Entre la fe y el abismo: Mi divorcio y el milagro de seguir adelante
—¿De verdad vas a dejarlo todo por un capricho? —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba sus manos temblorosas.
Me quedé allí, de pie, con la maleta a medio cerrar y el corazón hecho trizas. Mi hija, Lucía, dormía en la habitación contigua, ajena al huracán que estaba a punto de arrastrar nuestras vidas. Mi marido, Álvaro, no estaba en casa; hacía semanas que apenas cruzábamos palabra. El silencio entre nosotros era un muro infranqueable, levantado a base de reproches no dichos y miradas esquivas.
No fue una decisión fácil. En España, todavía pesa mucho el qué dirán, sobre todo en familias como la mía, donde el matrimonio es sagrado y el divorcio es sinónimo de fracaso. Pero yo ya no podía más. Las noches en vela, las discusiones sordas, el miedo a que Lucía creciera pensando que el amor es resignación. No podía permitirlo.
—No es un capricho, mamá. Es supervivencia —susurré, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en los ojos.
Mi madre negó con la cabeza, incapaz de comprender. Mi padre ni siquiera bajó del despacho; su silencio fue su sentencia. Me sentí sola, traicionada por aquellos que se suponía debían sostenerme.
Esa noche, cuando por fin cerré la puerta tras de mí y Lucía, sentí un vértigo indescriptible. El piso de alquiler en Vallecas era pequeño y frío. Las paredes blancas parecían burlarse de mi soledad. Me senté en el suelo, abracé a mi hija dormida y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Durante semanas, viví en piloto automático. Trabajaba como administrativa en una gestoría del centro; sonreía a los clientes mientras por dentro me desmoronaba. Lucía preguntaba por su padre y yo inventaba excusas torpes. Álvaro venía a verla los fines de semana, pero entre nosotros solo quedaban silencios incómodos y miradas llenas de reproche.
Una tarde de domingo, después de dejar a Lucía con su padre, caminé sin rumbo por las calles del barrio. Entré en una iglesia casi vacía; no soy especialmente religiosa, pero necesitaba refugio. Me senté en un banco al fondo y cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, recé. No pedí milagros; solo fuerza para no rendirme.
—Señor, si estás ahí… ayúdame a no perderme —susurré entre sollozos.
No hubo respuesta inmediata ni señales celestiales. Pero al salir sentí una paz extraña, como si alguien me hubiera quitado un peso del pecho. Empecé a ir cada semana. No era cuestión de fe ciega; era necesidad de esperanza.
Conocí a Carmen allí, una mujer mayor que me ofreció su amistad sin preguntas ni juicios. Me invitó a los grupos de oración y poco a poco fui encontrando un círculo donde podía hablar sin miedo ni vergüenza. Compartí mi historia con otras mujeres: Ana, que también había pasado por un divorcio doloroso; Pilar, que luchaba contra la depresión tras perder a su marido; Marta, madre soltera desde los diecinueve años.
Entre todas tejimos una red invisible de apoyo. Nos reíamos juntas, llorábamos juntas y rezábamos por las noches pidiendo fuerza para seguir adelante. Empecé a sentirme menos sola.
Pero fuera de ese pequeño refugio espiritual, la vida seguía siendo dura. Mi exsuegra me llamaba para recordarme lo mucho que estaba perjudicando a su hijo y a su nieta. En el trabajo, algunos compañeros cuchicheaban sobre mi situación; en España todavía hay quien piensa que una mujer divorciada es una amenaza o una fracasada.
Una tarde recibí una carta del colegio: Lucía había tenido una pelea porque otro niño le dijo que «su familia estaba rota». Aquello me destrozó. Me sentí culpable por no haber podido darle una familia «normal».
Esa noche recé con más fuerza que nunca. Le pedí a Dios que me ayudara a ser fuerte por mi hija, que me diera sabiduría para explicarle que el amor no siempre significa estar juntos, pero sí cuidarse y respetarse.
Poco a poco empecé a reconstruirme. Volví a estudiar por las noches para presentarme a unas oposiciones; quería darle a Lucía un futuro mejor. Empecé a salir con amigas del grupo de oración; redescubrí la alegría de reírme sin miedo al qué dirán.
Un día mi madre me llamó. Su voz sonaba cansada:
—He estado pensando… Quizá fui demasiado dura contigo —admitió entre susurros—. Solo quiero que seas feliz.
Lloramos juntas al teléfono. No fue fácil reconstruir nuestra relación, pero poco a poco lo conseguimos.
Hoy han pasado tres años desde aquella noche en la que cerré la puerta de mi antiguo hogar para siempre. Lucía es una niña alegre y fuerte; sabe que su familia es diferente pero también sabe que está rodeada de amor. Yo he aprobado las oposiciones y trabajo como funcionaria en un colegio público; ayudo a otras madres que pasan por situaciones similares.
No digo que la fe sea la solución mágica para todos los problemas, pero sí puedo decir que me salvó del abismo cuando más lo necesitaba. La oración fue mi refugio cuando todo parecía perdido.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen sufriendo en silencio por miedo al qué dirán? ¿Cuántas podrían encontrar fuerza si se atrevieran a pedir ayuda?
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez ese vértigo ante el abismo? ¿Qué te ayudó a seguir adelante?