El silencio de los domingos: la historia de un padre y un hijo separados por el orgullo

—No quiero que vuelvas a esta casa, Mario. No mientras sigas con esa actitud.

Las palabras salieron de mi boca como un disparo. Ni siquiera sé si las pensé antes de decirlas. Recuerdo la expresión de Mario, mi hijo, parado en el umbral del salón, con los ojos llenos de rabia y tristeza. Tenía diecisiete años y llevaba semanas llegando tarde, contestando mal, encerrándose en su cuarto. Yo, Iván, su padre, me sentía impotente, incapaz de entender qué le pasaba. Mi mujer, Carmen, me miró con reproche, pero tampoco dijo nada. El silencio se instaló entre nosotros como una niebla espesa.

Aquella noche Mario no volvió a casa. Llamé a todos sus amigos, recorrí las calles del barrio de Chamberí buscándole bajo la lluvia. Cuando por fin apareció, al amanecer, empapado y con los ojos rojos, no quise abrazarle. Solo le pregunté dónde había estado y él me respondió con un portazo.

Así empezó nuestro distanciamiento. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Mario terminó el instituto por los pelos y se fue a vivir con unos amigos a Lavapiés. Yo seguía sin entenderle. ¿Por qué no quería hablar conmigo? ¿Por qué rechazaba todo lo que le ofrecía? Carmen intentaba mediar, pero cada conversación acababa en gritos o en un silencio aún más doloroso.

Recuerdo una tarde de domingo en la que Carmen me dijo:
—Iván, tienes que hacer algo. No podemos seguir así.
—¿Y qué quieres que haga? —respondí—. Si él no quiere venir ni a comer los domingos…
—Quizá deberías pedirle perdón.

Esa palabra me quemó por dentro. ¿Perdón? ¿Por qué tenía que pedir perdón yo? Siempre había trabajado para que a Mario no le faltara de nada. Le apunté a fútbol, le compré la guitarra que quería, le ayudé con los deberes cuando era pequeño… Pero nunca le pregunté cómo se sentía realmente.

Pasaron los años y Mario se fue alejando más y más. Empezó a trabajar en un bar del centro y apenas nos veíamos. Cuando nació su hijo, Hugo, pensé que sería la oportunidad perfecta para reconciliarnos. Pero la relación con su pareja, Laura, era complicada. Ella nunca quiso venir a nuestra casa; decía que no se sentía bienvenida. Yo tampoco hice mucho por cambiar eso.

Un día llamé a Mario para invitarle a pasar el fin de semana con Hugo en casa.
—Papá, mejor no —me dijo—. Laura no quiere que Hugo vaya sin ella y tú sabes que ella no se siente cómoda allí.
—¿Y por qué no venís los tres?
—No es tan fácil…

Colgué el teléfono frustrado. Carmen me miró desde la cocina.
—Iván, tienes que dejar el orgullo a un lado.
—¿Orgullo? ¿Y ellos? ¿No tienen también su parte de culpa?

La verdad es que todos teníamos culpa. Pero nadie quería ceder.

El tiempo siguió pasando y las visitas se hicieron cada vez más esporádicas. Los domingos eran cada vez más silenciosos en casa. Carmen y yo apenas hablábamos del tema; era como una herida abierta que ninguno se atrevía a tocar.

Hasta que una noche recibimos una llamada. Mario había tenido un accidente de moto volviendo del trabajo. Cuando llegamos al hospital ya era tarde.

No recuerdo mucho de esos días. Solo el vacío inmenso, la sensación de haber perdido algo irrecuperable. En el funeral, Laura apenas me miró a los ojos. Hugo jugaba ajeno a todo entre las piernas de su madre.

Desde entonces, los domingos son aún más silenciosos. A veces escucho la guitarra de Mario en su cuarto vacío o encuentro alguna foto suya de pequeño y me echo a llorar como un niño.

He intentado acercarme a Laura y a Hugo, pero ella sigue distante. No me permite ver al niño más que en ocasiones muy puntuales y siempre bajo su supervisión. Dice que necesita tiempo para sanar heridas. Yo lo entiendo, pero duele igual.

A veces me pregunto si todo esto podría haberse evitado si hubiera sabido pedir perdón antes. Si hubiera escuchado más y juzgado menos. Si hubiera entendido que el amor no es solo proveer cosas materiales sino estar presente, preguntar, abrazar aunque no entiendas lo que pasa.

Ahora solo me queda el eco de su ausencia y la certeza de que el orgullo puede destruir familias enteras.

¿De verdad merece la pena tener razón si eso significa perder lo que más quieres? ¿Cuántos padres y madres estarán hoy en silencio, esperando una llamada que quizá nunca llegue?