El último adiós de Lucía: Cuando el amor de madre trasciende la pérdida
—Mamá, ¿por qué Mateo no se despierta?— La voz temblorosa de mi hija Paula me atravesó el pecho como un cuchillo. No supe qué responderle. Miré a través del cristal empañado de la UCI, donde mi pequeño yacía rodeado de máquinas y tubos, tan frágil, tan quieto. Era 3 de noviembre, el cielo de Madrid estaba gris y yo sentía que el mundo se había detenido.
Mateo tenía solo tres años. Una meningitis fulminante lo había arrancado de nuestras risas en cuestión de horas. El día anterior habíamos estado en el parque del Retiro, jugando a perseguir palomas. Ahora, su cuerpecito apenas se movía bajo las sábanas blancas del hospital La Paz. Mi marido, Sergio, apretaba mi mano con fuerza, pero yo apenas sentía nada. Todo era irreal, como si estuviera viendo mi vida desde fuera.
—Señora Lucía, ¿puede acompañarnos un momento?— La doctora Morales me miró con una mezcla de compasión y cansancio. Caminé tras ella por el pasillo interminable, con el corazón en la garganta.
—Lo siento mucho…— empezó—. Mateo ha sufrido daños cerebrales irreversibles. No va a despertar.
Sentí que me arrancaban el alma. Quise gritar, correr, romperlo todo. Pero solo pude quedarme allí, petrificada, mientras las palabras flotaban en el aire como cuchillas.
—Hay algo más…— continuó la doctora—. Mateo podría ayudar a otros niños. Sus órganos están sanos. Sé que es mucho pedir en este momento, pero…
No escuché el resto. Solo veía la carita dormida de mi hijo y pensaba en todas las veces que le había prometido protegerlo. ¿Cómo podía dejarlo ir así? ¿Cómo podía siquiera considerar que su corazón latiera en otro cuerpo?
Esa noche no dormí. Sergio y yo discutimos en susurros para no despertar a Paula, que dormía abrazada a su peluche favorito.
—No puedo hacerlo, Sergio. Es nuestro hijo…
—¿Y si fuera Paula la que necesitara un órgano? ¿No querrías que otra familia tuviera esa generosidad?
Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Recordé cuando Mateo nació prematuro y luchó por cada respiración. Recordé sus primeros pasos tambaleantes por el pasillo de casa, su risa contagiosa cuando le hacíamos cosquillas en la barriga.
Al amanecer, entré en la habitación y me senté junto a él. Le canté bajito «Estrellita dónde estás», como hacía cada noche. Le acaricié el pelo suave y le susurré al oído:
—Te quiero, mi vida. Siempre te querré.
Cuando firmé los papeles de la donación, sentí que me partía en dos. Pero también sentí una chispa de esperanza: tal vez algún día otra madre podría abrazar a su hijo gracias a Mateo.
Los días siguientes fueron un torbellino de visitas, llamadas y silencios incómodos. Mi madre llegó desde Valencia con los ojos rojos de tanto llorar. Mi suegra no paraba de rezar rosarios en el salón del hospital.
Algunos amigos no supieron qué decirme y se alejaron. Otros me abrazaron tan fuerte que pensé que me romperían los huesos. Recibí cartas anónimas de familias agradecidas; una madre me escribió diciendo que su hija había recibido el hígado de Mateo y ahora tenía una segunda oportunidad.
Pero nada llenaba el vacío en casa. Paula dejó de preguntar por su hermano y empezó a dormir con la luz encendida. Sergio se encerró en el trabajo y yo me convertí en un fantasma: iba al supermercado, preparaba la cena, pero todo era mecánico, sin sentido.
Una tarde, meses después, Paula se acercó con un dibujo: dos niños cogidos de la mano bajo un sol enorme.
—Mira mamá, es Mateo jugando con su amigo nuevo en el cielo.
Lloré por primera vez desde el funeral. Me di cuenta de que tenía que aprender a vivir con la ausencia y también con la esperanza.
Hoy sigo visitando la tumba de Mateo cada domingo. Llevo flores frescas y le hablo como si pudiera escucharme:
—¿Sabes una cosa? Tu corazón sigue latiendo en otro niño. Tu luz no se ha apagado.
A veces me pregunto si tomé la decisión correcta. ¿Es posible encontrar sentido al dolor más grande? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?