«Desde los dieciocho años pagaba alquiler a mi padre por mi propia habitación. Ahora espera que lo mantenga» – Mi historia de cuentas familiares, heridas y resentimientos

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi padre retumbó en el pasillo, seca como siempre.

Me quité los cascos y miré el reloj: las once y media. Había salido del trabajo agotada, con la cabeza llena de cuentas y la mochila aún más pesada por los tuppers que me había preparado yo misma. Desde que cumplí dieciocho años, mi padre me había dejado claro que en esta casa nada era gratis. Ni siquiera el cariño.

—He tenido turno doble —respondí, intentando no sonar cansada ni enfadada—. ¿Qué pasa ahora?

Él me miró desde la puerta del salón, con ese gesto agrio que parecía haberse instalado en su cara desde que mamá se fue. Me tendió la mano, sin decir nada más. Sabía lo que quería: el sobre con el dinero del alquiler de mi habitación. Mi propio cuarto, el mismo donde había crecido, ahora era un espacio alquilado. Ciento cincuenta euros al mes, más la comida y los gastos. Todo apuntado en una libreta azul que guardaba bajo llave.

Al principio pensé que era una broma cruel por su parte, una manera de enseñarme a ser responsable. Pero los meses pasaron y la situación no cambió. Mi hermana pequeña, Carmen, apenas tenía catorce años y a ella nunca le pidió nada. Solo a mí. Decía que ya era mayor de edad, que tenía que aprender cómo funcionaba la vida.

—¿Sabes lo que cuesta mantener una casa? —me repetía cada vez que intentaba protestar—. Aquí nadie vive de gratis.

Durante años, pagué sin rechistar. Trabajé en una cafetería mientras estudiaba en la universidad, me privaba de salir con mis amigas para poder ahorrar algo y soñaba con el día en que pudiera irme lejos. Pero la vida en Madrid no es fácil para nadie, y menos para una chica joven sin contactos ni ayuda familiar.

Cuando por fin conseguí un trabajo estable como administrativa en una gestoría, me fui de casa. Recuerdo perfectamente el día en que cerré la puerta tras de mí: sentí alivio y tristeza a partes iguales. Mi padre ni siquiera se despidió; solo me envió un mensaje con la cuenta bancaria para que le hiciera una última transferencia.

Durante años apenas hablamos. Carmen se fue a estudiar a Valencia y papá se quedó solo en el piso de siempre, cada vez más huraño y distante. Yo intenté rehacer mi vida: tuve parejas, amigos, incluso pensé en mudarme al extranjero. Pero siempre había algo que me ataba aquí, una mezcla de culpa y nostalgia difícil de explicar.

Hace dos meses, recibí una llamada inesperada. Era Carmen.

—Lucía, papá está mal —me dijo entre sollozos—. Le han diagnosticado EPOC y no puede trabajar más. No tiene ahorros… Me ha pedido ayuda.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Ayuda? ¿Ahora? Después de todos esos años en los que fui poco más que una inquilina en mi propia casa…

Aun así, fui a verle. El piso estaba igual de oscuro y frío que siempre. Papá había envejecido de golpe: tosía sin parar y apenas podía moverse del sofá.

—Hola —dije al entrar—. ¿Cómo estás?

Me miró con los mismos ojos duros de siempre, pero esta vez había algo distinto: miedo.

—No puedo pagar las facturas —admitió—. El banco amenaza con embargarme si no pago la luz…

Me senté frente a él, sintiendo cómo se agolpaban los recuerdos: los sobres con dinero, las discusiones, las noches llorando en silencio porque no entendía por qué mi padre me trataba así.

—¿Y qué esperas de mí? —pregunté, intentando mantener la voz firme.

—Eres mi hija —respondió simplemente—. La familia está para ayudarse.

Me reí, amarga.

—¿La familia? ¿Ahora sí somos familia? Cuando yo te pedía ayuda solo recibía facturas…

Se hizo un silencio incómodo. Carmen apareció en la puerta con los ojos rojos de tanto llorar.

—Por favor, Lucía… No podemos dejarle solo —suplicó.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que había pasado: los cumpleaños sin regalos, las Navidades frías, las veces que soñé con tener un padre como los demás. ¿Era justo que ahora tuviera que cargar con él? ¿O era simplemente lo correcto?

Al día siguiente volví al piso y le llevé comida y algo de dinero para las facturas. No fue un gesto de amor; fue más bien un acto de humanidad. Pero dentro de mí seguía ardiendo esa herida antigua, ese resentimiento que nunca cicatrizó del todo.

Ahora cada mes le ayudo con lo justo para que no le corten la luz ni el agua. Carmen viene los fines de semana y entre las dos intentamos cuidar de él… pero la relación sigue siendo tensa, llena de silencios y reproches no dichos.

A veces me pregunto si alguna vez podré perdonarle del todo o si nuestra historia está condenada a ser una suma interminable de cuentas pendientes.

¿Hasta dónde llega el deber familiar cuando el amor se mide en euros? ¿Vosotros habríais hecho lo mismo?