Cuando mis hijas se alejan: Mi lucha por ser padre tras el divorcio
—¡No puedes venir a buscarlas hoy, Sergio!—. La voz de Marta retumbó en el pasillo, tan fría como las baldosas bajo mis pies. Era viernes, y como cada viernes desde hacía un año, yo esperaba ver a Paula y Lucía, mis hijas, aunque solo fuera durante unas horas. Pero otra vez, una excusa, un cambio de planes, una barrera invisible que me alejaba de ellas.
Me quedé allí, con el móvil en la mano, escuchando el pitido sordo tras colgar. Sentí cómo la rabia y la impotencia me subían por la garganta. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento pasé de ser el padre que las llevaba al parque y les leía cuentos antes de dormir, a este extraño que pide permiso para verlas?
Recuerdo el día en que Marta y yo decidimos separarnos. Fue en la cocina, entre platos sin lavar y miradas cansadas. —No puedo más, Sergio. Esto no es vida—, me dijo ella. Yo tampoco podía más, pero nunca imaginé que el precio sería tan alto. Pensé que podríamos ser civilizados, que las niñas no sufrirían. Qué ingenuo fui.
La primera vez que Paula lloró porque no quería irse de casa de su madre fue como una puñalada. —Papá, ¿por qué no puedes quedarte aquí con nosotras?—. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña de ocho años que los adultos a veces se pierden en sus propios laberintos?
El proceso judicial fue un calvario. Horas en despachos grises, abogados hablando de custodia compartida como si se tratara de repartir muebles. Marta insistía en que yo era buen padre, pero que las niñas necesitaban estabilidad. —La estabilidad soy yo—, quise gritarle. Pero me callé. Siempre me callaba.
Mis padres me decían que luchara más, que no dejara que Marta se saliera con la suya. —En nuestra época estas cosas no pasaban—, repetía mi madre mientras me servía cocido los domingos. Pero yo no quería guerra; solo quería a mis hijas.
Las semanas pasaban y cada vez veía menos a Paula y Lucía. Marta empezó a apuntarlas a clases extraescolares los fines de semana: inglés, ballet, pintura… Siempre había algo que impedía nuestras visitas. Cuando protestaba, ella me acusaba de egoísta. —Piensa en ellas, Sergio. Necesitan rutina—.
Una noche, después de otra discusión telefónica, me senté en la cama y lloré como un niño. Me sentía solo en un piso vacío, rodeado de fotos antiguas: las vacaciones en Asturias, los cumpleaños en familia… ¿Dónde estaba esa familia ahora?
Intenté adaptarme. Les mandaba mensajes todos los días: buenos días, buenas noches, chistes malos que antes les hacían reír. A veces respondían con un emoji; otras veces, silencio absoluto. Empecé a temer que se acostumbraran a mi ausencia.
Un día fui al colegio para verlas salir. Me escondí tras un árbol como un adolescente enamorado. Cuando las vi reír con sus amigas sentí alivio: al menos parecían felices. Pero cuando Lucía me vio y corrió hacia mí gritando «¡Papá!», supe que aún quedaba algo entre nosotros.
—¿Por qué mamá dice que ya no te quiere?—me preguntó Paula una tarde en el parque.
—Porque a veces los mayores nos equivocamos y dejamos de entendernos—le respondí, tragando saliva.
—¿Y tú nos vas a dejar de querer?—
—Jamás—le prometí.
Pero la distancia crecía. Marta empezó a salir con otro hombre, Álvaro, y las niñas hablaban cada vez más de él. —Álvaro nos llevó al cine—, —Álvaro cocina mejor que tú—… Sentí celos, rabia y miedo. ¿Y si algún día dejan de necesitarme?
Intenté hablar con Marta muchas veces. Le pedí que pensara en las niñas antes que en sus rencores hacia mí. Pero ella solo veía mis defectos: mi trabajo absorbente, mi torpeza para expresar emociones, mis silencios incómodos.
Una tarde recibí una carta del juzgado: Marta pedía modificar el régimen de visitas para reducir aún más mi tiempo con las niñas. Me derrumbé. Llamé a mi amigo Luis y le conté todo entre sollozos.
—No te rindas, Sergio—me dijo—. Tus hijas te necesitan aunque ahora no lo vean.
Decidí luchar. Busqué ayuda psicológica para aprender a gestionar mi dolor y mi rabia. Empecé a escribir cartas a Paula y Lucía contándoles historias sobre cuando eran pequeñas, sobre lo mucho que las quería y lo orgulloso que estaba de ellas.
Algunas noches sueño que todo vuelve a ser como antes: risas en la mesa del desayuno, carreras por el pasillo… Pero despierto solo, con el eco de sus voces en mi memoria.
Hoy he vuelto a llamar a Marta para pedirle verlas este fin de semana.
—No sé si podrán—me dice sin emoción.
Cuelgo y miro al techo blanco de mi salón vacío.
¿Hasta cuándo tendré que luchar para no perderlas del todo? ¿Cuántos padres viven esta misma batalla silenciosa cada día? ¿De verdad es justo que el amor de un padre dependa de un papel firmado o del capricho del otro progenitor?