La visita inesperada de mi exsuegra en el cumpleaños de mi hija: ¿Dónde está el límite entre el pasado y el futuro?
—¿Por qué has venido? —le pregunté a Carmen nada más abrir la puerta, con Lena en brazos y la tarta aún sin decorar sobre la mesa del salón. Mi madre, Pilar, me miró desde la cocina con esa mezcla de preocupación y desaprobación que solo una madre española sabe mostrar. El silencio se hizo tan denso que hasta los globos parecían flotar más despacio.
Carmen, mi exsuegra, llevaba un ramo de flores y una caja envuelta en papel brillante. Su sonrisa era forzada, como si supiera que estaba cruzando una frontera invisible. —He venido a ver a mi nieta en su cumpleaños. No podía faltar —dijo, intentando sonar firme, pero su voz temblaba.
Lena, ajena a todo, estiró los bracitos hacia ella. Yo dudé un segundo antes de dejarla ir. Carmen la abrazó con una ternura que me desarmó por un instante. Pero enseguida sentí la mirada de mi madre clavada en mí, como si me reprochara haber abierto la puerta al pasado.
Desde que Sergio y yo nos separamos hace un año, todo ha sido un campo minado. Él desapareció poco a poco, primero olvidando los mensajes, luego las visitas. Pero Carmen nunca dejó de llamar ni de preguntar por Lena. Al principio agradecía su interés; después, empecé a sentirlo como una invasión.
—¿No crees que deberías haber avisado? —le pregunté, intentando mantener la calma mientras Lena jugaba con el lazo del regalo.
—Sabía que si llamaba me dirías que no viniera —respondió Carmen, bajando la mirada—. Pero Lena es mi única nieta. No quiero perderla también a ella.
Mi madre se acercó entonces, secándose las manos en el delantal. —Ivana necesita tranquilidad. Ya bastante tiene con todo lo que ha pasado —dijo con voz fría.
—No vengo a molestar —replicó Carmen—. Solo quiero ver a la niña un rato. No le hago daño a nadie.
La tensión era insoportable. Mi hermana Lucía llegó en ese momento con su marido y sus hijos, y el ambiente se llenó de risas infantiles y carreras por el pasillo. Pero yo seguía atrapada entre dos mundos: el que intentaba construir para Lena y el que se empeñaba en no desaparecer del todo.
Durante la merienda, Carmen se sentó en un rincón, observando a Lena soplar las velas rodeada de primos y tías. Nadie le dirigía la palabra. Yo sentía una punzada de culpa cada vez que nuestras miradas se cruzaban. ¿Era justo apartarla solo porque Sergio había decidido olvidarnos?
Después del pastel, Carmen se acercó a mí mientras recogía los platos.
—Ivana, sé que no soy bienvenida aquí. Pero Lena es parte de mi vida. No quiero que crezca sin conocerme —susurró.
—No es tan sencillo —le respondí—. Cada vez que vienes, mi familia se pone nerviosa. Y yo también. No sé cómo manejar esto.
—¿Y si lo intentamos poco a poco? Solo quiero verla de vez en cuando. No te pido nada más.
Me quedé callada. Recordé los domingos en casa de Carmen cuando Sergio y yo éramos felices; sus guisos de cocido madrileño, las tardes de parque con Lena en brazos… Todo eso parecía pertenecer a otra vida.
Mi madre apareció de nuevo, interrumpiendo el momento.
—Ivana, ¿puedes venir un momento? —me dijo con urgencia.
En la cocina, Pilar cerró la puerta tras de sí.
—No puedes dejar que esa mujer siga viniendo como si nada hubiera pasado —me susurró—. Sergio os ha dejado tiradas. ¿Por qué tienes que cargar tú con su familia?
—Mamá, Lena no tiene la culpa de nada —le respondí—. Y Carmen tampoco ha hecho nada malo.
—¿Y nosotras qué? ¿No merecemos paz? —insistió mi madre.
Sentí cómo se me formaba un nudo en la garganta. ¿De verdad tenía que elegir entre proteger a mi hija del dolor o permitirle tener una abuela que la quiere?
Cuando volví al salón, Carmen ya se estaba despidiendo. Se agachó para besar a Lena y le susurró algo al oído que no alcancé a oír. Luego me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias por dejarme estar aquí hoy —dijo antes de marcharse.
Esa noche, mientras recogía los restos de confeti y lavaba los platos pegajosos de chocolate, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Lena dormía abrazada a su osito favorito; yo me sentía más sola que nunca.
¿Dónde está el límite entre proteger a los nuestros y permitirles tener su propia historia? ¿Tengo derecho a decidir quién forma parte del mundo de mi hija solo porque yo ya no pertenezco al suyo?
A veces me pregunto: ¿es posible construir un futuro sin hacer las paces con el pasado? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?