El valor de empezar de nuevo: cómo mi divorcio me devolvió la vida y la familia
—¿De verdad vas a dejarlo todo ahora, Carmen? —me espetó mi hermana Pilar, con esa mezcla de incredulidad y reproche que sólo una hermana puede tener.
Era la tarde del 15 de septiembre, y el sol caía oblicuo sobre la plaza del pueblo. Yo sostenía en las manos la carta del juzgado, temblorosa, mientras Pilar me miraba como si hubiera perdido la cabeza. A mi alrededor, los murmullos de las vecinas en la panadería parecían cuchichear mi nombre: «Carmen, la bibliotecaria, la que se divorcia con sesenta y tantos».
No era sólo el miedo a estar sola. Era el vértigo de romper con todo lo que había sido mi vida durante cuarenta años. Antonio y yo nos casamos jóvenes, como se hacía entonces en Castilla. Él era el hijo del panadero, yo la hija del maestro. Tuvimos dos hijos: Lucía, que ahora vive en Madrid y apenas llama, y Sergio, que se quedó en el pueblo pero siempre anda liado con su taller.
Durante años, fui la bibliotecaria del pueblo. Me refugiaba entre libros mientras Antonio se volvía cada vez más huraño, más seco. Las cenas eran silencios largos y miradas perdidas en la televisión. Yo me decía que era normal, que así era la vida. Pero cuando me jubilé, el silencio se hizo insoportable. Una noche, mientras fregaba los platos, Antonio me soltó:
—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Leer más novelas de esas tuyas?
Me dolió más de lo que debería. Me di cuenta de que no quería pasar el resto de mis días así. Empecé a salir a caminar con Lola, mi perra mestiza. En esos paseos por los caminos polvorientos, sentí por primera vez en años que podía respirar.
La decisión fue como un relámpago: rápida y devastadora. Se lo dije a Antonio una mañana, mientras él untaba mantequilla en una tostada:
—Antonio, quiero divorciarme.
Él no dijo nada. Ni una palabra. Sólo dejó el cuchillo sobre el plato y salió al patio. Esa noche dormimos en habitaciones separadas por primera vez.
El pueblo es pequeño y las noticias vuelan. Pronto llegaron los comentarios: «¿Pero qué le habrá hecho Antonio?», «Con lo buena pareja que parecían». Mi madre, desde su residencia en Valladolid, me llamó llorando:
—Hija, ¿pero cómo vas a estar sola a tu edad?
Lucía vino desde Madrid al enterarse. Se sentó conmigo en la cocina, con ese aire de ejecutiva que nunca se quita:
—Mamá, ¿estás segura? Papá no es mala persona…
—No es cuestión de ser bueno o malo —le respondí—. Es cuestión de ser feliz.
Sergio fue más brusco:
—¿Y ahora qué hago yo? ¿Tener que elegir entre vosotros?
Me sentí egoísta, pero también libre por primera vez. Empecé a ir a clases de pintura en el centro cultural. Conocí a otras mujeres que también habían pasado por rupturas: Teresa, que perdió a su marido; Mercedes, que nunca se casó pero siempre soñó con hacerlo. Compartíamos risas y lágrimas entre pinceles y acuarelas.
Un día, mientras pintaba un paisaje de los campos de trigo, Lucía me llamó:
—Mamá, ¿te apetece venirte unos días a Madrid? —su voz sonaba distinta, menos distante.
Fui. Paseamos por El Retiro, fuimos al teatro. Por primera vez en años hablamos de nosotras, no sólo de los demás. Me confesó sus miedos: su matrimonio tampoco era perfecto; a veces pensaba en separarse pero le aterraba el qué dirán.
Sergio tardó más en entenderlo. Un domingo vino a verme con sus dos hijos pequeños:
—Mamá, ¿puedes quedarte con ellos esta tarde? —me preguntó sin mirarme a los ojos.
Mientras jugaba con mis nietos en el parque, sentí una ternura nueva. Ya no era sólo la abuela complaciente; era Carmen, una mujer capaz de empezar de cero.
Antonio se marchó del pueblo poco después del divorcio. No nos hablamos mucho desde entonces. A veces lo veo en la plaza cuando viene a visitar a algún amigo; nos saludamos con un gesto seco.
El estigma sigue ahí: algunas vecinas me miran raro; otras se han acercado para contarme sus propias penas calladas. He aprendido que muchas mujeres viven resignadas por miedo al qué dirán.
Ahora mi casa está llena de luz y plantas. Lola duerme a mis pies mientras leo novelas o pinto paisajes imposibles. Lucía me llama cada semana; Sergio viene más a menudo con los niños. Nuestra relación es distinta: más honesta, menos cargada de expectativas.
A veces me pregunto si fui valiente o simplemente egoísta. Pero cuando veo a mis hijos acercarse sin miedo ni reproches, cuando siento el sol entrando por la ventana mientras pinto o leo un buen libro… sé que hice lo correcto.
¿Y vosotros? ¿Os atreveríais a romper con todo para buscar vuestra felicidad? ¿O seguiríais viviendo una vida que ya no os pertenece?