La última petición de Lucía: Un día para recordar

—No quiero montar en moto. Quiero que seas mi papá por un día, ¿puedes?—

Las palabras de Lucía, tan pequeñas y tan grandes a la vez, me atravesaron el pecho como una lanza. Allí estaba yo, sentado en la sala de juegos del hospital de La Paz, con mi chaqueta de cuero y el casco aún en la mano, rodeado de médicos y voluntarios que intentaban disimular las lágrimas. Nunca imaginé que un simple evento solidario organizado por mi club de moteros me pondría frente a una petición tan desarmante.

—¿Por qué yo, Lucía? —le pregunté, intentando mantener la voz firme.

Ella me miró con esos ojos enormes y sinceros, y se encogió de hombros.

—Porque pareces fuerte y bueno. Y porque mi papá se fue hace mucho. Mamá dice que los moteros sois valientes y cuidáis de los demás.

Me quedé sin palabras. Yo, que nunca tuve hijos, ni pareja estable, ni siquiera un perro que me esperara en casa. Siempre fui el alma libre del grupo, el que prefería las curvas de la carretera a las ataduras del hogar. Pero esa niña, con su cabeza envuelta en una pañoleta blanca y su voz temblorosa, me estaba pidiendo lo único que nunca supe dar: cariño de padre.

—Vale, princesa —le dije al fin, tragando saliva—. Hoy soy tu papá. ¿Qué quieres hacer primero?

Lucía sonrió y me agarró la mano con fuerza. Así empezó nuestro día juntos. Paseamos por el Retiro, le compré un helado de fresa aunque hacía frío y nos sentamos a ver a los patos en el estanque. Me contó que le encantaba el fútbol y que era del Atleti como su abuelo. Jugamos a las cartas en una terraza mientras los camareros nos miraban con ternura. Le compré una pulsera roja en el mercadillo de El Rastro y ella insistió en regalarme una igual: «Así estaremos siempre juntos, aunque no estés».

Por la tarde fuimos al cine a ver una película de dibujos animados. Lucía se reía a carcajadas y yo, por primera vez en años, sentí que el tiempo se detenía. Cuando salimos, empezó a llover a cántaros —típico de Madrid en abril— y corrimos bajo los soportales de la Gran Vía hasta refugiarnos en una cafetería. Allí, entre churros y chocolate caliente, Lucía apoyó la cabeza en mi hombro y susurró:

—Gracias por hacerme sentir normal, aunque sea solo hoy.

No supe qué decirle. Solo la abracé fuerte, deseando que ese momento no acabara nunca.

Al volver al hospital, su madre nos esperaba con los ojos llenos de gratitud y tristeza. Me abrazó sin decir palabra. Lucía me miró y me dijo:

—¿Vendrás mañana?

Me mordí el labio. Sabía que no podía prometerle nada que no pudiera cumplir.

—Siempre estaré contigo aquí —le señalé el corazón—. Y tú conmigo.

Esa noche no pude dormir. Pensé en mi vida solitaria, en las rutas interminables por la sierra madrileña, en las risas con los amigos del club… y en lo poco que había dado realmente a los demás. Lucía me enseñó más en un día que yo había aprendido en cincuenta años.

A veces me pregunto si todos tenemos una segunda oportunidad para ser mejores personas. ¿Y si bastara un solo día para cambiarlo todo? ¿Vosotros qué pensáis?