi propia madre, en cómo discutimos por tonterías y en lo poco que la visito últimamente porque siempre estoy cansada o tengo turno doble en el hospital. ¿Y si algún día ella también se siente así?

Los días pasaron y Lucía no volvió a aparecer. Solo llamaba para preguntar cuándo darían el alta a su madre y si podía irse antes porque tenía mucho trabajo. El médico jefe me confesó en voz baja:

—Patricia, esto pasa más de lo que imaginas. Muchos mayores acaban aquí porque sus familias no quieren o no pueden hacerse cargo.

Un viernes por la tarde, mientras ayudaba a Carmen a peinarse, apareció Lucía por sorpresa. Venía acompañada de sus dos hijos adolescentes, ambos absortos en sus móviles.

—Mamá, ya he hablado con los médicos. Te dan el alta el lunes —anunció Lucía sin preámbulos.

Carmen sonrió débilmente y extendió los brazos hacia sus nietos, pero ellos apenas le dieron dos besos rápidos antes de volver a sus pantallas.

—¿Vas a venir a casa conmigo? —preguntó Carmen con esperanza.

Lucía suspiró y bajó la voz:

—Mamá… he pensado que lo mejor es que vayas una temporada a la residencia cerca de casa. Así estarás atendida y yo podré organizarme mejor con los niños y el trabajo.

El silencio fue brutal. Carmen se quedó petrificada unos segundos antes de responder:

—¿Una residencia? Pero… yo quiero estar contigo, con mi familia…

Lucía evitó su mirada y empezó a recoger las cosas de su madre sin decir nada más.

Esa noche Carmen no durmió. Yo tampoco. Al día siguiente me pidió ayuda para escribir una carta para Lucía. No pude evitar leerla mientras la ayudaba:

«Querida hija: No te guardo rencor. Solo quiero que sepas que te quiero y que siempre estaré aquí para ti, aunque ya no viva contigo. Ojalá algún día entiendas lo que significa sentirse sola cuando más necesitas a los tuyos».

El lunes por la mañana vinieron a buscarla para llevarla a la residencia. Carmen me abrazó fuerte antes de irse:

—Gracias por escucharme, Patricia. No olvides nunca cuidar de los tuyos mientras puedas.

Me quedé mirando cómo se alejaba por el pasillo, arrastrando su pequeña maleta azul y con la cabeza bien alta pese al dolor evidente.

Ahora me pregunto: ¿En qué momento dejamos de cuidar a quienes nos cuidaron? ¿Es realmente tan difícil encontrar tiempo para nuestros padres cuando más nos necesitan? ¿Vosotros qué pensáis?